La Máquina de Mierda
He aquí una pequeña confesión. Estoy aburrido.
Sí, lo sé. Soy un pecador. Adelante. Quémenme en la hoguera de su Calvinismo puritano; la justa, cansada, bueno, aburrida idea de que el aburrimiento en sí es un defecto moral; que una mente sin descanso es una maquila de explotación del Diablo.
No hay nada más aburrido que eso y voy a volver a esa misma idea al final de este ensayo, que espero sea el principio.
¿De qué estoy aburrido? De todo. Blogs libros música arte negocios ideas política tweets películas ciencias matemáticas tecnología… pero más que eso: el espíritu de la edad, la atmósfera del tiempo, la tendecia del ahora, la disposición del aquí.
Lo siento, pero es verdad. Me está aburriendo totalmente.
Una cultura que premia el narcisismo sobre el individualismo. Una política que sitúa la “tolerancia” por encima de la aceptación. Un espíritu que fomenta el cinismo sobre la reverencia. Una esfera pública que coloca la ironía sobre la sinceridad. Una filosofía tecnológica que eleva la “información” sobre el entendimiento. Una sociedad que pone la “oportunidad” antes que la decencia. Una economía que… usted me entiende. Trabajamos más duro para volvernos más pobres en “trabajos” que odiamos donde hacemos cosas que nos drenan hasta la última gota de pasión de nuestras almas para venderle a los demás que también están trabajando más duro para volverse más pobres en “trabajos” que odian donde hacen cosas que los drenan hasta la última gota de pasión de sus almas.
Aburrirse no es ser indiferente. Es estar fatigado. Porque uno está exhausto. Y ahí es precisamente donde —y sólo donde— los valores más allá nos guían. A estar exhaustos; con el incesante, sin fin, sin sentido trabajo de mantener la ficción. A pretender que quien realmente queremos ser es lo que todos los demás creen que los demás quieren ser. Agradado, no amado; “atractivo”, no hermoso; astuto, no sabio; ácido, no feliz; adelantado, no próspero.
Nos agota, literalmente, este juego de desear incansablemente los deseos de todos los demás. Nos hace adversarios no de los otros, sino de nosotros mismos. Hasta que no queda nada. No de nosotros como somos; sino de las personas que pudimos llegar a ser. Los valores más allá encogen y reducen nuestro potencial, como individuos, como personas, como sociedades. Y por eso es que estoy fatigado por ellos.
Ah, usted dice. ¿Pero desde cuándo la humanidad no ha sufrido siempre todo lo anterior? Por favor. No hilemos tan fino. A menos que usted crea que la clase media no fue exitosa en algún momento; a menos que usted crea que los empresarios que han hechos cuarenta y siete películas de Saw (hasta el momento) son los Alfred Hitchcock de esta generación; a menos que usted crea que esta era tiene un John Lennon; a menos que usted crea que Jeff Koons es Picasso… quizá ya puede ver mi punto.
Estoy aburrido, en resumen, de lo que yo llamaría un ciclo de mierda perpetua. Una máquina de mierda. La máquina de mierda que transforma la vida en desperdicio.
La máquina de mierda se ve como algo así: el narcisismo sobre quien es usted conduce al cinismo sobre quien podría ser usted que conduce a la mediocridad en lo que usted hace… que conduce al narcisismo sobre quien es usted. El narcisismo conduce al cinismo que conduce a la mediocridad… que conduce a más narcisismo.
Déjeme simplificar ese pequeño modelo del estancamiento al que el corazón humano puede llegar en la vida.
La máquina de mierda es el trabajo que solo hacemos para vivir vidas que no queremos, no necesitamos, no amamos o no merecemos.
Todo ahora es trabajo. Las relaciones, los pasatiempos, el ejercicio. Hasta el amor. Penoso, tedioso, implacable, formulista, sin pasión, calculado, repetitivo, predecible, analizado, minado, cronometrado, realizado.
El trabajo es una mierda. Usted lo sabe, yo lo se; la humanidad siempre lo ha sabido. Claro, uno tiene que trabajar en lo que uno quiere lograr. Pero ese no es el punto. Es el destello de genialidad, el brillo de la intuición, el resplandor del logro, el saborear de la experiencia, la incandescencia del significado; todo esto hace de la vida algo que valga la pena, embarazado, imposible, adolorido por un proposito. Estos son los fines. El trabajo es meramente los medios.
Nuestras vidas están confundidas de esa manera. Son los medios pero sin los fines; hogares modelo; actos que realizamos, pero no experimentamos plenamente.
¿Recuerda cuando mencioné el Calvinismo puritano? La idea de que estar aburrido es en sí una señal de falta de virtud—y que es, en sí, la idea más aburrida del planeta?
Esa es la batería que alimenta la máquina de mierda. No se nos está permitido admitirlo: que estamos aburridos. Siempre tenemos que estar haciendo algo. Siempre siempre siempre. Tocando, haciendo click, conociendo, festejando, ejercitando, conectando, “haciendo amistades”. Trabajar duro, jugar duro, vivir duro. Mejorarse. Ganarse. Beneficiarse. Darse cuenta.
Espérese. Déjeme entrar en modo abuelo amargado. Click.
¿Se recuerda cuando los cafés solían estar llenos de personas… pensando? Ahora lo desafío a encontrar uno que no esté lleno de gente en Tinder-Twitter-Facebook-cualquier app inmediata, utilizándolas furiosamente. Como verdaderos creyentes jorobados sobre el brillo de un Eden espiritualizado al que nunca pueden realmente entrar, que es precisamente la razón por la que están encantados. La posibilidad de una vida perfecta llena de placeres; la pareja perfecta, la relación perfecta, la audiencia, el trabajo, el secreto, la casa, la carrera, están a tan solo un toque de distancia. Es algo como una máquina de casino en el alma humana, esta cultura que estamos construyendo. El premio mayor está solo a una moneda de distancia… por siempre. ¿Quién no se dejaría seducir por eso?
Los ganadores de un millón de seguidores, fanáticos, amigos, amantes, dólares… después de todo, mil millones de personas tuiteando, actualizando, deslizando y tocando en el vacío mil veces por minuto no pueden estar equivocadas. ¿Pueden?
Y ahí es donde está la paradoja de la máquina de mierda. Ahora hacemos más de lo que los humanos jamás han hecho. Pero no estamos logrando mucho y estamos, a mi parecer, convirtiéndonos incluso en algo menos que eso.
Cuanto más hacemos, más pasivos parece que nos convertimos. Conformistas. Complacientes. Como si estuviéramos apenas pasando por las acciones.
¿Por qué? Nosotros somos algo parecido a las apariciones hoy en día: haciendo malabares de nosotros a traves del ruido; el “usted” que usted es en Facebook, Twitter, Tumblr, Tinder, donde sea… en su trabajo diurno, su trabajo nocturno, su pasatiempo, su relación principal, su amigo con derechos y su increíble cantidad de actividades extracurriculares. Pero este tipo de fragmentación propia da oportunidad a un tipo de esquizofrenia; conflictos, disociaciones, tensiones, dislocaciones, ansiedades, paranoias, falsas ilusiones. Nuestros vientres sociales no hacen que nazcamos nosotros mismos, los seres que explotan con cabalidad, posibilidad y maravilla.
Tap tap tap. Y aún así apenas estamos presentes del todo, en nuestras vidas, en los momentos que solo harán que un día recordemos y nos preguntemos… ¿Qué pensábamos desperdiciando nuestras vidas en cosas que no importaban del todo?
La respuesta, por supuesto, es que no estábamos pensando. O sintiendo. No tenemos tiempo para pensar ahora. Pensar es un súper lujo. Sentir es todavía un súper lujo más grande. En una era donde la comida, el agua, la educación y la salud decentes son demasiado caras para que la sociedad lo permita. Son una traba del “desarrollo”, una carga de la “productividad”. Esas cosas hacen lenta la furiosa aceleración de la máquina de mierda.
Y entonces, aquí estamos. Pasando por las acciones. La máquina de mierda dice que quien es pequeño es el adecuado, la ausencia es la presencia, lo vicioso es lo noble, la mentira es la verdad. Nos creemos eso y, avaramente, se alimenta de nuestra creencia. Entre más la alimentamos, más insaciable se convierte. Hasta que, finalmente, quedamos exhaustos. Pretendiendo que queremos las vidas que merecemos, en vez de atrevernos a vivir la vida que sabemos que podemos vivir.
A la mierda. Sólo admítalo. Usted probablemente está tan aburrido como lo estoy yo.
Bien por usted.
Bienvenido al mundo más allá de la Máquina de Mierda.