Nietzsche de noche

Hace años, en un garage de la calle Riglos, conocí a un sereno que leía a Nietzsche porque pensaba que el filósofo había tenido una intensa vida sexual. Compraba los libros en el Parque Rivadavia los fines de semana. Leía y releía incansablemente y luego, cuando yo dejaba el auto, me esperaba en la entrada para compartir esas lecturas conmigo. Era un hombre bajo de unos cincuenta años. No parecía ni de clase media, ni de clase baja, y no era, de eso estoy seguro, un aristócrata en decadencia. Una vez le conté de la hermana de Nietzsche y de su marido en Paraguay, intentando construir la sociedad perfecta. Un domingo recuerdo que le iba a hablar del suicidio de Bernhard Förster en San Bernardino pero no pude porque me hizo algunos comentarios desubicados que parecían chistes verdes. Otra vez me animé a recomendarle las ediciones de Alianza y a Sánchez-Pascual como traductor. Me miró con de sorna, como si me dijera “eso no importa.” A partir de ese momento, cada vez que podía le citaba alguna palabra en alemán, como “Weltanschauung”, o el título original del libro como “Götzendämmerung oder Wie man mit dem Hammer philosophiert.” Ahora me doy cuenta que lo envidiaba y que todavía lo envidio. Envidiaba y envidio esas lecturas nocturnas, casi subterráneas, bajo una luz blanca de oficina silenciosa, apenas interrumpida por algún auto en la madrugada o algún conductor trasnochado.///////