Fotos y sexo casual

Una chica me escribió por Facebook. Le contesté. Hablamos un rato y me contó que trabajaba en producción de televisión. Al parecer, su trabajo era complicado porque “el medio es así”, y aparte sus jefes eran exigentes, brutales y tontos. Mientras ella me decía eso, yo empecé a mirar sus fotos, las fotos que ofrecía en su perfil. No era especialmente linda, pero me gustaron sus remeras de rock, su pelo y sus fotos con amigos. Mucha campera de jean, vasos de cerveza, gente sonriendo, vacaciones en la playa, sombreros raros, mesas de pool, atardeceres. Nada de perritos, ni flores, ni gatitos. Mientras yo miraba, nos escribíamos mensajes. En un momento de la conversación hablamos del dolor y del placer. Y enseguida me preguntó, sin más, –¿para qué demorarse?– si le haría algo. Si yo le haría algo a ella. No le respondí en seguida. Después arreglamos para vernos en un bar. Elegí rápido porque en tema de bares soy conservador, sobre todo en Buenos Aires donde hay cosas muy buenas pero también podés caer en lugares que no funcionan. Así que llegó el viernes y fui al bar con cierta expectativa, con curiosidad, y tratando de relajarme. Primero, porque era viernes, y segundo, porque sí, porque tengo cierta experiencia y uno tiene que estar relajado. Digamos la tonicidad muscular y mental justa como para entrar a un bar. Tampoco es tan difícil. Nos habíamos estado mandando mensajes y eso ablandaba las cosas. Ella llegó cinco minutos después. Fuimos a la barra. Pedimos cerveza negra. Hablamos del día de cada uno, de nuestras rutinas. Lo esperable. Dos personas se conocían en un bar. Nada del otro mundo. Desde luego entre nosotros estaba Internet, las redes sociales, ese había sido el primer canal, la unión. Pero al mismo tiempo eso ya era viejo, ya era algo mundano, incorporado. Se sabe que las abejas también sufrieron una extinción masiva cuando desaparecieron los dinosaurios pero se las arreglaron para seguir adelante. Así que si uno es, al menos, un poco darwiniano en su interior, en su corazón, en su centro vital, más allá de su razón, que hoy siempre es darwiniana, digo, si uno realmente es darwiniano y no un fóbico patológico, tiene que aceptar y permitirse disfrutar de esas formas de sociabilización y, sobre todo, tener el buen gusto de no hacerlo quejándose. “Ah, cómo me gustaría volver al intercambio pastoral, cuando vos llevabas las ovejas a la pradera y yo te asaltaba y te reducía cerca de un río de aguas cristalinas, y te forzaba y todo era mucho mejor así…” Bueno, no pasó nada de eso. Y creo que tomamos dos cervezas de más. Cuando ya íbamos por la tercera, yo me habría ido. Habría cambiado de bar, al menos. Pero ella pidió otra. Y después fui al baño y ella pidió otra más. Así que cuando subimos a mi auto, en una parte oscura de la calle, los dos estábamos ebrios, aunque con esa ebriedad liviana, transportable, lúdica, de la cerveza. Nos besamos con cierta desprolijidad, de una manera algo porcina. Lo escribo y me río, pero fue así. Ella tenía puesta una remera negra de los Rolling Stones y la abracé con la incomodidad de los asientos paralelos del auto. Nos detuvimos en eso también un poco más de lo necesario. Hasta que me cansé de pasarle la lengua por los labios y la boca y de apretarla como si fuera incluso más mullida de lo que era. Así que arranqué el auto. Ella me invitó a su casa. Pregunté dónde era. Y al final fui manejando con toda la serenidad que se puede tener en esa situación, eventualmente diciendo alguna estupidez, riéndome en sordina con un poco de nervios porque todo me causaba gracia, lo que decíamos, cosas que no termino de recordar, o riendo simplemente porque estaba feliz. Ella vivía en un departamento en Constitución. Estacioné sin problemas. Bajamos. Ya era de madrugada. Vi un semáforo cambiando. No pasaban autos. Había un poco de viento previo a la tormenta, supongo. Cruzamos la calle, el hall tenía esa luz quirúrgica, imposible. Entramos en el ascensor, ella apretó un piso. Nos besamos. Empecé a desnudarla ahí. Quiero ir a la escalera, me dijo. Me acordé de una película en que los personajes iban a la escalera de servicio y después subían a la terraza. Ella abrió una puerta y pasamos a un lugar más oscuro y nos besamos y le acaricié la panza y después bajé la mano y enseguida toqué los pliegues húmedos de su vagina, ese calor que da el acceso. La masturbé a consciencia y empezó a gemir. Tenía el clítoris grande y duro. Después entramos a su departamento. Vi la biblioteca sola, pequeña en una esquina. Los VHS viejos, los libros, las revistas. Pasamos a su habitación, que era larga y tenía una luz celeste. Había una cama de dos plazas. Muchos muebles uno arriba del otro. Ella fue al baño y yo me tiré en la cama y me hundí porque no era nada firme, sino muy blanda. Y pensé que tenés más chances de que te pise un auto a que te coma un tiburón, incluso en el living de tu casa. No sé por qué pensé eso. Ella volvió del baño y nos desvestimos, y la besé y antes de que ella terminara de desvestirme yo ya le estaba metiendo la lengua entre los pliegues de su sexo, que estaba húmedo, lleno de agua. Ella empezó a gemir y yo seguí, y seguí, y seguí un poco más. Cada tanto intentaba rebelarse pero yo la detenía con fuerza. Pegame con el cinturón, me dijo. Pegame, me pidió. La hice girar y la chupé desde atrás y la terminé de desvestir, le saqué la bombacha pero le dejé el corpiño y después busqué mi pantalón y saqué mi cinturón de cuero y le pegué en la cola, de forma prolija. Me entretuve con eso. Me gustaba el ruido seco, me gustaba pegarle cada vez más cerca de la vagina. Ella gemía. Cuando me cansé, agarré uno de los preservativos que había sobre la mesa que estaba cerca de la cabecera de la cama. Ella giró. Me miró con unos ojos muy muy agobiados por la borrachera y el dolor y el placer. Me dieron un poco de ternura y de amor esos ojos. Me puse un preservativo, la hice volver a su posición y agarrándome la pija con la mano derecha la penetré despacio. Tenía la vagina caliente y suave y fue muy placentero. Empujé dos o tres veces, adentro, afuera, adentro afuera, ella gimió, me insultó, me dijo “hijo de puta” dos o tres veces, y después salí y me la escupí y se la volví a meter. La agarré de las caderas y ella se puso en cuatro patas y estuvimos así un rato. Miré sus tatuajes, su piel blanca, la agarré del pelo. No recuerdo bien sus tatuajes. En algún momento pensé en su olor sexo, a flujo, ese olor denso que es erótico porque forma parte de la acción, porque siempre está ahí. Es un olor cloacal, fuerte, a transpiración. Eso me excitó, los tatuajes también. Tenía tatuado un brazo, la espalda, con figuras en negro, algunas palabras. Pensé en que nuestro estómago tiene que producir una nueva capa de moco gástrico cada dos semanas porque si no se digeriría a sí mismo, se disolvería, y desaparecería, produciendo un caos de sangre y tripas, una úlcera mortal, que destruiría todo el metabolismo. También pensé que las ratas se reproducían tan rápido que en dieciocho meses dos ratas, sí, dos ratas, podían llegar a tener más de un millón de descendientes. Hay otras exageraciones de ese tipo que me gustan. Por ejemplo, un árbol de oliva puede llegar a vivir mil quinientos años y un rayo clásico de tormenta tiene de dos a cinco pulgadas de ancho y alcanza los tres kilómetros de largo. ¿Quién se había puesto a medir un rayo? Pero eso no lo pensé, pero sí pensé en las ratas y en el moco estomacal, lo pensé de esa manera vaporosa en que se piensa cuando se coge. ¿Sabías que las cabras tienen las pupilas rectangulares? Parecen robots. Y entonces me acordé y le pegué con la mano abierta en las nalgas y ella siguió gimiendo. Y después agarré el cinturón sin salirme y se lo puse como el collar de un perro, con suavidad, y tiré muy despacio y ella sintió el cuero apretándola y acabó.

Bueno, ahí se me cruzó la idea de escribirte.

Estaba conectado al 3G, así que te escribí: “estoy cogiendo y estoy tentando de mandarte fotos.” El mensaje quedó en “enviando.” Y yo saqué unas fotos. No, no fue así. Ahí noté que ella tenía tatuada la palabra “love” en los dedos, una letra por dedo. También tenía una muñequera de cuero, muy fina. Así que la puse boca abajo y la aplasté con mi mano izquierda y sin salirme agarré mi celular y le saqué una foto de su mano y su nuca y un tatuaje en forma de flor japonesa que tenía en el hombro. La luz del flash iluminó la escena y seguí empujando y a los dos segundos vi la imagen en la pantalla del celular y era hermosa y cruda, las pieles eran blancas, y eso me excitó. Seguí, me dijo. Y entonces saqué otra foto y otra más, y entonces sin dejar de metérsela te escribí.

Intento ser lo más preciso posible, lo más apegado a los hechos. Y al mismo tiempo no perder el ritmo. Espero que me creas. El flash, por ejemplo, es clave. La descarga de luz en la oscuridad. El flash busca precisión pero distorsiona todo. Es como el volumen en la música. Sé que no te gusta. Pero al saturar, al mostrar que somos piezas mecánicas, genera un efecto de realidad. Es feo, pediátrico, destruye el misterio, distorsiona, y por eso parece y es real. Pero esto no lo pensé en ese momento. Entonces ella se zafó y me hizo girar y me terminó de desnudar, me sacó la remera y el preservativo y me la empezó a chupar. Así que le saqué con la misma luz invasiva tres fotos chupándomela. Ella paraba para que le sacara, así que me di cuenta que sabía la que estaba haciendo. Me la chupaba, se la metía toda en la boca, sus labios subían, bajaba, apretaban el tronco de mi pija, y de repente se quedaba quieta con el glande en los labios y ahí yo sacaba. Vi las fotos mientras seguía subiendo y bajando la cabeza y la vi linda por primera vez. Me gustaron esas fotos. Mi glande brillaba por el flash. Cada vez que salía el flash, yo sentí una descarga de adrenalina. Ella salía con los ojos cerrados y sus anillos plateados, y sus tatuajes y mi mano, blanca, agarrándola de su pelo negro y las marcas de la malla que seguro había usado en el verano. Y entonces vi que el mensaje que te había mandado todavía seguida en “enviando.” y pensé que no iba a poder acabar hasta tener la certeza de que ese mensaje te había llegado. No necesitaba que me respondieras pero sí que el mensaje se enviara.

Así que dejé el teléfono en la mesa que había al lado de la cama, y agarré un preservativo y lo abrí y le pedí que parara y me lo puse. La besé y la penetré desde adelante. Ella empezó a hablar. Me dijo que yo no era la persona inocente y seria que ella pensaba que era y me dijo que ella sabía que yo le iba a hacer todas esas cosas y que eso le gustaba.

Después cuando me dijiste que te había ofendido y divertido por partes iguales que te ofreciera esas fotos me di cuenta de lo que había hecho pero en ese momento no pensé que podía ser ofensivo. No pensé nada. Ahora se me ocurre lo ofensivo que puede ser. Pero en ese momento no se me ocurrió ni eso ni nada. (Algo que, por otra parte, me suele pasar.)

Mientras ella gemía y yo me enfriaba, y empezaba a notar mi transpiración en la espalda y en los brazos y en el cuello, pensé que una persona promedio respira unas novecientas millones de veces en su vida. Y también pensé en el corazón que es un órgano que nunca se detiene, nunca para, funciona siempre, desde que nacemos hasta que nos morimos, siempre ahí, latiendo, uno-dos, uno-dos. ¿Por qué me estaba enfriando? Agarré el teléfono y volví a mirar. El mensaje no se había enviado. Empujé dos veces más, ella gimió, volví a mirar. No se había enviado. La besé y volví a mirar. Le mordí las tetas, pensé en penetrarla por el culo y volví a mirar. Pensé en que las ovejas nunca toman agua que se mueve, de un río con corriente, por ejemplo, porque las marea su propio reflejo. Volví a mirar. Y ahí por fin vi que se había enviado ese mensaje tan simple, de una sintaxis no errada pero repetitiva porque lo había escrito mientras hacia eso. Y sentí una fuerza muy dulce en los genitales y en el ano y esa fuerza dulce subió y subió y entonces hice fuerza, un poco, nada más, y acabé.

Me sentí bien, tonificado, relajado. Mi cuerpo estaba bien. Pero mi cabeza del lado de adentro se sentía un poco afectada, como un oso panda borracho o drogado, un poco como el último video club de Buenos Aires peleando por su subsistencia y perdiendo y muriendo y está bien que así sea porque ya nadie alquila películas. Me acordé que había leído que el Ejército de los Estados Unidos había estado desarrollando armas químicas para que una vez afectado o rociado el enemigo sintiera deseos homosexuales. Sonreí. Se podían hacer muchos chistes con eso. (Algo así.) Estuvo bien, dijo ella. Muy bien, dije yo. Después ella se durmió. Fue casi enseguida. Y yo me levanté y fui al baño y a la cocina y tomé jugo de naranja de una botella de plástico blanco y comí unos restos de pizza. Fui hasta el living y miré los libros de la biblioteca. Mucho Stephen King y narradores norteamericanos, libros de periodismo, clásicos de la literatura universal en ediciones nuevas. En la cocina, que tenía forma de pasillo, había una puerta de vidrio por la que se veía un lavadero y un balcón y atrás la ciudad. Toda la ciudad de Buenos Aires iluminada con luces amarillas y el cielo de un color azul oscuro. Llegué a abrir esa puerta, pero estaba desnudo y hacía frío, así que la cerré. Y entonces me acordé y volví a la habitación y agarré mi teléfono y miré las fotos que me gustaron mucho y entonces vi tu respuesta diciéndome que no querías las fotos y me pareció bien. Aunque estaba ligeramente decepcionado pensé que también me había salvado de hacer algo malo porque no se le mandan fotos de una cogida a un tercero. La ciudad era muy linda desde esa cocina. Después me contaste que estabas con esos amigos y que el mensaje te desconcertó y que saliste a fumar al balcón porque todos gritaban. Ahora me imagino los dos momentos conectados y siento esa sincronización y me gusta. Como si fuera una película. Claro que también imagino que estas cosas pueden salir mal como el video ese donde un yacaré muerde a una anguila eléctrica y se queda duro como si hubiera mordido un cable de alta tensión. Lo vi en YouTube. Pasó en Brasil. En alguna parte de Brasil. El que filmaba, al menos, hablaba en un portugués muy brasilero. Filmaba con su teléfono y gritaba porque no podía creer lo que estaba viendo. Después ella se despertó y me dijo que estaba cansada y que tenía ganas de dormir. Así que le dije “me voy” y me fui. Simple. Ahora vuelvo a ver esas fotos. Las miro y las borro. Y creo que fue una suerte que no las aceptaras. Por ella, por mí y por vos. Pero también pienso cómo podrían ser esas fotos si yo te las sacara a vos y se las ofreciera a ella. Y no hay mucho más. Esa es la historia. Una historia simple de fotos.////

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