La batalla de los Dioses
Los Dioses deben de estar locos pensé este jueves a la noche, cuando por segunda vez en la vida una tragedia colectiva interrumpió mi lectura. Esta vez fue distinto, esta vez no fue el agua. Todo comenzó con una fuerte pelea entre Apolo y los Anemoi. Apolo se encendía con los molestos soplidos de Cefiró y de Boreas. Como en toda discusión se sacaron muchas chispas y tantas fueron las chispas que se sacaron que finalmente Hefesto se iluminó. Un fuerte fuego empezó a arder en Tiu Mayú y el Dique San Jerónimo. Zeus se puso rojo de la bronca y en las calles de La Cumbre camiones de bomberos y ambulancias comenzaron a dibujar circuitos de desconcierto y de temor. Fue una de las noches más largas de mi vida, Cronos esta vez me dio más tiempo. La huida fue pausada. Chilu me llamó para decirme que me vaya de mi casa y eso me dio tiempo para comunicarme con familiares y amigos. Me armé un bolso con unas mudas de ropa, puse la notebook en la mochila y me fui a lo de una amiga. Por fortuna cuando, a los 10 minutos, cayó la policía con megáfonos a decirnos que dejemos las casas yo ya estaba en lo de Caro. A Vicky en cambio la agarró en pijama y no fueron voces amigas sino las sirenas las que la alertaron. Me llamó aturdida y desconcertada, sin saber a donde ir ni que hacer. Le indiqué que venga a la casa de mi amiga y a los cinco minutos llegó con su perra en brazos y una cara llena de susto. La abracé fuerte y recordé que yo también había tenido que salir de mi casa corrida por Hades una vez. La diferencia es que ella tuvo la suerte de ser evacuada, y como su palabra lo indica recibió socorro en una situación de mierda. Estaba completamente aterrada. La entendí y en ese momento comprendí que tenía que estar de pie, como un roble. No estaba sola, del otro lado me estaban sosteniendo mis hermanas y Nacho con sus mensajes de protección. Caro, que es oriunda de La cumbre, estaba asombrada. Acá es muy común que en las estaciones secas los Dioses se peleen. Pero esta vez la cosa llegó más cerca y muchos fueron los habitantes de La Cumbre que debieron ser evacuados. Le escribí a Moni para ver cómo estaba y me dijo que bien, hacia media hora que estaba dando vueltas en el auto con sus cuatro perros. Sus padres, como los de Caro, no querían salir de sus casas de las cuales habían sido evacuados unas horas antes. Teníamos preocupación y sorpresa. Mirábamos hipnotizados la magnífica fuerza del fuego que con sus llamas de 10 metros cautivaba nuestro terror. Demeter lloraba y los humanos implorábamos la llegada de Eos. Nos habían robado el sueño pero por suerte las guerras de los dioses son más sencillas que las guerras humanas y al escuchar el ruido de los hidroaviones nos aliviamos.

Con cautela me fui a lo de Lu y Fede en busca de resguardo. Hestia, la diosa del hogar y la familia, como es usual no estaba dispuesta a ir a la guerra, entonces cedió su puesto a Dionisio quien nos ayudó a descomprimir la alerta y descansar un rato. Pero Notos y Euros cambiaron el rumbo de las cosas. El desconcierto entre los Dioses continuó y Palas Atenea, Diosa de la Guerra y la sabiduría, apareció. Por la noche Afrodita, la esposa de Hefesto, comenzó a exaltar las pasiones. Los Dioses perdieron el juicio. El fuego hacia lo que quería, no le bastaba con azotar el monte nativo, inclusive avanzaba hacia las casas.

El Cristo se rodeó de llamas. Rápidamente el cielo se puso de un color rojo apocalíptico. El aire era pesado y el viento ensordecedor. Las cenizas comenzaron a caer del cielo como una nevisca. Casi no se podía respirar. Árboles, plantas y animales comenzaron a agonizar. Eros nos ayudó brindándonos solidaridad y con ella los bomberos y bomberas pudieron juntar fuerzas para hacer su trabajo. Aliados con Prometeo ellos ponían en acto tácticas y estrategias para robarles el fuego a los Dioses. Agobiados pero dispuestos a parar la guerra como titanes también lucharon. No fueron a matar a Hefesto, sino que poco a poco lo fueron amansando.

Cuando parecía que tenían el fuego controlado, en plena guardia de cenizas, Hefesto, Atenea y Los Anemoi pasaron corrieron a toda velocidad quemando Cruz Grande, El Pungo y las estancias La Querencia y El Machito. Otras personas debieron abandonar sus casas para no quedar atrapadas entre las llamas que avanzaban decididas a causa de los fuertes vientos. Encendieron el Camino de los Artesanos y hasta llegaron a Villa Giardino y Los Cocos donde otro frente se abrió aunque no estamos del todo seguros si esos focos fueron a causa de la riña entre los Dioses o fue una pelea entre humanos que se camufló en el combate. La única certeza que tenemos de esta historia es la actitud estoica que han tenido los bomberos y bomberas. Ellos que con coraje y humildad arriesgaron sus vidas por la nuestra. 260 personas que con su pasión y su deseo se expusieron al peligro para salvar a miles.
Entonces ya tranquila en casa escribo esta suerte de testimonio de guerra. Gotas de agua comienzan a bendecir el campo de batalla gracias al milagro de la lluvia. Siento el olor a tierra mojada y con calma una brisa susurra el mensaje que Atenea con su sabiduría nos reveló: Comandados por Eros los humanos son capaces de hacer cosas divinas. Allí se encuentra el corazón de la civilización: en ese gesto de humanidad que enlaza y que hace posible acabar las guerras.
