Los panes.

Tuve un sueño, venías del horno en cual preparabas esos panes tan deliciosos; lloraba, y cuando estuviste lo suficientemente cerca te abracé con todas las fuerzas que tenía.

No paraba de pedirte perdón por todas esas veces que te había fallado, que no te quise acompañar a comprar, por ese jugo de naranja que con tanto esmero me preparabas y que dejaba intacto sobre la mesa. Tranquilamente me abrazaste, te sentí tan viva que creí que te quedarías ahí conmigo sí no para siempre, por un largo rato mas. Pero no fue así, me limpiaste las lágrimas, me miraste a los ojos y me dijiste: «no tengo nada que perdonarte, no te sientas mal esto tenía que pasar y sabes muy bien que siempre estaré contigo, aquí». Tomaste mi mano, la llevaste a mi pecho y cariñosamente, como solías hacerlo, me diste un beso en la frente.

Desperté entre las sábanas que alguien amablemente había colocado sobre mi para cubrirme, mientras los demás recibían palabras de aliento y me miraban de reojo como para cerciorarse que estuviera tranquilo.

Ahí, entre el movimiento, en ese momento tan nostálgico, vi unos deditos marcados alrededor de mi mano derecha, fue entonces cuando comprendí que verdaderamente siempre estarías conmigo, al fin de cuentas eso es lo que hace una madre, un padre, una abuelita, porque tu fuiste todo eso y más. Y aquí me tienes, escribiendo de ti, de un sueño que estoy seguro no fue un sueño. En dónde estés, gracias, estoy seguro sabes cuanto te amo y te extraño.