Una escalera notable en Sante Fe, Nuevo México

La escalera y el ascensor

El mes pasado me tocó pasar mucho tiempo en un sanatorio, un nombre raro ya que resultó ser un lugar de muerte. Estuvimos varios días (que se hicieron años) dentro de un cubículo de Terapia Intensiva para acompañar a mi suegro en sus últimos días. La terapia en esta clínica era “abierta”, y telas finas separaban las camas de distintos seres que agonizaban. Parecía un cuadro de Hieronymous Bosch, pero con la banal esterilidad hospitalaria.

Mi hermano fue oncólogo pulmonar durante diez años, hasta que no aguantó más la enfermedad y cómo se trata a las personas en instituciones de la (supuesta) salud. Ahora trabaja de 9 a 5 para una empresa de seguros y duerme de noche. Se despierta sin sobresaltos y toma sus vacaciones sin despedirse de sus pacientes. Anterior a mi semana en Terapia Intensiva, yo había juzgado esta decisión. Pensaba que si mi hermano hubiera cultivado una práctica espiritual quizás lo hubiera aguantado. Es excelente médico, sobre todo para familiares en la misma situación en la que nos encontrábamos nosotros, cuando ya no hay nada más que hacer. Sabe realzar la humanidad cuando queda poco de lo que reconoceríamos como humano.

Pero después de pasar cuatro días entre los respiradores, solo sentí alivio por mi hermano y la decisión que tomó.

Cada vez que entraba a la sala de Terapia, bajaba la cabeza, avergonzada de estar tan cerca de los estados íntimos y devastados de los otros pacientes. Es terrible que una persona termine en un estado semejante, pero que esté sujeto a una mirada ajena me resultó intolerable. A la vez, no podía dejar de preguntarme quién habitaba esos cuerpos inertes. ¿Había alguien entre las sábanas y los drenajes? Una de las ideas fundacionales del yoga clásico es la separación de la mente y el Ser. Pero en una sala de Terapia Intensiva, ¿donde está la consciencia? ¿Como se percibe al “Ser del tamaño de un pulgar que reside en el corazón” entre las ruinas de la carne? Esta es una pregunta milenaria: ¿donde y cómo se marca la frontera entre el cuerpo y el alma? Es un misterio que nos acompaña en todo momento, pero ciertos escenarios exigen una respuesta con más urgencia.

La sala de espera de Terapia Intensiva era un cuarto pequeño, donde los familiares se amontonaban en un silencio desolador. No corría el aire y el símil cuero beige reflejaba el ánimo general. No sabíamos los pormenores de cada diagnóstico: el tumor o la metástasis, el daño cerebral o la insuficiencia cardíaca. Pero sabíamos como terminaría. Éramos como escaladores de montaña cayéndose de un precipicio en cámara lenta. Era cuestión de tiempo, pero nos quedábamos ahí con las uñas arañando la tierra, sabiendo que nuestro esfuerzo era fútil e inevitable. Yo aguantaba menos tiempo en la sala de espera que adentro con los moribundos. Abhinivesha se define como el miedo a la muerte pero también como el apego a la vida. Nosotros estábamos atravesando algo más terrible en ese pequeño cuarto: el apego a los muertos.

Abajo en la entrada principal del hospital, se respiraba otro aire. Entraban mujeres embarazadas y gente con muletas o golpes menores. Familias esperaban sin demasiada preocupación en los sofás cómodos, y entraba luz por los ventanales. Era asombroso volver a ese mundo y salir a la vereda para saborear la brisa agria de Barrio Norte. Nosotros llevábamos la muerte ya en la piel. Me lavaba las manos ocho veces por día, pero el contagio era profundo.

Durante una de esas noches largas, salí para ir a casa (afortunada por no dormir sentada en la sala de Terapia como hacía mi marido). Lloviznaba. Me quedé mirando el dibujo de la vereda: un cemento dos tonos más oscuro que el de costumbre, la luz resplandeciente en el agua. Estos son los regalos de la desolación, cuando se cae la rutina, el pretexto, el diálogo interno constante. Nos quedamos abiertos y vacíos en la noche, estupefactos delante de su belleza. Tada drashtu svarupe vastanam.

Durante uno de esos días atemporales en la sala de Terapia, vi que había mucha gente esperando para tomar el ascensor, y decidí bajar por la escalera. Eran siete pisos, pero todo mi cuerpo pedía movimiento después de tantas horas sentada. El ascensor, al igual que la sala de espera, era muy chico y yo no aguantaba más la tristeza ajena, ya que la mía era suficiente.

Cuando abrí la puerta de la escalera, dejé de respirar y luego inhalé profundamente por la primera vez en días. El espacio era amplio y vacío, las escaleras eran de mármol y la baranda de bronce. Era, sin duda, el único lugar bello en todo el hospital. Estaba vacío. Recordé que cuando mi padre estuvo internado, siempre iba por la escalera. Esos momentos de silencio y respiración eran el mejor momento del día.

Entonces retomé la costumbre de la escalera, gozando de la soledad, el recorrido de la sangre en mis venas, los materiales nobles, el aire corriente. No podía dejar de pensar en el Sushumna Nadi, esa gran vía que forma nuestro centro. Aunque está allí presente en cada uno de nosotros, entrar en sus profundidades es la gran tarea del yoga. Casi todo lo que hacemos — asana, pranayama, meditación, la conducta ética y moral — nos abre el acceso a la autopista luminosa que nos recorre. La mayoría de nosotros se queda atascada en las pequeñas congestiones y el pegoteo de la rutina; vamos por el ascensor sin pensar que existe otra opción. Para colmo, nos enojamos porque está repleto de gente que nos recuerda nuestras miserias (en vez de nuestra divinidad). El Hatha Yoga Pradipika, así como muchos otros textos, afirma que cuando nuestra energía vital (prana) entra al Sushumna Nadi, realizaremos el Ser.

En la sala de espera, la distancia entra la puerta del ascensor y la puerta de la escalera era de menos de un metro, pero nadie la abría. Era casi como un fantasma. Muchas veces, las distancias más grandes en nuestras vidas son ínfimas: el abismo entre dos cuerpos en una cama matrimonial, entre un padre y un hijo mientras hacen la tarea, entre quien pide una moneda en la calle y quien sigue de largo sin mirarlo a los ojos, entre la mente y el corazón.

El contexto nos ayuda o nos desafía. Es más fácil percibir al “Ser del tamaño del pulgar que reside en el corazón” de una persona sentada pacíficamente en la postura de loto después de una práctica de asana o de meditación. Su brillo externo parece reflejar el resplandor interno (aunque Patanjali nos diría que no tiene nada que ver). En cambio, en una sala de Terapia Intensiva esta pregunta se vuelve más primaria y más difícil de responder. Sabemos que el cuerpo no es el Ser, pero también sabemos que el Ser mora allí. Hay muchos textos antiguos que tocan este punto. Lo dan vuelta con palabras y metáforas hermosas. El Ser es “Sin forma entre las formas, constante entre el cambio continuo” (Katha Upanishad). Krishna dice famosamente que el Ser no se puede mojar o quemar, secar o tocar. Pero podemos leer el Bhagavad Gita un millón de veces y no entender nada del Ser. Sus misterios exceden los conceptos, por más hermosos que sean.

Por eso, practicamos. Nos sentamos en silencio. Observamos nuestra postura. Ahondamos en las formas internas de pranayama. Con el tiempo (y la disciplina y la suerte) experimentamos el yoga de la separación: se cae una capa tras otra hasta que sentimos la presencia de algo indivisible y verdadero en nuestro mero centro. A veces. De a ratos. Y luego la experiencia se nos escapa y volvemos a la confusión cotidiana. La vida también nos tiende experiencias que invitan al discernimiento. La muerte de alguien querido es un momento de gran aprendizaje. Como dice un maestro mío, “Podemos aprender muchísimo o podemos no aprender absolutamente nada”. Así como ocurre con el joven Nachiketas en el Katha Upanishad, la muerte nos viene a instruir. En el hinduismo, Yama no es un dios temible sino una presencia honrada que pone orden. Lo terrible es, más bien, no aprender de las lecciones que nos ofrece. Quienes ignoran a la muerte se pierden, como los hermanos Pandava que toman del agua de Yama sin contestar primero sus preguntas. Yudisthira, el más noble y disciplinado de los cinco, logra dominar su sed para contestar las indagaciones de su padre. Cuando el dios le pregunta cuál es la máxima maravilla del mundo, Yudisthira le responde:

“Día tras día y hora tras hora, la gente se muere y se van llevando los cadáveres, pero los testigos de estas muertes nunca se dan cuenta de que ellos también morirán; piensan que van a vivir para siempre. Esta es la máxima maravilla del mundo.”

Yudisthira hablando con el invisble Yama mientras sus hermanos yacen muertos

La muerte, aunque sigue siendo lo único garantizado en este plano, sigue siendo una gran noticia. En los diarios las muertes copan el primer plano todos los días. Leemos sobre estos seres desafortunados, pero no atamos los cabos entre su destino y el nuestro. Y así nunca apreciamos el milagro que se nos presenta en cada momento: la vereda mojada, la cara del otro, el sol matutino, el plato caliente de comida, el sostén de la tierra misma. Nos creemos eternos, y así se vuelve nuestra indiferencia.

Este seminario reciente con la muerte me afectó en lo profundo; me siguen azotando los imágenes que presenciamos dentro de la sala de Terapia. Conocí a mi suegro a los 19 años y su presencia ha sido constante y amorosa en mi vida. Fue un gran padre y abuelo. Su pérdida es pesada, como un hachazo en la familia. Desde su muerte, me di cuenta de que hablamos de nuestro amor por los difuntos en el pasado; “Sus hijos lo querían mucho” se ha dicho de mi suegro. Estoy tratando de evitar esta costumbre. Lo quieren aún.

Durante esa semana brutal, me iba al sanatorio con el Sutra del Corazón, un texto que no pretendo comprender pero que sigo leyendo. Gira sobre el concepto budista por excelencia: la forma es el vacío y el vacío es la forma. El Hatha Yoga Pradipika elabora este concepto también: “Uno debe ser vacío por dentro y vacío por fuera, como un cuenco en el aire. Repleto por dentro y repleto por fuera como un cuenco en el océano”. Mi suegro había sufrido un ACV masivo y ya no tenía actividad cerebral cuando llegó a la clínica. Durante los cuatro días que pasamos con él, acompañábamos a su cuerpo pero no a su mente. El fue un hombre celebrado por su gran capacidad intelectual como escritor y analista político. Fue terrible contemplar su figura y saber que el hombre que conocíamos ya no estaba más. Su forma estaba vacío, pero ese vacío aún tenía forma.

Frente a este misterio, yo repetía en silencio las últimas palabras del Sutra del Corazón, gate, gate, pārasaṅgate ¡bodhi svāhā!: “Partir, partir, partir a lo alto, partir a lo más enaltecido. ¡Iluminados!
 ¡Que así́ sea”!

Me gustó pensar que él estaba más allá del nombre y de la forma, libre ya de las ataduras de su cuerpo. Uno de los textos amados por Pattabhi Jois, el Aparokshanubhuti de Shankaracharya, dice “Al convertir la visión común en la del conocimiento, uno debe contemplar al mundo entero como Brahman mismo. Esta es la visión más noble y no aquella que se dirige a la punta de la nariz”. Yo miraba alrededor al Sanatorio y sus indignidades, persiguiendo a Brahman, como si fuera una búsqueda del tesoro. Esto es un error de base. Shankaracharya explica, “Cuando la dualidad aparece mediante la ignorancia, uno ve al otro, pero cuando todo se identifica con el Atman, uno no percibe al otro en lo más mínimo.” Estas palabras coinciden con la descripción clásica del despertar del Kundalini cuando entra en el Sushumna Nadi: desaparece la diferencia entre objeto y sujeto, desparece “el mundo” como la dualidad mental lo concibe. Ver a Brahman en Terapia Intensiva es posible. Durante milisegundos lo pude hacer. Durante esos destellos, desaparecía toda la tensión en mi cuerpo y solamente sentí alivio, expansión, plenitud. Después volvía al diagnóstico, al peso en el corazón, a mis propios comentarios mentales sobre lo que estaba pasando. Shankaracharya dice: “Mientras contempla un objeto, la mente se identifica con ese objeto y mientras contempla un vacío realmente se vuelve vacío; en cambio, al contemplar a Brahman se alcanza la plenitud. Por ende, uno siempre debe practicar la plenitud”. Esta visión requiere la participación de cada molécula de tu ser. La totalidad pide la totalidad.

Aquí, indudablemente, interviene la fe. Contemplar a Brahman es, creo, una decisión, un ejercicio de presencia. Es la visión que prefiero: la que no reduce al mundo a una seguidilla de cosas, sino una mirada que acepta absolutamente todo como una unidad radiante y compleja. Pero la diferencia entre el hombre que jugaba con mis hijos y el que yacía en esa cama, inconsciente y entubado, todavía me choquea hasta la médula.

Por ahora me quedo con la escalera, una experiencia que pude vivir desde el cuerpo. Sé que prefiero permanecer en su amplitud, en lugar del condicionamiento estrecho del ascensor. Frente a los grandes dolores, siempre está la tentación de achicarnos, de bajar la mirada, cerrar la persiana, e ir por el ascensor. Yo llevo mis dudas al espacio de la escalera, un lugar que me permite contemplar y observar, inhalar y exhalar con comodidad. El vacío es naturalmente permisivo y amable, aunque a veces no sabemos estar cómodos allí. La meditación nos suele intimidar por ese mismo motivo. Como decía el gran budista Chogyam Trungpa, “Vivimos en caída libre. La mala noticia es que no tenemos paracaídas. La buena noticia es que tampoco existe el suelo”. Así es la escalera: abierta, vacía, generosa. Podemos sentir nuestra energía vital subir y bajar por esta gran vía, en lugar de dejarnos llevar por lo externo — si es que elegimos abrir la puerta.

Mis hijos ahora preguntan en donde está su abuelo. ¿En ningún lado? ¿En todas partes? ¿En las fotos, los recuerdos, los cuentos, hasta en los diarios? Hacia el final del texto, Hatha Yoga Pradipika nos ofrece esta perla: “La mente desaparece al sacar lo conocible y, debido a esta ausencia, solo queda Atma”.

Un dibujo infantil post mortem

Yo vuelvo al momento de la muerte de mi suegro, a los segundos en los que su corazón había dejado de latir, su mente totalmente ausente. No quedaba nada, salvo la desolación y el amor de sus hijos y de su esposa. Me sentí vacía por dentro y vacía por fuera, ahuecada por completo; también estaba plena por dentro y plena por fuera, como si no entrara más sensación.

Los grandes desafíos nos ofrecen la oportunidad de afinar nuestra atención, de entrar en espacios desconocidos y reveladores. Vivamos en la escalera. Hay espacio para todos.

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