Internet y neurosis

Creo que si logro explicar porque estoy acá, hoy, con ustedes, responder por qué fui invitado a esta mesa y a este evento, si logro anudar la serie de gestos y afinidades que llevaron a que se produjera mi invitación y mi posterior aceptación, digo, voy a estar a la altura de lo que entiendo se espera de mí. Para ponerlo de otra manera, en mi persona están los secretos de mi invitación a esta mesa y también, creo, la clave para que mi intervención resulte satisfactoria para todos. Así que soy, una vez más, como nos suele pasar a los críticos literarios, juez y parte del asunto. Y por eso la situación no me resulta atípica.

Lejos de la ontología cabe preguntarse entonces, quién soy, qué hago, a qué me dedico. Y eso ya nos introduce en un teatro cuya escenografía y marcas actorales me sirven. Lo recompongo para ustedes: en una reunión se le pregunta a un desconocido qué hace, a qué se dedica. Yo, que soy un novelista esmerado, un docente extraviado, un periodista sin red de contención, y sobre todo un crítico de libros de los arrabales del campo intelectual, suelo ser sincero a la hora de responder. Pero más allá de los aeropuertos o los cuestionarios de la AFIP, nunca llegó a decirlo ya que hay alguien, digamos el anfitrión, el que hace la invitación, respondiendo por mí casi orgulloso: “Juan es escritor.” Terrible y vaporoso significante que luego puede ser llenado y abusado con largas explicaciones de actividades más o menos concretas, más o menos fraudulentas.

Así las cosas, en la familia de los significantes erráticos el escritor aparece como una figura siempre invitada. Entre los psiquiatras y los psicoanalistas se estila mucho tener un amigo escritor y se proyectan y depositan en él muchas expectativas. Algo sabe ese hombre de libros, algo atesora ese sujeto necesariamente más ocioso, algún poder negado a lo psi detenta, aunque él no lo sepa y en definitiva no pertenezca a la familia de la clínica.

Y sin embargo, la invitación es pertinente porque resulta bueno, positivo, alentador, entre tantas psicopatologías, entre tanto Charcot, tanto Freud, tanto Kraepelin, tanto Karl Jaspers, poder hablar con alguien que es necesariamente más viejo en la polis, con alguien menos apelmazado por las pretensiones de la cura.

Desde luego, se nos invita y se nos escucha en la medida en que mantengamos nuestra área de pertenencia. Así, mientras los anfitriones psi pueden hacer uso y abuso de los diferentes patrimonios literarios y saquear a gusto las diferentes tradiciones líricas, dramáticas o narrativas de las muy diversas lenguas, nosotros apenas podemos salirnos del personaje y opinar, al voleo, sobre alguna bizarrerie, sobre alguna locura, por ejemplo, la de Hamlet, o la de Edipo, que como todos sabemos quería matar al padre y acostarse con la madre. Somos especialmente útiles, por lo general, a la hora de ablandar los forceps de las perversiones ya que nuestras historias terminan por evidenciar que todos fantaseamos y que cada uno fantasea como puede.

Dicho de otra manera, el escritor será escuchado pero no puede diagnosticar, nadie lo habilita. Si lo hace, se corre el riesgo de la mala praxis, del error, etcétera. Que no se me malinterprete, estoy de acuerdo con esta división de roles, con estos límites. Aunque quizás me gustaría que el profesional de la salud mental reconociera con más énfasis ciertas deudas impagas con los poetas y que fuera más cuidadoso a la hora de instrumentalizar conceptos heredados de la ficción y sus adyacencias.

Pero volvamos a relación, al anudamiento. ¿En qué se cifra?

Más allá de una voluminosa bibliografía en común, la relación del crítico literario con el psicoanalista se da en la lengua. Tenemos acercamientos diferentes, intereses diferentes, escuchas diferentes. Pero la lengua es una sola y resulta tan huidiza y pícara que toda herramienta que la sujete es bienvenida.

Mientras que la relación de los psiquiatras con los novelistas, más compleja, aparece cimentada en las drogas.

Lectura, lengua, drogas. Lectores, diagnósticos. Todos merodeamos estos edificios, estas instituciones, estas dependencias mentales o psicofísicas.

Las drogas como metáfora, podríamos decir. Aunque también están las drogas como drogas. Vale citar a Homero Simpson que una vez dijo “La fama parecía una droga… pero lo que más se parecía a las drogas eran las drogas.” Podríamos hablar largamente de Freud y la cocaína. De William Burroughs. De Hunter Thompson. De Fogwill. De cientos de poetas drogadictos y psiquiatras experimentales. Los hombres de los pantanos de Federico Sironi. (El último descubrimiento de esta cadena se lo debo al doctor Zurita que me recomendó la compra Mezcalina y LSD 25 de Alberto Talaferro.)

Pero también están las drogas como una apertura, como productoras de distorsión del mundo, como tergiversadoras o rectificadoras de la percepción.

Y aquí me permito hacer un poco de historia. A partir de la aparición de las redes sociales lengua y adicción parecen solidarizarse en la neurosis. No es nuevo este comercio, sí su furibunda democratización.

A fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX se dio una situación análoga que puede ser tomada como antecedente. La novela como género moderno, de la mano de la ampliación de la alfabetización y la producción masiva del soporte libro, generó una conmoción en las ciudades Europeas que rápidamente fue caracterizada como patológica. La gente se enfermaba de leer, o se enfermaba leyendo, o leía como una enferma. Madame Bovary le debe tanto a las lecturas que Flaubert había hecho del Quijote como a esa masa lectora que accedía –palabra clave– por primera vez a los magnéticos placeres de la novela.

Lo mismo sucedió en el cambio de siglo siguiente. Esta vez se trató de diarios y revistas que inundaron los kioscos de muchas más ciudades y que alimentaron las fantasías de ascenso social de aspirantes proletarios a la clase media. Y nuestro cambio de siglo, del que venimos, el cambio entre el XX y el XXI, para no ser menos, nos trajo Internet, una revolución cultural e industrial que no por contemporánea puede ser fácilmente relativizada.

La lectura, y también la escritura, como adicción, así como estas renovaciones de soportes y la expansión de estos imaginarios, fueron y son muy estudiadas por historiadores, sociólogos de la cultura y críticos. Pero el campo psi parece renuente a integrar a su repertorio de saberes y a su laboratorio de necesidades estas recientes modificaciones del logos.

En realidad no se trata de la lectura, que está presente, desde luego, ni de la escritura, que también forma una parte de la cultura digital, sino ya de la comunicación. ¿Podemos hacer la siguiente lista: escritura, democracia, lectura, adicción, patología?

En nuestra “Era de la información” leemos y escribimos nuestros “estados”.

“¿Cómo estás?” te pregunta Facebook.

“¿Qué te está pasando?” te pregunta Twitter.

Todo atraviesa el yo del sujeto contemporáneo, lo desgaja y lo exhibe de manera compulsiva. Hace muchos años fue Tolstoi y que dejo de hacer libros y dejó anotado: “Escribir es fácil. Lo difícil es no escribir.” Así que yo me pregunto, si el pacto social está hoy dado por las redes sociales, ¿cómo no escribir? ¿Cómo no estar? ¿Cómo estar? ¿Cuales son los costos?

En algún momento la relaciones entre la literatura, el arte y el campo psi fueron más estrechas. De la relación de Salvador Dali con el psiquiatra Jacques Lacan surgió el método paranoico crítico que luego dio lugar al libro El Angelus de Millet como mito trágico. También se podría recordar la revista Literal o nombres como los de Masotta o Germán García o Luis Guzman. O más allá también, ¿por qué no?, el de José Ingenieros o Ramos Mejía. Este último escribió con talento muy temprano el ensayo La neurosis de los hombres célebres.

Si me permiten la hipérbole creo que con treinta años de democracia y con el afianzamiento de la universidad se ganó autonomía y se pedieron ciertos deambulares estrábicos, ciertas conexiones casuales, irrigaciones vitales y a veces torpes pero que hacían más interesantes las relaciones entre la lírica y la psiquis.

Quizás el campo psi invite al novelista para que le cuente qué está sucediendo en su esfera, en su área de influencia, porque sabe que pese a estar mal o poco procesada esta es más amplia, intuitiva, absorbente, variada y veloz que la suya propia. No me parece una mala relación, una mala amistad. Tanto el crítico como el artista se benefician de los libros y las ideas y los descubrimientos del campo psi.

Nuestros campos y nuestros intereses son, como dije, muy diferentes, a veces incluso opuestos. La confluencia es entonces celebrable aunque sepamos de antemano lo difícil e imposible que es entendernos. Alcanza, para llevarnos bien, con determinar nuestras intenciones y respetar nuestras especificidades, no ser promiscuos con nuestras prácticas, ni pretender que el otro respete nuestra promiscuidad si la cometemos. Y sobre todo aceptar que nuestra interacción debería ser metafórica, antes que equívocamente metonímica, como el crítico que al leer el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales dijo que de trama se quedaba, pero los personajes eran insuperables.////

Leído el martes 11 de noviembre del 2014 en el marco del 22° Congreso Internacional de Psiquiatría.-

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