11 horas, 23 minutos.

Han pasado 11 horas, 23 minutos y un millón de suspiros. Mi voz quebrada pidió un momento, un respiro que nunca llegó, porque nadie puede respirar con un sentimiento roto.

Qué me pasa, me preguntaba, una y otra vez, ¿qué me pasa? Pero no había respuesta. Traté de pensar en lo que sentía y todo lo lleno el vacío, el silencio, los respingos bañados de llanto, y al abrir los ojos, di de frente con la almohada, con la humedad de las lágrimas, con la oscuridad de la noche y el rastro de los recuerdos que apretaba contra mi pecho.

Nadie puede pensar con el corazón hecho pedazos. Nadie puede arrancarse el futuro cimbrado entre sueños. Nada parece tener sentido más que la tristeza intensa del momento. Y me decía ¿Cómo llegué a este punto? ¿Cómo llegué a querer tanto? ¿Por qué me convertí en uno de esos pendejos que lloran al saber perdido a alguien? ¿En qué puto momento dejé que me quisieran menos? ¿Qué va a pasar ahora? Y finalmente, sabía que esto pasaría.

Porque si, lo imaginaba, porque no sé querer poquito, con comas, con puntos suspensivos o intermedios. Yo quiero corrido, de golpe, soy de los que no escriben una oración y después descansa. Soy de los que quieren pocas veces, de los que casi nunca quieren, pero de los que quieren mucho y no saben querer a medias.

Ya sabía que uno de los dos siempre se vuelve al aire, mira de reojo y luego se marcha. Qué el otro apenas se ve en la penumbra, cruza sus brazos entorno al cuello y se abraza sólo.

Han pasado 11 horas, 31 minutos y algunas tormentas de lágrimas… pero aún sigo necesitando un momento.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Julian Cifuentes’s story.