Catorce menos dos

-¿Me podrías decir que hora es?

-Las 3:17.

-Gracias.

Toma sus manos, da la vuelta y vuelve a caminar; comienza yendo al puesto de crepas, al llegar gira, truena sus dedos, juega con un pie e intenta amarrarse el cabello pero no lo logra, se detiene al llegar al borde de las escaleras y se pierde en las casas, los árboles, los autos e injusticias que tiene frente a ella, pero no parece mirar nada.

Entonces vuelve la vista, retrocede un poco y nuevamente comienza a caminar; veo de a poco el movimiento de sus piernas al acercarse, trae un pantalón entallado, una blusa con la que resalta convenientemente su silueta, los cabellos sueltos que hace. ver su rostro más delgado, los pómulos encendidos (parte por el sol, parte por su rubor favorito) parecen decir “hey, mira, haces que me sonroje al verte”, y sus ojos, con las pestañas rizadas, un delgado y sutil delineado, un poco de sombra por encima y unas cejas perfectamente coloreadas, que en algún momento de la mañana tenían como finalidad atraer, transmiten una sensación de desilusión abrumadora.

Mientras memorizo estos detalles ella ha rodeado ya toda la plazuela en la que nos encontramos, ha pasado frente al restaurante vacío, a un costado de los juegos mecánicos apagados, por en medio del puesto de crepas y, finalmente, frente a mi.

En aquel silencio de la tarde parecemos ser únicamente nosotros dos, ella esperando y yo acompañándola desde las rocas; nos vemos unos segundos y aunque estamos lo suficientemente lejos, casi puedo ver a través de ella. En ese pequeño momento en el que se topan nuestras pupilas, estoy seguro de escuchar la ola de pensamientos que gritan por dentro. Primero la vergüenza, la humillación, la resignación, el abatimiento, la tristeza, la desilusión, después, el controlarse para no llorar, el sentirse poco, las palabras de sus hermanas mayores que se han casado ya, lo que le decía su madre cuando la hacía enojar, las burlas de la niña que parecía detestarla en la escuela, su primer relación, y por último, todas las conversaciones que habían tenido, la ocasión en la que habían pactado aquella cita y lo emocionada que había estado desde entonces.

El viento sopla alborotando su cabello, pero ya no trata de acomodarlo, su mirada persiste y comenzamos un pequeño dialogo visual intercalado.

-El no vendrá.

-Si lo hará.

-No, no vendrá. Terminarás aún mas triste si te aferras a esa idea.

-Estará aquí en cualquier momento.

-Son las 3:44.

-Me confundí de hora.

-No, no lo hiciste.

-Me he equivocado de lugar.

-Sabes que te mientes.

-¿No vendrá?

-No. Lo siento.

Sus facciones se fruncen, gesticulan las marcas de dolor que no puede expresar, se vuelve toda ella hacia dentro, se da la vuelta y camina.

Apenas avanza unos pocos metros y se toma de la baranda que divide la plazuela del área de juegos, se lleva la mano a la boca y contiene un pujido. Y ahora ya no somos los dos los que nos encontramos aquí, ahora es ella, solo ella y sus sentimientos rotos, las expectativas que se le caen de las manos y la realidad de todo aquello que nunca será.

Bajo la mirada y veo únicamente su silueta que se va muriendo, lenta, melancólica, hasta que se pierde completamente.

Guardo mis notas, hago a un lado el lápiz, y me quedo observando el punto por el que ese alguien debía aparecer, y deseo sinceramente que llegue corriendo, agitado, que cruce las manos por detrás de su cabeza al voltear a ver por todas partes y no encontrarla, que cruce hasta donde estoy y me pregunte “¿has visto a una hermosa mujer esperando a alguien?”, y yo responda afirmativamente señalando el camino mientras sale apresurado en dirección a las escaleras y al llegar al árbol que está junto a la carretera, la vea, la tome por la espalda y la abrace, para después darse un primer beso, y que todo aquel encuentro, incluyendo el momento en que ambos tuvieron contacto conmigo, sea un pequeño recuerdo agradable para ambos en años posteriores.

Pero los minutos pasan y nadie llega, una botella gira por el suelo, un perro le. ladra a su propia sombra y a lo lejos se escucha el grito de un bebé que llora. Solo así me doy cuenta que yo no seré un recuerdo, que yo también estoy solo y no hay alguien que vaya a bajar a por mi esas mismas escaleras.

5:20.

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