¡Lotería!

En la planta de abajo doña Lupita dice una tras otra cada una de las cartas de la lotería, son esas de las grandotas, de las que ocupan casi media mesa, las que terminan estorbando y sobre las cuales los frijolitos chiquititos apenas y se alcanzan a ver. Las monedas yacen en el centro, todos están atentos, el premio es de diez pesos pero la emoción es tan grande como si se trataran de un par de millones.

Arriba Jaqui se muda de cuarto, tuvo que barrer su nueva habitación y mover torpemente cada uno de los muebles, o al menos los necesarios. Tiene una vista muy bonita de Guanajuato y ella seguro está pensando en eso. O quizá piensa en la rebanada de pastel que tiene sobre su mesa (demasiada harina) y que quiere comer y no.

¡Lotería!

Alguien es ganador, alguien está orgulloso, envalentonado con el poder momentáneo que dejan las monedas ahora en sus manos.

Alguien más está irritado, se quedó a una carta de ganar.

Alguien más está pensativo, nostálgico, sintiendo un extraño dolor en su espalda que suspira.


La solución para el dolor de espalda, según me han contando algunas personas de mi pueblo, es una buena “trayada” con alcanfor, aunque mi abuelita me decía que si me llegaba a doler la espalda era porque estaba malo del riñón. Ay mi abuelita, nunca he podido corroborar su teoría. Es lamentable porque, no tengo alcanfor, ni está mi abuelita y además porque no creo que sea ni una ni otra cosa.

La realidad es que estoy sentando en medio de un cuarto que hacía una semana me era completamente desconocido, extraño, lejano. La cama que está detrás arrulla los sueños que reclaman mis antiguas almohadas y el escritorio, tan vacío y sin uno solo de mis libros, parece decirme que soy un intruso y mis músculos quejumbrosos parecen darle la razón.

Me duele la espalda, me duele la distancia entre ciertos brazos y los míos. Estando a aproximadamente 1,140.8 km estoy casi seguro que los dolores, la nostalgia y los pensamientos son el reflejo de cierta ausencia… De ciertas ausencias.

Es de noche, es normal, mañana despertaré y me sentiré motivado de nuevo, ahogado entre la incertidumbre y el sentimiento de poder ser alguien nuevo, otro Julian, bueno, el mismo Julian pero con distintos miedos. El mismo que hacía 17 años lloraba por su mami, el que hace seis lo hacía por su abuelita y el mismo que ahora se anima a sí mismo para seguir siendo.

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