La técnica de morderse los labios

Nada debe ser más interesante, por lo menos en este momento, que ver un poco la técnica de morderse los labios y profundizar sobre su existencia.

Jamás he leído nada al respecto y temo que debe haber pasado de algún modo desapercibida, sin que le demos la atención que merece para elucidarla un poco y comprenderla. Porque detrás de la técnica hay una decisión arbitraria y en apariencias conveniente, que ejecuta quien la honra con su conducta.

Y se muerde los labios.

Es sin dudas una técnica especulativa, de preservación. Resguardo.

Uno se muerde los labios y de algún modo se mantiene a salvo, como si estuviera en la retaguardia.

Escondido.

Sin el riesgo que supone exponerse, presentarse en el mundo. Y decir…

Aquí estoy, esto pienso.

O mejor…

Aquí estoy. Esto pienso.

Por esto…

Y ahí desarrolla lo que en verdad piensa, dándole sustento a sus consideraciones y haciendo más respetable la palabra empeñada. O pronunciada, que dice tal o cual cosa.

Vaya uno a saber.

Pero la voz habla con racionabilidad, expresando su punto de vista y sustentando en una fundamentación considerable su posición.

Con lo cual quien se pronuncia merece ser escuchado con la atención del caso, para poder posibilitarnos al resto la comprensión de lo enunciado y consecuentemente la alternativa de redefinir nuestro punto de vista, modificar las perspectivas de nuestra mirada y transformarnos. Dándonos así la posibilidad de superarnos, posibilidad por supuesto más virtuosa que la alternativa de aferrarnos a nuestra propia comprensión, reducirnos a nuestras verdades y encerrarnos en nuestros caprichos.

Pero no nos vayamos de tema, lo que inquieta es la técnica de morderse los labios y evitar que la palabra personal se exprese con decisión.

Eso ocurre más en temas escabrosos donde el sujeto o individuo prefiere preservarse y evitar enojos ajenos.

Cree que si no dice nada se salvará de entrometerse en el peligro. Y consecuentemente no sufrirá las consecuencias del caso, que luego cobran formas diversas y cambiantes, y lo perjudicarían.

De algún modo hace bien. Nadie se va a enojar mucho con quien no dice lo que piensa y se escuda en un mutismo inquebrantable, comprometido con una actitud acomodaticia y pusilánime, que le permite evitar pronunciarse aun cuando se definan los destinos del país o el mundo, y quede por propia elección inmerso en una actitud mediocre, degradante e indigna.

Eso no quita que nos preguntemos por la técnica de morderse los labios y observemos el carácter mezquino que implica, porque al no permitir la palabra honesta y sincera, el mundo pierde la posibilidad de enriquecerse de la voz silenciada que eligió algún individuo.

Esa especulación precaria debiera ser superada por la decisión de compartir quienes somos, con nuestras deficiencias y errores, con nuestras limitaciones y posibilidades.

Pero con nuestra auténtica voz, que nos hace presente en la sociedad.

Y nos permite incidir en el mundo.