Aquel Seder de Pesaj

Te vas a aburrir.

Ese fue el comentario de mis amigas al enterarse de que habían invitado a mi familia a un Seder de Pesaj. Yo tenía 14 años y jamás había participado en una de esas cenas.

Ellas, las expertas madrijot de Hebraica, debían tener razón. No podían equivocarse porque hacía años que venían soportando una ceremonia solemne en donde un abuelo patriarcal recitaba la Hagadá como si fuera el relato de un partido de ajedrez. Hacía años que toleraban el reencuentro con primos lejanos que se sentaban en ronda a criticar y pelearse por herencias ajenas. Hacía años que sufrían el pellizco de cachete de la tía abuela y su comentario en loop “qué grande que estás, no te veía desde tu bat mitzva”.

Yo nunca había tenido nada de eso. En mi casa se comía jametz en Pesaj, no se ayunaba en Kipur y ni siquiera nos reuníamos en Rosh Hashaná. Lo más judío que hacíamos en mi familia era no festejar Navidad. Mis padres sólo aceptaron la invitación a ese Seder debido a mi insistencia. A mi insistencia y a la amenaza de aceptar la invitación por mi cuenta y caer en la cena con un amigo goi y huevos de pascua para el postre.

Esa noche estaba nerviosa. No sabía qué esperar. Me recorría el cuerpo el mismo terror que cuando uno va a ver una obra de teatro y descubre que hacen participar al público. Recuerdo que antes de tocar el timbre de la casa de nuestros anfitriones le pregunté a mi papá por milésima vez qué se tenía que decir al entrar.

-Jag sameaj –contestó modulando para que yo entendiese las palabras.

-Gaj maseaj –grité entusiasmada apenas abrieron la puerta.

La predicción de mis amigas se cumplió. Después de cinco horas de comer matzot, tapar y destapar matzot, levantar matzot, señalar matzot y esconder matzot, emergí de esa cena hastiada, con ganas de vomitar y sin entender qué cornos había pasado.

Lo importante fue que por fin tenía algo para contar. El jueves, en el colegio, por primera vez pude participar en la reunión en donde se juntaba la creme de la creme de la cole para competir por quién lo había pasado peor en su Seder de Pesaj. Por fin se me admitía en el grupo exclusivo de judíos superados. Por fin había llegado el momento en el que yo también podía regodearme porque me habían chistado tres veces por interrumpir el Bircat Hamazón o reírme de la absurda costumbre de comer kilos de lechuga.

La experiencia de ese Seder me sirvió durante muchísimo tiempo. La recreaba año tras año frente a un público renegado que se retorcía de la risa en el momento en el que yo parodiaba el manishtaná cambiando las palabras y poniendo énfasis en el kulo matzá, kulo maror.

Exprimí esas anécdotas hasta dejarlas sin gusto. Fueron el carnet de Macabi que nunca tuve, los años de shule que me faltaron, la janukiá ausente en el modular de mi casa.

Al final, para seguir reteniendo mi identidad judaica y a mi público burlón, terminé inventado un tío borracho que se tomaba sus cuatro copas de vino, otras cinco durante la comida y que por último se robaba las de la abuela que se había quedado dormida en el sillón.

La última vez que conté esa historia fue el año que empecé a estudiar Torá: Era Pesaj, estaba en la ieshivá esperando que empezara una clase y supe que era el momento oportuno para arengar a las masas y ganarme un manojo de cómplices en la desgracia.

Nadie se rió. Ni siquiera sonrieron cuando confesé que en ese mismo momento tenía un paquete de galletitas Melba en la cartera.

Quedé desconcertada. Por primera vez conocía gente a quienes no les daba vergüenza las tradiciones familiares. No sólo respetaban Pesaj, sino que lo disfrutaban, esperaban el jag con ansiedad y entendían su sentido.

Ese año me invitaron a un verdadero Seder de Pesaj. No fue solemne, como aquel que yo recordaba, ni largo, ni ordenado. Había risas pero nadie se estaba burlando. Había ruido, pero nadie se estaba peleando. Aunque aquella vez tampoco entendí bien lo que pasaba, mientras tapaban y destapaban matzot, levantaban matzot, señalaban matzot, escondían matzot y comían matzot, empecé a sospechar que mis amigas seguían teniendo razón.

En sus sedarim yo también me hubiese aburrido.

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