Una entrevista para Telam

Por la salida de mi libro de relatos El amor cruel, Dolores Pruneda Paz de la Agencia Telam me mandó unas preguntas. Mis respuestas se publicaron en el sitio de la agencia con algunos cortes el 22 de julio de este año. Aquí, la entrevista completa.

¿Entre qué años escribiste estos relatos?

Algunos el año pasado, otros los vengo escribiendo desde hace casi diez años. Creo que el más viejo de esta colección se publicó en el 2006 en una antología de “jóvenes escritores”. Hoy, ya no soy tan joven, y el cuento sigue ahí. Creo que eso habla bien del cuento. En muchos aspectos El amor cruel es mi mejor libro.

¿Cómo fueron surgiendo?

Como surgen todas las historias. Leyendo el diario, tomando de otros escritores, escribiendo mails, hablando con amigos en una fiesta de cumpleaños, leyendo un poco más, navegando por Internet.

¿Con qué criterio los seleccionaste?

El criterio que me autoimpuse fue “historias que podría contarle a una mujer desnuda con formación terciaria o universitaria en la cama de un hotel del conurbano bonaerense.”

¿Con qué hilo conductor o estructura los reuniste en este libro?

El amor en muchas de sus formas, creo.

¿Por qué el título El amor cruel?

Porque el amor solo no existe, siempre viene adjetivado. Y adjetivar el amor es una de las principales actividades de un escritor que quiere contar historias. El amor incompleto, el amor inestable, el amor animal, el amor simple, el amor irredento, el amor expandido, el amor que se muerde a sí mismo como una serpiente se muerde la cola.

¿El arte de tapa del libro tiene alguna relación con los cuentos que pueda servir de anécdota o fue un decisión que pasó por otro lugar?

Por lo general las decisiones siempre pasan por otro lugar. Mucho más las tapas de los libros. Acá el personaje fundamental es Fernando Barrientos, el editor de El cuervo, un sello de literatura ultraexperimental que él fundó en Bolivia y que ahora también opera en Argentina. Le dije a Barrientos que quería un Caravaggio en la tapa y me dijo que no. Entonces le propuse a Cornelis de Vos, un pintor holandés que me gusta mucho. Y no lo convencía, le parecía demasiado distante. Así que le dije que iba a poner uno de sus cuadros en Facebook y que todos iban a entenderlo porque es muy claro y preciso y De Vos era un tipo muy talentoso. Así que lo puse y Facebook me ofreció etiquetar los rostros, como si fuera una foto doméstica. Hice una captura de pantalla y se la mandé a Fernando: “acá tenés tu tapa, tradición y modernidad” le dije. Y esa sí le gustó. Leo Escobar, que es un diseñador muy bueno, le terminó de dar forma. Cornelis de Vos y Facebook, sí, hay algo del amor actual que se juega en esa tensión.

Cuando escribís en la contratapa sobre los cuentos de “El amor cruel”: “También son escenas, escenarios y escenografías de mi vida”. ¿Estás hablando de cuestiones cercanas a lo biográfico; hechos reales que dispararon ficciones; de la construcción de una cartografía, una identidad, personal?

Sí, por supuesto. Madame Bovary soy yo.

¿Qué entendés por amor, por qué cruel, esa mirada entre cínica y desencantada que atraviesa cuentos como “Hablame de lagartos” cuán relacionada está con una educación sentimental transcurría en los 90, cuánto de generacional hay en esta mirada entre romántica y neurótica?

No creo que sea una mirada cínica, sí irónica. Y desencantada puede ser, pero en el libro hay momentos de gran plenitud y entusiasmo, creo. Por otra parte, los 90 están en mí, es verdad. La adolescencia te marca siempre.

¿Cuánto pesa o como se cruzan Apocalipsis, ciencia ficción y amor a partir de esta percepción, si querés, generacional?

Bueno, a los que fuimos adolescentes en los 90 nos educaron en el fin de la historia, que terminaba, como ya sabemos, con un suspiro. El fin de la historia, el fin de los grandes relatos, el fin de la ideología, el fin de todo, y entonces cuando realmente parecía que los zombies producidos por el Doctor Caos De la Rua se iban a quedar para siempre llegó Internet y nos rescató.

¿Cómo juega el ideario o la imaginería pop en la construcción de esta historias de amor, cuánta voz o cuánto peso tiene la imagen en estas historias?

El pop es Dios.

Hay dos cuentos que escapan al tono narciso, posesivo, fetiche y a veces banal que describe el resto de los textos, para narrar un amor más desinteresado, cercano a la ternura y lo solidario, y alcanzar otras profundidades o capas en el relato: Las dos páginas que cierran “Soy el hijo de Sue” y “Mi fin del mundo nunclear” (la escena del adolescente durmiéndose en el pecho del programador): ¿Porqué elegiste desarrollar el vínculo hijo madre ahí, qué te permitió esa elección en particular? ¿Cómo surgió la historia en el refugio subterráneo al sur de Fukushima?

Hace unos años, unos hipster españoles me pidieron un cuento sobre el tema de la madre para una antología. Y me parecía un tema difícil y no iba a empezar a sondear mi edipo, grande y atrofiado, con mi madre. Eso me parecía peligroso y contraproducente. Así que me robé un procedimiento, el de la vida doméstica del super héroe, se lo robé a un escritor español, Matías Candeira, y lo crucé con ese álbum, El Vástago de los cuatro fantásticos, que tengo desde la infancia. También creo que tomé algo de Los increíbles, la película de Pixar. La historia del programador japonés surgió cuando Julián Gorodischer me pidió una crónica sobre el desastre nuclear de Fukushima para Revista Ñ. Le dije que la idea de viajar a Japón para escribir esa crónica me encantaba. Él me respondió que la tenía que hacer por Internet. Así que mandé ese relato y se publicó. Fue una serie de equívocos muy rara.

En “Necesito amor” ¿hay un elogio a la potencia liberadora de la violencia? Como acción también amorosa digo, que no tiene porqué lastimar física ni psíquicamente, como acto libre en sí mismo: “desapruebo la violencia, desde luego, pero un poco lo entiendo”/”el impacto duro y real, sin posibilidades de ser relativizado… Hay una erótica ahí”.

Hoy un elogio de la violencia, sí. Creo que las versiones de la violencia que se manejan hoy en los medios de comunicación masiva y en las redes sociales son producto de educaciones deficitarias y un narcisismo extremo y mal resuelto. Es algo que podría ser llamado la banalidad del bien. El enunciado “estoy en contra de la violencia” es pobre, idiota e idiotizante. Hoy todo parece ser violencia, una palabra, una mirada, y ser violento es el máximo pecado, y cualquier despunte o exabrupto es rápidamente tachado y reprimido. Pero, por otro lado, ya se dejó de lado una educación para y por el amor. Así que los que denuncian la violencia la hacen en términos violentos y abusivos. Si nos regimos por las frías y muchas veces aberrantes teorías de género, que encima se empobrecen al hacerse masivas, vamos a vivir en la frustración y en la culpa. ¿Quién pregona hoy el amor al otro, el amor a Dios, el amor al amigo? Lo que veo en lugar de eso es un aparato represivo del habla y el pensamiento que no simboliza bien. Y si no simbolizamos nos ponemos agresivos. Para mí las teorías de género son basura. Y encima son basura aburrida y pegajosa, como los restos de comidas que quedan en la bacha de la comida cuando lavas los platos./////