Caracas.

Cuando salí de mi casa, decidí hacerlo lo más radical posible.

Regalé la mayoría de mis ropas.

Corté mi cabello de una manera irreconocible.

Abracé a mi perro y le pedí disculpas por lo que iba a hacer.

Me mudé de país.

Recogí las cosas más esenciales: mis cuadernos de poemas, el Kindle que de tan antiguo tenía los bordes desgastados y el cuero roído y mi camiseta favorita de dormir, llena de huecos y con olor a cientos de mi acumulados en el tejido.

Mi madre me miró con tristeza. De cierta forma sabía que no regresaría, no al menos de manera permanente.

Ya en el avión abrí uno de mis cuadernos y escribí: ¿Adonde vamos? Cerré con la esperanza de que aquella frase me llevase hasta un futuro diferente.

Mi primera gran ciudad fue Caracas. Vivía en un minúsculo apartamento del centro, con dos plantas en el balcón y una imagen de José Gregorio Hernández en la sala. Siempre me fascinó la figura de aquel hombre cuasi santo, que fuera el primer médico de Venezuela. Me sentía protegido por él en aquella urbe.

Todos los días caminaba bien temprano hasta el consultorio donde ejercía mi profesión, sintiendo la brisa de las montañas cercanas inundar la ciudad, purificándola. Después almorzaba algo ligero y regresaba, ya de tarde,por el mismo camino, pasando por una feria de artesanías donde me detenía a mirar a los hippies tejiendo brazaletes coloridos, que después ofrecían a los transeúntes.

Era feliz.

La realidad del hogar asfixiante donde tenía que esconder quién era realmente, me parecía un pasado prehistórico.

Fue en Caracas donde tuve mi primera cita romántica con un hombre.

Todavía recuerdo el nerviosismo. Las manos sudorosas, llenas de dudas. Mi mirada temblorosa, casi ni podía hacer contacto visual.

Él pensó que yo era tímido.

Me acarició la mano y yo instintivamente miré para todos lados pensando que alguien podría vernos y…

Y nada.

Nada sucedería porque aquella inmensa ciudad me había acogido como uno más. Quizás hasta mejor. Me había enseñado que podía ser feliz. Que podía acariciar y soñar sin la maldita culpa de herir a nadie.

La mañana siguiente me senté en mi lugar favorito del balcón, con un café en la mano. Sentí la brisa familiar. El aire puro de la montaña del Ávila dándome los buenos días.

Le respondí con una sonrisa y un sorbo de mi café.

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