Excursión a las trincheras de papel

Se sienta cerca del suelo, casi tocándolo, para así vernos las caras cuando saca la suya del libro que tiene en las manos. Sucede lo mismo en muchas partes pero de distintas maneras. En este caso, nosotros nos acercamos al suelo y miramos sus libros con detención, buscando algún apellido o alguna inscripción que nos atrape. Es una colección de la que a alguna persona le debió doler desprenderse. Una fila de lomos que leemos con los dedos se despliega, subiendo y bajando. El vendedor nos observa por encima de sus lentes y busca el momento en que lo miremos de vuelta.

—Yo sé lo que andan buscando —nos dice. Y es curioso, porque por lo general ni nosotros sabemos. Pero nos conoce. A veces vamos y es como un amigo.
—¿Este a cuánto lo tiene? —le pregunto inocentemente al ver su cara.
—Esa es la primera edición en español del Ulises de Joyce —me explica—. Lo tengo a treinta mil pesos. Regalado.

Nos miramos con mi polola. Miro el libro, ahora con un respeto ceremonial. Muevo apenas su tapa como si después de setenta años se fuera a romper. Después de una media hora nos vamos con un libro de conversaciones entre Rodin y otro artista. Nos vamos con los dedos impregnados de libros viejos: una mezcla entre cuero, polvo y papel.

Un poco más allá está otro vendedor, pero no cualquiera: es un patriota. Se nota que se ha ganado con los años un hogar en su nación de los libros. Por eso los defiende de lo que considere inmiscuirse en su territorio.

—¿A cuánto tiene esta libreta?
—Quince lucas —luego de que su rostro se deformara como si hubiese estado buscando la respuesta en el fondo de su estomago, se retorciera, nos mirara y la sacara. No nos ofrece un precio. La dejamos donde estaba y nos vamos. Él se queda en su trinchera celebrando la victoria.

Así como en el persa Biobío, Santiago está repleto de lugares como estos. Son paraderos comunes para lectores y libros. Puntos de encuentro donde el tiempo borró el diecinueve por ciento y decantó los títulos perennes de “los Cohelos”. Así lo ve una antigua librera de la Usach: “El público es conocido. Con el tiempo sabemos qué traer y qué no. Y siempre van a ver autores que la gente va a buscar”. Su puesto se extiende por varios metros y ofrece una biblioteca que cualquiera se quisiera. Confiesa también que no los ha leído todos y quizás nunca los lea.

Tenemos la costumbre de llevarnos historias de otros con nosotros. Las oímos de nuestros padres, de nuestros amigos, las repetimos a nuestras parejas, las encontramos en canciones, películas y libros. Las hacemos nuestras pero no es así. Probablemente todo lo que hablamos proviene de una historia inicial que se remonta a los inicios de nuestros tiempos y que tan solo ha ido mutando como un virus para evitar que muera.

Los miedos y esperanzas siempre han sido los mismos. Las historias siempre han sido las mismas, no así nosotros. Pocas veces nos encargamos de continuar esta historia; la abandonamos a su suerte. Cuando tomamos un libro usado, nos hacemos cargo de ella y de aquello hay que ser consciente. Perteneció a alguien. Nos llevamos la historia que alguien dejo sin terminar pero que tampoco nosotros la culminaremos. Somos para el libro lectores de paso. Luego la historia nos dejará a nosotros. Querámoslo o no, así es y nos gusta. Quizás es por eso que pudimos empatizar con ese vendedor patriota. Nadie quiere dejar de ser uno mismo. Nos valemos de las historias para componernos. Es el aire de nuestras velas. Nos podemos atrincherar en ellas y atacar.

Galeano en El Libro de los abrazos dice que la voz humana siempre encuentra por donde salir. Por eso no se aflija si el libro que está buscando no lo encuentra a usted, o peor aún, lo encuentra pero no puede comprarlo. Aquella voz hallará la forma de evadir el impuesto, de asaltar el tiempo y caer en sus manos. Eso no significa que deba desistir. Acérquese a su puesto más cercano, entrométase y deje que la historia lo lea a usted.

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