El espíritu de una piedra

Notas al paso. El espíritu como integración de la mente y el cuerpo. Su rol en el arte. La sinceridad.

El arte como testimonio de una persona determinada en un tiempo determinado. No implicando esto necesariamente un arte delimitado por referencias biográficas, históricas o sociales de una época, sino al arte como testimonio del espíritu de un individuo en cierto momento, condicionado, eso sí, por su entorno social e histórico.

El espíritu como rótulo que engloba mente y cuerpo. Las condiciones físicas de una persona como resultado de sus pensamientos y a la vez como condicionantes de ese pensamiento. El cuerpo como vínculo con el ambiente que nos rodea y como el agente indispensable del pensamiento. El pensamiento como resultado del cuerpo y las condiciones físicas de una persona.

(Usemos la palabra “espíritu” por la carga simbólica y abstracta que tiene y que otra palabra como “esencia” podría dejar de lado, por su clara alusión a la propiedad física del elemento al que se refiere, existe, por ejemplo, la esencia de vainilla.)

El espíritu como un atributo que no es exclusivo de los seres animados, porque también se encuentra en los seres inanimados. Tomemos por ejemplo, el espíritu de una piedra. Si bien la piedra carece de pensamientos, es portadora de imponentes propiedades físicas. La dureza, la rugosidad, el peso. Todo esto determina el espíritu de la piedra.

La relación que puede tener una montañista con las piedras es diferente de la relación que puede desarrollar una persona en la ciudad con las piedras. La primera reconoce en las piedras un resguardo y a la vez un peligro, el otro sencillamente ve pocas piedras. Una interactúa con las piedras, conoce su peso y sus superficies, las estudia y sabe cómo pararse sobre ellas, cómo saltar de ellas, y sabe que puede caer de una piedra. El otro patea una piedrita o restos de escombros de una obra en construcción.

La relación física con las piedras como condicionante de nuestra relación mental con las mismas, significando esto en cualquier caso, solamente un condicionante para el vínculo y no por esto una mayor o menor capacidad de abstracción y desarrollo de ideas al respecto de la piedra.

Nuestra relación con una piedra puede hablar mucho de nuestra relación con el medio en el que vivimos, porque habla de nuestro espíritu, formado por nuestra mente y nuestro cuerpo. Lo que nosotros pensamos con respecto a la piedra tiene mucho que ver con la relación física que establecemos con ella. Volvamos al arte. El arte como modo de expresar el pensamiento a través del cuerpo en un tiempo determinado.

Testimonio, dijimos. Aparece la sinceridad, entonces, como la única manera de representar esta relación física y mental en una obra de arte, y como única forma de desarrollar una obra. La sinceridad permanece, al mismo tiempo, como algo imposible de identificar en la obra salvo por el mismo artista, porque es el artista como individuo el único que conoce sus manos, es decir su cuerpo, mejor que nadie, y es aquel del cual proviene el pensamiento que lo lleva a desarrollar a través de su cuerpo una determinada obra de arte.

La medida de la sinceridad, entonces, es la capacidad que tiene un artista de desarrollar, desde su cuerpo y su mente, una gema, haciendo uso quizás de técnicas predeterminadas o propias (pienso que el dominio de la técnica se mantiene en todo caso en un estadío previo al desarrollo de la obra), que depende de manera crucial de esta capacidad de reunir mente y cuerpo en su perfección de gema o de flor, nacida directamente del espíritu del artista.

Septiembre del 2014.