Un dibujo con sangre en la tierra

Lo que recuerdo siempre es el sonido de los helicópteros. Al principio los soldados no los soltaban, caminaban unos metros como hormigas, siempre temerosos, muy pendientes de que la gran araña con alas nos despegara dejándolos ahí, al alcance del fuego enemigo. La selva también la recuerdo como algo ruidoso. A veces sueño con la textura del barro. Siento que tengo los dedos cubiertos de tierra y arcilla. Entonces me despierto y mis manos están limpias y suspiro con alivio. Cuando volví quemé todos mis recuerdos. Los junté todos. Cartas, papeles oficiales, cédulas del cuerpo de Infantería, permisos sellados, las condecoraciones, lo junté todo y lo quemé. No fue un acto liberador. Pero sentí que tenía que hacerlo.

Mi padre seguramente les va a resultar más conocido que yo. Se llama Peter Percival y se lo conoce como Percy Peter, Pete Percival, Pata Palo Percival, Pete el Malo, Pete el Negro, Pirata Pete y hasta Pedro el Gato. Nació en 1925, creció en Los Ángeles y estuvo movilizado por unos meses durante la Segunda Guerra. Pero fue poco tiempo. Eran un recluta fuerte y bien dispuesto. Hizo bien su trabajo. Estuvo en Francia con las unidades de ocupación, pero nunca entró en combate. Creo que eso le pesó toda su vida. Y es probable que haya sido una variable importante a la hora de tomar la decisión de dejar el ejército y dedicarse al negocio del cine. Con el cine le fue bien. Siempre fue un tipo grande, con brazos gruesos, torso como un bulldozer y una pata de palo producto de una mala praxis. Mi padre puede estar doce horas seguidas contando en un bar o en una barbacoa como perdió esa pierna luchando por la libertad de América pero la verdad es que se lastimó durante un rodaje, se infectó, se gangrenó y se la tuvieron que cortar. Ya casi no toma. Es buen tipo. Estoy seguro que lo conocen. Fue el malo, el villano, el gran malvado de Disney. ¿Vieron que siempre hay un gato enorme y negro que amenaza a Mickey y a sus amigos? Puede ser un pirata o un matón del Mississippi, un cowboy mal afeitado que escupe tabaco, un jefe de mosqueteros traidor, o un hombre de negocios corrupto que fuma puros y se viste de traje y corbata. Agresivo, inestable, mandíbula grande, orejas pequeñas y grande y voluminoso, y siempre con una sonrisa perversa. Bueno, ese es mi padre. Y les aviso, no se parece en nada a ese personaje, pero qué bien le quedaban esos malos. “A todos los actores los condiciona su físico” me solía decir. Y una vez, una sola vez, mi madre se me acercó y me dijo “Nunca conocí a nadie más atento que tu padre”. Cuando me lo dijo, él estaba a lo lejos, en la parrilla, donde cocinaba salchichas y alitas de pollo. Era domingo. Mi madre es así. Digamos que es reservada. Trabajó como maestra en una escuela primaria. De hecho, mis padres se conocieron en un día de fiesta organizado por la iglesia pentecostal para honrar a los veteranos. Ahí tienen al perverso Pete. Estuvo tomando ponche de color rosa durante toda una tarde sin animarse a hablar con la chica que lo servía y que era mi futura madre.

Así que nací en 1949. Desde luego, cuando era niño estuve frente a la cámara. Sin embargo, apenas pude me alisté. No les voy a mentir. Yo quería ir al frente. Pasé todos los exámenes para oficial y me dieron un pelotón. Tuve buenos instructores y los Estados Unidos de América tenía en ese momento los mejores soldados del mundo. Estábamos orgullosos. Y entonces llegó Vietnam.

Quizás no es muy comentado en estos días. Pero todos los personajes de Disney estuvieron ligados de alguna u otra forma a esa guerra. Y lo digo no sólo porque pasaban sus películas. Me refiero a movilización. Los más conocidos, desde luego, gozaron de privilegios, casi como si se tratara de la gira promocional o algo así. Una vez lo vi a Mickey. Estaba con una unidad de artistas haciendo tiempo en frente de una cantina. No me vieron. Podría haber cruzado para decirle: “Hola Mick, soy el hijo de Pete, ¿cómo estás?”. Me habría reconocido. Pero no me animé. Tenía mi uniforme sucio, estaba sin las botas reglamentarias… Dicen que es buen tipo. Mi viejo lo decía: “Es tal como lo ves en la televisión y en el cine, Johnny.” Lo describía como una persona amable, educado, con un humor muy especial. A veces agregaba que era serio, algo distante, pero siempre muy profesional y se esmeraba para que quedara claro que cuidaba su negocio y su gente. Mi padre le estaba agradecido y en el fondo creo que lo admiraba.

¿Ustedes quieren que les cuente mis historias de la guerra? No se trata de que sean divertidas o aburridas. Algunas son divertidas, otras intento olvidarlas. Pero ustedes no quieren escucharlas ahora y yo tampoco quiero contarlas pero sí voy a decirles esto que creo que me va a ayudar a hacer claro mi punto. La muerte puede tener su lado gracioso, que la mayoría de las veces es irónico. A mí me tocó uno de esos momentos.

Había un tipo largo y flaco, muy alto y desgarbado. Se la pasaba haciendo bromas todo el tiempo. Hacía bromas con el clima, hacía bromas con los oficiales, hacía bromas con Charly. Como la mayoría de nosotros, llevaban el fusil de asalto M-16 colgado, tres kilos descargado y cerca de tres kilos y medio con el cargador de veinte proyectiles. También llevaban el equipo de mantenimiento del M-16 — baquetas y cepillos de acero, trapos y tubos de aceite LSA — , y eso pesaba cerca de medio kilo. Algunos soldados llevaban el lanzagranadas M-79: dos kilos y medio descargado, un arma razonablemente liviana, salvo por la munición. Cada proyectil pesaba más de trescientos gramos. Pero este tipo, tan flaco como era, llevaba treinta y cuatro proyectiles cuando le dieron un tiro y lo mataron en las afueras de Than Khe. Fue un francotirador. Un solo disparo saliendo de la selva. Escuchamos el ruido seco y se vino abajo. No hubo nervios ni sacudidas. La bala lo alcanzó en el cuello. Era una mañana de mediados de abril con visibilidad óptima y nosotros hacíamos tiempo recostados en un grupo de árboles caídos. Es idiota pensarlo así pero me parece que si vas a morir de esa forma, ese clima me parece el mejor.

— Goofy –dijo–, Goofy, soy tu hijo, ¿Por qué nunca me quisiste?

Sangraba mucho y se murió. Lo asistimos hasta el final. Lo último que dijo fue eso: “Goofy, soy tu hijo, ¿Por qué nunca me quisiste?” No llegó a escuchar nuestras risas. Todos pensamos que lo decía en broma. Después alguien usó la radio para informar de que un soldado americano había muerto en combate y pidió un helicóptero. Ahora pienso que quizás fuera en serio. Recuerdo que su sangre hizo un dibujo en la tierra. Nada más. Una mancha que se mezcló con el barro. Ese es mi punto.

Ayer estaba tomando una cerveza en la entrada de casa y pasó un vecino y me contó que acaban de condenar a muerte al Power Ranger rojo. ¿Trabajaba para alguna agencia? Quién sabe. Lo que se cuenta es bastante siniestro. Parece que estaba con su esposa en un yate suntuoso en la bahía y ató a los propietarios a un ancla, una pareja de jóvenes empresarios independientes, y los tiró al agua. Uno de los estudios pidió al sindicato que pusiera un abogado. Pero la verdad es que no había mucho para hacer. Así que al Power Ranger rojo lo condenaron a muerte. Fue en el Tribunal de Santa Ana, California. Culpable de doble asesinato. Y listo. Todos en el negocio dicen que no tuvo una infancia fácil y que estaba colgado del crack. Ya había pasado por la cárcel y vivía bajo condicional por varios asaltos a mano armada. “Así que ahora todos esperamos que le den la antirrábica” dijo mi vecino. No me quiero compara con ese tipo, pero mis hijos juegan con esos juguetes y vieron la serie. Con esto quiero decir, todos estamos tentados, y todas son tentaciones. La vuelta del soldado a casa siempre es dura. Se escribieron muchas páginas sobre estar ocioso, mirando la televisión un sábado a la tarde, esperando y a la vez temiendo que alguien venga a golpear tu puerta para preguntarte qué pasó en la selva, o en el mar, o en el desierto, pero la verdad es que cada uno de nosotros llevaba mucho equipo encima. Y algunos simplemente no logran descargarlo a tiempo. Y si la guerra es peligrosa, nada ni nadie parece estar exento del dolor, del pánico, la desesperación y el arrepentimiento. Eso es lo que tengo para decir. Mi nombre es John. Soy el hijo de Peter Percival. Que Dios nos cuide a todos. Paz.////

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