Rústico.

Ayer por la noche, en un ambiente tan rústico, apenas vislumbraba un par de facciones de la cara de mi padre. La luz tenue que emitía la vela que se encontraba sobre la mesa acompañaba nuestras palabras acicalando el silencio y profiriendo un leve destello de complicidad.

Hablamos sobre la escuela, sobre lo maravillosa que es la labor docente, le relataba mis experiencias, escuchaba sus hipótesis, le comentaba mis propuestas, sonreía y asentía animosamente, esperaba a que terminara y comenzaba a platicarme sobre alguna de sus cientos de anécdotas. Entre aquel mar de historias, mi mente me remontó a aquel salón de segundo grado de primaria en el que mi padre me llegó a dar clase; desfilaban fugazmente las imágenes, y recordé que a todos los niños nos regalaba cuadernos y no había ninguna distinción o condescendencia especial para con su hijo y todo ello hacía que, para mis adentros, me sintiera orgulloso y dijera «cuando sea grande quiero ser maestro y ser como el».

La vida es extrañamente confusa. Crecer implica conocer y entre mas lo haces más juzgas y más exigente eres con aquello que implica el saberte aceptado y querido. En cuanto a mi padre, nos alejamos tanto que conocí todo menos a él y viceversa.

Nadie soporta mis charlas aburridas y supuse que no sería la excepción. Que equivocado estaba, escuchaba con trémula expectación mis palabras y parecía interesado (creo que eso hacen los padres) y cuando en cierto momento de la prolongada conversación le dije: «creo que me gusta escribir, no sé, hace tiempo que lo hago y he estado tratando de compartir un poco para ir perdiendo la vergüenza». Se comenzó a reír, se puso de pie y fue hacia un viejo maletín, regresó y se sentó de nuevo, desdobló una hoja redactada en una máquina de escribir y dijo: «tenía una libretita roja en donde anotaba algunas canciones cortas y varias cosas, creo que se la presté a tu tío y nunca la volví a encontrar, pero éste es un cuento que escribí en 1984 y es la redacción original, creo es un poco raro, perdí mi título universitario y aún conservo esta hoja».

Sin más comenzó a leer.

Leía bien entonado, pausadamente y con cierto encanto, pero no era ello lo que me cautivaba, era el propio cuento el que trastocaba algo en mi interior y revolvía una parte inexplorada de mi ser, y es que en sus descripciones, su ambiente lúgubre y el tema central del relato me recordaba un poco a mis propias letras. No podría compararme con un escrito tan bien logrado, pero una parte de mi se sentía identificado.

Sin más me vio y guardó silencio, «ya tu leerás el final con más calma» me dijo y me entregó la hoja, la tomé, creo que balbucí unos cuantos elogios y nos despedimos.

Al salir a la calle me di cuenta de todas las cosas que tenía en la mente y no le dije, faltó decirle que me siento orgulloso de él, de saber que convirtió su profesión en su mejor cualidad, que por las mañanas me despierto tratando de encontrar aquello en lo que soy bueno pero que ahora lo haré más tranquilo sabiendo a mi padre un indescifrable y oculto talento; carecí de valor para mencionarle que yo mismo tengo una pequeña libretita y que me complacería mucho leerle un poco de lo que ahí escribo.

Al llegar a casa con aquella hoja entre las manos me sentí como hacía mucho tiempo no lo hacía, me sentí su hijo… Me sentí feliz.

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