México, tan lejos de Dios y tan cerca de EE.UU.

Cada presidente de los Estados Unidos ha tenido una agenda muy bien establecida sobre México y sus relaciones, desde George Washington quien se negó a involucrarse con las Colonias Españolas y ayudarlas en su independencia ante la amenaza de los franceses, negándose así a convertirse en el libertador y padre de los Imperios Unidos de América, hasta Barack Hussein Obama II, quien le heredó la Casa Blanca al actual presidente Donald John Trump, este año.

Así, todos los presidentes estadounidenses han tenido una agenda que se escribió mucho antes que ellos llegaran a la presidencia, y los grupos que representan los intereses de Estados Unidos para con México, son los que se han encargado de llevar a cabo esa agenda, a veces oculta a veces muy conocida, pero siempre moldeándola y cabildeando los planes en nuestro territorio; desde la minuciosa selección de los candidatos presidenciales, hasta su toma de protesta y la ejecución de las garantías de que el nuevo presidente bailará al son que los gringos toquen.

Pero la historia cambia, siempre cambia, y ahora con un presidente estadounidense que no llegó a la Casa Blanca a través de la tradición americana de escoger a aquellos que representarán a “América” en el mundo, Donald Trump, ha venido a cambiar los usos y costumbres de cómo se lleva a cabo la relación pública y tras bambalinas de México y Estados Unidos. Para entender mejor; los acuerdos, tratados, reuniones, declaraciones, acciones y cualquier cosa que tenga que ver con la relación política, comercial y social entre los dos países, se gestiona y se maquila fuera de la luz pública. Para cuando un presidente se sienta a darle la mano al otro ante las cámaras y hacen como que platican en alguna sala privada de la Casa Blanca o de Los Pinos o Palacio Nacional, los acuerdos ya han sido pactados y las condiciones establecidas. México casi siempre termina haciendo lo que los vecinos del norte “dictan” pues nuestros líderes no han sabido usar las herramientas de negociación que este rico y bello país les da.

En México, aquellos que han estado ahí en Los Pinos y en Palacio Nacional mucho antes que Peña Nieto y que Calderón y que Fox y que el mismo Salinas, con la llegada de Trump se voltean a ver los unos a los otros diciendo “¿y ahora?” y se han dado cuenta en estos pocos meses que, de pronto y sin realmente anticiparlo, tienen en sus manos cierta libertad de maniobra que antes los Estados Unidos no les permitía y, claramente, parecen no saber usarla para beneficio de la agenda mexicana simple y sencillamente porque México no tiene una agenda establecida.

Desgraciadamente, los “líderes” que tenemos en nuestro país actualmente no son “los más picudos” a la hora de desarrollar una verdadera agenda para nuestro país y los pocos que son lo suficientemente picudos, tienen sus huevos puestos en canastas distintas a los intereses de los ciudadanos mexicanos.

La historia entre ambos países.

Fue en 1836, una tarde de primavera, cuando el General Antonio López de Santa Anna se recostó a dormir la siesta en una pradera en Texas entre Buffalo Bayou y el Río San Jacinto después de haber ganado una batalla en el Álamo. Mientras Santa Anna dormía cerca del campo de batalla, el General Sam Houston, con sus pocos hombres, todos cansados y con la moral por el suelo, sorprendieron a las tropas de Santa Anna derrotándolos de una forma sangrienta y arrasadora, cambiando así la historia para siempre. Si Santa Anna no se hubiera dormido ese día, México tendría las llaves del Imperio Norteamericano.

Como dicen los gringos “coulda, woulda, shoulda”. En Austin, ciudad capital de Texas, se encuentra esta pintura que les comparto aquí abajo, donde vemos al General Sam Houston recostado en un árbol, herido, y extendiéndole la mano a un solemne Santa Anna mucho antes de aquella sorpresiva derrota que ocurriría después. En la pintura, el General Houston estaba listo para rendirse, pero Santa Anna sugirió que mejor negociaran, así los dos se sentaron a platicar y a fumar opio mientras se decidía el fin de la guerra y el acuerdo que daría pie a que diez años después, Estados Unidos se anexara Texas y forzara a México a delimitar las fronteras hasta el Río Grande y no hasta el Río Nueces como querían los mexicanos.

Houston herido ante Santa Anna

A raíz de la siesta de Santa Anna y sus pésimas habilidades de negociación, Estados Unidos decide invadir a México y a pesar de dejarlo sin la mitad de su territorio, se portó con piedad al no invadir el resto del país, esto es lo que conocemos como el Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, donde México cede más de dos millones de kilómetros cuadrados a los vecinos del norte: California, Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas, partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma, como conocemos hoy el territorio cedido sin incluir la Venta de la Mesilla, el sur de Arizona que era parte de Sonora y Chihuahua que Santa Anna vendería 5 años después del tratado al presidente Franklin Pierce. Así, México le regaló al presidente James Polk su sueño hecho realidad de “ver los dominios de América de océano a océano”.

Esta historia de cómo México perdió todo ese territorio, es algo que los americanos romantizan y usan para infectar el subconsciente colectivo gringo con patriotismo y complejo de grandeza, mientras en México, el sistema siempre ha querido omitirla y echarla bajo la alfombra. Para los estadounidenses es motivo de orgullo y para los mexicanos es motivo de rabia y resentimiento. Cada vez que recuerdo esta parte de la historia y de cómo Estados Unidos se apoderó de la mitad del territorio mexicano, también recuerdo a mi querida amiga Amy C. Offner que en una clase que tomamos juntos me dijo: “los mexicanos no deben de preocuparse por el territorio que les quitaron, ustedes lo están recuperando un mexicano a la vez y pronto los gringos seremos minoría en el oeste de EE.UU.” Y, como siempre, no está muy errada.

Muchos especialistas dicen que México y Estados Unidos, en aquél entonces, el siglo 19, tenían la misma posibilidad de clamar victoria sobre lo que sería el Imperio Norteamericano pues, no se habían rendido aún ante sus propias guerras civiles, ambos eran productos de la intriga importada del viejo mundo, uno venía del Protestantismo Anglosajón y el otro del Catolicismo Hispano, Estados Unidos había logrado su independencia 4 décadas antes que México, pero aún no se establecía a sí mismo como toda una república que trataba de crear un imperio desde cero, mientras México tenía sus raíces en antiguas civilizaciones ya mucho antes de que los colonizadores europeos llegaran a ambos países.

Pero aun siendo una república en pañales, Estados Unidos llevaba las de ganar gracias a su geografía y gracias a que, para variar, los mexicanos no estaban organizados y no tenían una agenda a largo plazo. Además, la geografía mexicana hacía que desplazarse hacia el norte fuera demasiado caro y muy difícil. Si México hubiera querido conquistar Estados Unidos, habría tenido que tomar el Río Misisipi con un gran número de tropas sin descuidar el área de Veracruz y sus puertos con una gran flota marina y suficientes hombres que defendieran y resguardaran el área de la Ciudad de México. Pero, los mexicanos no estaban organizados, los españoles no tenían interés en descuidar su agenda principal y, los que eran mayoría, los indígenas mexicanos, no gozaban del derecho a la vida ni a la libertad ni derecho de propiedad que les inspirara patriotismo o amor al país como para defenderlo a diferencia de sus contrapartes en Estados Unidos.

Eventualmente México superó, de alguna manera, la pérdida del territorio mexicano cedido a los americanos, pero hasta hoy el dolor del golpe bajo al orgullo mexicano continúa, aunque sea más un acto hipócrita de resentimiento hacia Estados Unidos que un verdadero acto de no saber perder. Así fue que hasta hoy los mexicanos necesitamos un culpable y ese culpable sigue siendo otro mexicano, otra Malinche, Santa Anna. Para los mexicanos, la culpa no fue de las condiciones en las que se encontraba el país ni el poco interés que el sur tenía por el norte ni la mala organización ni la forma de vida de los indígenas mexicanos ni nada así, la culpa de que México perdiera ese territorio es del presidente, de un político, la culpa es de Santa Anna y su firma.

Desde que México se rindió ante Estados Unidos y firmó el Tratado de Guadalupe Hidalgo y desde que Benito Juárez se bajó los pantalones ante el presidente James Buchanan firmando el, gracias a Dios, fallido Tratado McLane-Ocampo, Estados Unidos ha tenido una agenda para México donde las órdenes y decisiones más importantes y de impacto a largo plazo, vienen desde Washington. México se quita el sombrero ante el Tío Sam y ha tenido siempre la actitud de “¡Si señor!” ante la autoridad americana. Desde 1914 cuando por accidente el ejército mexicano arrestó a un grupo de marinos americanos en Tampico, acto por el que el imponente General Ignacio Morelos Zaragoza se disculpó dos veces, disculpa que no le bastó a Estados Unidos y ordenó que se hiciera una disculpa oficial y por escrito y, por si fuera poco, se mandara a izar la bandera estadounidense en el área donde fueron arrestados los americanos y se le saludara disparando 21 salvas del ejército, Morelos dijo que haría el saludo a la bandera solo si Estados Unidos hacía lo mismo saludando a la nuestra en reconocimiento de la soberanía mexicana, obviamente, Woodrow Wilson no tomó la actitud patriota de Morelos de muy buena manera y dos días después las tropas americanas ya habían invadido Veracruz.

Así ha sido parte de la historia de México y Estados Unidos, no en vano al llegar Donald Trump a la Casa Blanca los mexicanos se han hecho preguntas tan tontas, pero tan reales como: ¿mandará Trump a invadir México otra vez? Y esto es gracias al subconsciente colectivo mexicano en el que tenemos muy presente esa relación sumisa de México ante Estados Unidos y, por supuesto, al historial de actos denigrantes contra el honor mexicano que los gringos han perpetrado más de una vez.

Durante la Guerra México-Americana, debido al temor de que Estados Unidos se anexara más territorio mexicano, en especial las Bajas Californias y Sonora que los americanos siempre quisieron, el presidente José Joaquín de Herrera, repartió tierras y otorgó incentivos fiscales a quienes se mudaran a vivir a esta región, pero la fiebre del oro en California y los rumores de la gran bonanza del lado norte, hizo que la población en Sonora disminuyera en grandes cantidades pues los pobladores mexicanos si se fueron al norte, pero más al norte hasta Estados Unidos, y así ha sido hasta el día de hoy, a pesar que en 2016 fueron más los mexicanos que se regresaron a México que los que cruzaron a Estados Unidos, los mexicanos siguen viendo a Estados Unidos como una mejor opción para vivir, como la bonanza que en México no encontrarán.

Después vino Pancho Villa y ya todos conocemos lo que Villa le hizo a los gringos y al final, los gringos a Villa. Al terminar la Primera Guerra Mundial, la desconfianza entre los dos países creció pues en 1917, vino el escándalo del Telegrama Zimmermann donde Alemania intentaba convencer a México de recuperar su territorio cedido a Estados Unidos si éste iba contra los alemanes en la guerra. La desconfianza de Estados Unidos creció más durante la Segunda Guerra Mundial y ni se diga durante la Guerra Fría pues México se convirtió en territorio fértil para los espías y el espionaje nazi y, sobre todo, soviético. Luego vino “The War on Drugs”, la guerra contra el narco, fenómeno que ya les ha quedado claro a ambos países que es un problema gracias al producto que los mexicanos ofrecen y a la demanda y consumo que los americanos representan. Drogas de México hacía Estados Unidos, dólares y armas de norte a sur.

Migración, la esencia de la relación México-Estados Unidos.

La migración ha sido siempre un factor elemental en la ecuación México-Estados Unidos. Muy pronto Estados Unidos se dio cuenta que la mano de obra mexicana era mucho más barata y que desplazaba la mano de obra americana, pero al principio los mexicanos no eran el objetivo de las autoridades migratorias de EE.UU., pues eran muchos más los migrantes chinos que intentaban cruzar la frontera hacia EE.UU. en busca de trabajo. Al mismo tiempo, Estados Unidos dependía de los trabajadores mexicanos para el trabajo de agricultura y para construir su ambiciosa red de vías de tren, 60% de los trabajadores que construyeron el sistema ferroviario de Estados Unidos, eran mexicanos. Estados Unidos se tuvo que poner de acuerdo con el gobierno mexicano para que les ayudaran a mantener a los chinos fuera del país pues representaban una amenaza para EE.UU. que los mexicanos no. Hubo un tiempo en que México, en acto de rebeldía contra Estados Unidos, se hizo de la vista gorda ante la migración china a ese país para demostrarle que al final, el Tío Sam necesitaba la cooperación de las autoridades mexicanas para controlar la migración, exactamente lo mismo que actualmente hace México con migrantes de Centroamérica que buscan cruzar la frontera norte.

Más allá del comercio ilegal de drogas y armas, la relación comercial y económica de Estados Unidos y México, es compleja. Ambos países mantienen una codependencia capitalista tan antigua como las mismas rivalidades y disputas por el territorio. La relación mexicoamericana no es solo pleitos y disputas, ni tampoco solo miel sobre hojuelas. Es una relación de odio y amor. Ha habido tiempos en los que Estados Unidos ha propiciado y facilitado la migración de mexicanos para servir a sus necesidades del momento, y otros momentos de patriotismo como durante la Gran Depresión o Crisis del 29, donde EE.UU. deportó mexicanos en masa y después cuando la necesidad de mano de obra barata resurgió en los 40’s, EE.UU. creó el “Programa Bracero” para permitir mexicanos que trabajaran legalmente, pero, en 1954, el presidente Dwight Eisenhower implementó la “Operación Mojado” para deportar mexicanos de nuevo. En 1965, preocupados por el gran aumento de la población mexicana en Estados Unidos, se creó la Ley Migratoria de 1965, que limitó el número de mexicanos hacia EE.UU. haciendo difícil obtener una visa y obligó a la mayoría a entrar al país de manera ilegal, hasta la fecha.

En el sistema político interno de Estados Unidos, la migración es y ha sido un tema relevante, tanto que, para muchos senadores y congresistas, es lo que les permite tener un puesto en el gobierno o no tenerlo, tanto, que la promesa de campaña de Trump de construir un muro en la frontera es, según encuestas y resultados, lo que ayudó a elegirlo como presidente de Estados Unidos.

Tratado de Libre Comercio de América del Norte — TLC

Aunado al factor migratorio, la tendencia del outsourcing de los empleos americanos a las ciudades fronterizas mexicanas en el aumento explosivo de maquiladoras desde 1960, la implementación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994, el cortejo que naciones enemigas de EE.UU. han hecho a México para molestar a Washington, el incremento de la violencia de los carteles en ambos lados de la frontera, la oferta y demanda de drogas y armas en ambos países, han obligado a México y Estados Unidos a depender el uno del otro, para bien o para mal.

Ambos países mantienen relaciones profundas a través de los mercados financieros, la agricultura, energía, transporte y la extensa cadena de suministros; desde refacciones de automóviles hasta aguacates. El 80% de las exportaciones mexicanas van a EE.UU., el 40% de los productos que se consumen en EE.UU. son productos mexicanos. La relación económica es mucho más sólida y estable que lo que muchos políticos en Washington difieren, de hecho, el déficit comercial entre México y EE.UU. es de 58 mil millones de dólares, el de China con EE.UU. es de 367 mil millones de dólares. Irónicamente, en lo que va de la administración de Trump, México ha roto récords en el aumento de exportaciones a Estados Unidos.

Aun si el TLC desapareciera obligando a ambos países a regresar a las reglas y acuerdos de la Organización Mundial del Comercio, el comercio y las relaciones entre México y Estados Unidos, seguirían sólidos y por un largo tiempo. Sin embargo, la actual incertidumbre económica y política entre ambos países seguirá teniendo costos económicos, políticos y sociales en ambos lados de la frontera. En un ambiente donde el presidente de Estados Unidos le dice al de México que si no pone orden y controla a los carteles, mandará tropas americanas para que el ejército de Estados Unidos se encargue de los “hombres malos” en territorio mexicano, en una atmósfera donde la comunicación entre ambos presidentes parece llevarse a cabo a través de Twitter en vez de las líneas diplomáticas oficiales, en tiempos en los que el gobierno mexicano está más preocupado por las próximas elecciones de 2018 que lo que pasará en el futuro con Estados Unidos, y en un ambiente donde históricamente las negociaciones entre ambos países parecen siempre beneficiar más a los gringos, entonces, un cambio radical y oficial, no parece tan malo.

En una realidad donde el 17% de la población americana es hispana y de ésta el 64% es mexicana y que afirman que su hogar está en los Estados Unidos pero su corazón está en México y que a diferencia de migrantes de India o de China, que también son muchísimos, los mexicanos en Estados Unidos tienen su cultura muy cerca justo al otro lado de la frontera, y considerando que cada vez más mexicanos tienen derecho a votar en Estados Unidos, los líderes y políticos americanos tendrán que poner esto sobre la balanza a la hora de evaluar la situación del futuro con México, no solo en el aspecto económico y migratorio, sino en todos los aspectos de la actividad humana.

En México, la decisión y condiciones de un nuevo acuerdo comercial que sustituya al TLC, le tocará a la o al nuevo presidente de México en 2018. Dada las consecuencias de simplemente erradicar el TLC y lo complejo y difícil que es crear y negociar un nuevo acuerdo, eso es algo que no veremos en el 2017 y que apenas empezará a tomar forma a mediados de 2018, así que, los candidatos a la presidencia de México, tendrán que tener muy claro lo que propondrán en sus campañas, no solo para darle gusto a los mexicanos y obtener el voto, sino para mandar un mensaje sólido a Washington de cómo manejarán las relaciones oficiales entre ambos países una vez que sean electos. Tristemente, como en México la presidencia no se gana con argumentos inteligentes ni planes económicos reales, no esperemos ver propuestas de campaña que incluyan planes factibles sobre las relaciones México-Estados Unidos, al contrario, los candidatos a la presidencia apelarán al pseudo-patriotismo mexicano pintando a Trump como el enemigo en común a combatir y eso, no será una muy buena táctica ante la volatilidad del presiente estadounidense.

Desde que Donald Trump tomó posesión de la Casa Blanca, México ha iniciado algunas tácticas de negociación ante la postura radical de Estados Unidos. La semana pasada, Juan Carlos Baker, Subsecretario de Comercio Exterior de México, en una reunión con la Organización Mundial del Comercio en la que se revisó la política de comercio exterior de México, afirmó que nuestro país está dispuesto a eliminar ciertas tarifas y aranceles comerciales para los agricultores de Brasil y Argentina, siempre y cuando, estos dos países permitan mayor acceso a las exportaciones automotrices de México. Si México reduce o elimina aranceles en el maíz con Brasil y Argentina, los exportadores de maíz de Estados Unidos estarían en desventaja y perderían gran parte del mercado dominado por los gringos, literalmente al igual que la gasolina, las importaciones de maíz a México vienen exclusivamente de Estados Unidos. Por otro lado, esto crearía un aumento en la inflación mexicana que el gobierno de Peña Nieto está tan orgulloso de “mantenerla al margen”. También la semana pasada, México abrió el mercado del arroz con Brasil, cosa que a los gringos no les pareció. El maíz y el pollo serían los dos primeros productos que los mexicanos abriríamos con Brasil y Argentina. El maíz tiene aranceles muy bajos alrededor del 5%, en contraste, el pollo tiene un 75% en importaciones.

En la búsqueda de crear una ventaja estratégica de negociación con Estados Unidos, para nuestros brillantes negociadores mexicanos, es mucho más fácil decir que hacer a la hora de abrirse plaza en el mercado automotriz brasileño o argentino pues estos países tienen aranceles muy altos para proteger su manufactura automotriz interna. México ha insistido en expandir sus exportaciones a Brasil, pero no ha tenido éxito, en gran parte por la recesión en la que ha estado Brasil. De llegar a un acuerdo factible entre México y Brasil, Estados Unidos con la mano en la cintura puede echar ese acuerdo por tierra al presionar a Brasil con limitar sus exportaciones a EE.UU., aun así, los mexicanos no desisten y continuarán con las pláticas “negociadoras” con Brasil y Argentina a finales de este mes y en junio en la espera de poder crear la suficiente ventaja estratégica que les permita poder tener una buena mano ante Estados Unidos, lo que nuestros negociadores mexicanos siguen sin captar es que el “leverage” que necesitan para negociar con Estados Unidos, está todo aquí en casa sin necesidad de negociar con otros países ni buscar competir contra el Mercosur.

El Tratado de Libre Comercio de Norteamérica necesita reformarse, urge reformarlo, y en vez de dedicar tiempo y esfuerzo para resistirse, los políticos mexicanos deberían de estar planeando una agenda mexicana que sea sólida y que nos permita poner las cartas sobre la mesa con Estados Unidos y hablar de las realidades más que de las ficciones o los anhelos y ser nosotros quienes busquemos la eliminación del TLC para dar paso a una nueva versión y, por primera vez, que no sean los gringos los que dicten las reglas. Al final, el que Donald Trump sea el primer presidente que no sigue la agenda de antaño que EE.UU. tiene para México, es una gran ventaja y oportunidad para que nuestros líderes mexicanos retomen el poder que México tuvo antes de que Santa Anna se acostara a dormir la siesta en Texas.

Julio Madrid
http://juliomadrid.com.mx/

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