Mi pueblo: Los Teques

“Los Teques” Shooting by: César Padrón.

Hoy les hablaré de un lugar muy especial, un lugar que encierra un infierno y un paraíso. Donde conviven ángeles y demonios a diario. Les hablaré justo del pueblo en que nací. Se llama Los Teques, la ciudad de la neblina. La que puede pasar de un hermoso lugar a un escenario de Silent Hill de un minuto a otro sin que te des cuenta.

Los Teques, es la capital del estado Miranda. Como un par de amigos de otros países probablemente estén leyendo esto, los pondré en contexto.

Miranda rodea el Distrito Capital, donde se encuentra Caracas, la capital del país. Bueno, solo la mitad, la otra mitad del Distrito Capital esta rodeada por el estado Vargas, donde están las playas. Caracas y la Guaira están separadas por la hermosa Avila. Una montaña gigante, llena de vegetación y ríos. Un pulmón sin nicotina entre estas urbes llenas de fumadores.

Como decía, mi pueblo, esta relativamente cerca de Caracas, desde hace unos cuantos años estamos conectada a ellas por un Metro, Subte o como mierdas quieran decirle. Un tren por debajo de la tierra. Esto hizo que Los Teques se convirtiera en una ciudad dormitorio. Creo que siempre lo fue un poco de alguna manera.

Allí nací, allí viví hasta venirme a Buenos Aires. Es un lugar muy especial para mi, siempre he sido un tanto apegado con mis cosas y este pueblo lo considero mío.

Viví cosas realmente interesantes allí. Parece mentira que a pesar de vivir 21 años en ese lugar, me seguía sorprendiendo. No tanto su gente, mas bien sus calles. Siempre encontraba algún lugar no explorado que me daba regocijo. Nunca he sido de estar demasiado tiempo en casa, solía vivir mi vida entera en la vereda, buscando algo que me quitara el habla. Casualmente en todo ese proceso de búsqueda siempre me acompañaba una birra bien fría y un amigo. Básicamente les digo que dedicaba mi tiempo a beber con mis amigos en los spots que mas me gustaban en todo el pueblo, claro, cuando no estaba trabajando o haciendo algo importante.

Como Venezuela entera, mi pueblo también es bastante peligroso, no vivía precisamente en un Country Club y como dice un amigo ‘la calle no pasa en vano’, gracias a eso, donde este, puedo defenderme y sentirme seguro estando solo conmigo mismo.

Les enumeraré tres cosas que amo y tres que odio de este lugar, vamos con las que amo:

  1. La neblina: es perfecta, en pocos lugares he visto una neblina tan espesa como en mi pueblo, vivía en un piso 14 y existían mañanas que te parabas en la ventana y no podías ver el estacionamiento del edificio a pleno día. Temperatura perfecta entre 17 y 22 grados. Nunca hacia demasiado calor o demasiado frío, era perfecto. Un día antes de irme a emprender mi aventura, luego que se fueron todos mis amigos, subí a la azotea de mi edificio, algo un tanto peligroso porque puedes caer si no tienes cuidado. Ahí, con un cigarrillo y un trago de Habana Club, la neblina vino a despedirme, justo como lo hacía cada noche.
  2. El taxista ‘Siro’: Este señor era como un padre para mi, iba a buscarme al inframundo un primero de enero a las 2 am si era necesario, a precios absolutamente aceptables. Lo increíble era que de verdad se preocupaba por mi seguridad, me llamaba cuando no podía ir a buscarme y me preguntaba si estaba bien. Pronto le contaré mas sobre este personaje.
  3. Mi casa: por ser un PH, constaba de dos pisos, algo espaciosos, bastante cómodos. Esa casa fue testigo de una vida desenfrenada (mis vecinos también, los que probablemente hayan hecho una fiesta cuando me largue de allí). Millones de madrugadas cantando a todo pulmón con una guitarra y un par de cajas de birras en los ‘banquitos’ de mi edificio y cuatro cumpleaños seguidos lanzando la casa por la ventana desde dos días antes, cosa que no estoy del todo orgulloso, pero bueno, fue una realidad.

Ahora tres cosas que no me gustan tanto:

  1. El transporte público: daba lo mismo que fueras encima de una tortuga manca realizando una procesión incada en vidrios que fueras en un autobús, de hecho creo que la tortuga ganaría. Por no decir que a las seis de la tarde desaparecía cualquier rastro de que alguna vez hubo bondis, ojalá tengas dinero para el taxi o te guste caminar bro.
  2. Los tukkis: ¿pero a quién mierda les agrada estos hijos de puta? Cada país que he visitado existe esta especie, acá en argentina les llaman ‘fisuras’, por suerte aún no han descubierto que los modelazos son buenas motos y bastante baratas, en el momento que lo descubran sera una jodida mierda.
  3. Su pequeño espacio: como se podrán imaginar este pueblo no es precisamente la extensión de terreno más grande de mi país, Los Teques son dos calles y todo el que ha vivido allí lo sabe. Por consiguiente el 85% de las personas de mi edad que allí habitaban las conocía al menos de vista. Lo que no es precisamente bueno a la hora de salir con una chica, todo el mundo se enteraría y por como va el mundo dos o tres de tus amigos ya habían estado con ella, cosas de la vida.

Sin embargo, es mi lugar, donde siempre me sentiré en casa. Donde aprendí a patinar, a tocar una guitarra y donde conocí mil personas que de volvieron parte de mi. Aunque no es precisamente una atracción turística, si alguna vez vas a Venezuela, deberías ir allí.