Domingo por la mañana.

Recuerdo que un día, hace algún tiempo, cuando aún tenía unos 15 años y apenas salía de mi pueblo, mi mamá, que se encontraba acá temporalmente, me dijo que tenía que viajar a Tuxtla a recoger unos documentos, así que esa misma noche (a las 12 pm para ser exactos) me encontraba sentado frente a la carretera esperando que pasara dicho camión que me llevaría a mi destino.

Subí, la emoción no me dejaba dormir pero al final conseguí hacerlo hasta llegar finalmente a la terminal. Eran las 5 de la mañana, no amanecía del todo, así que simplemente opte por hacer lo que mejor sé desde que tengo uso de razón: preocuparme. ¿Que voy a hacer hasta las 10 de la mañana? ¿Me quedo acá? ¿Y si me hacen algo? ¿Estará bien la dirección? ¿Es esta la terminal? Y así se fueron prolongado tan rápidamente que apenas y pasaron un par de minutos en este pequeño interrogatorio mental. Después de esto, comencé a volver al sitio en el que me encontraba; silencio, sentía una tísica corriente de aire que me mantenía fresco y una soledad apenas quebrantada por el policía que dormía junto a la entrada. Que espacio tan grande y abrumador, pensé. Decidí caminar, lo hacía lentamente, pasaba frente a cada una de las taquillas, volteaba a ver los asientos azules del lado derecho, la tiendita y un pequeño escaparate de cucuruchos mal cubiertos abandonados de toda presencia; a cada paso la sensación de extrañeza se iba intensificando, era como si una mano invisible se fuese introduciendo en mi pecho comprimiendo lo que había en mi interior, veía a mi alrededor y sabía que estaba solo y en mi mente se agolpaban los pensamientos, uno tras otro, esos que no quieres recordar y que te hacen sentir agobiado, tenia el tiempo de sobra para perderme en los suburbios bajos de mi mente y así lo hice. Es una maldición pensar tanto y que no haya algo que te lo impida, pensé. Lo curioso es que me lo sigo diciendo.

Ahí, sentado entre aquel murmullo silencioso de la madrugada, experimente por vez primera a lo que ahora me estoy acostumbrado.

Esa misma sensación de acudir a una cita demasiado temprano en donde apenas y han abierto el restaurante pactado, de ser el primero en llegar a casa por la noche, ir de compras a las 8 de la mañana y ser el único vehículo estacionado en esa tienda departamental, llegar a la escuela un día en el que nadie te dijo habría suspensión.

Supongo esta es la mejor manera para describir lo que se siente al despertarse solo en medio de la tranquilidad de una casa o departamento un domingo por la mañana.

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