UNA VOZ DE LLUVIA

A Miriam Palma

Bichita va de regreso a casa, es tarde y aunque llueve, decide ir y comer las simples y ridículas alitas que están de promoción. Mientras ella viaja en el camión, las personas a su alrededor tiene el aspecto de almas pesadas, cuyas existencias parecen carecer de sentido; almas vacías que viven la vida sin interés o quizá con intereses tan mezquinos como vulgares.

Bichita mira la ventana y recuerda que su bicho está en casa, en ciudad de México, y le parece que no sólo está lejos, sino que la idea de casarse parece lejana, como son las cosas de los adultos cuando se es niño. Pero ella respira profundo y se dice: me casaré el siguiente año, me casaré con mi bicho amado y no habrá poder humano sobre la tierra que nos arrebate ese sueño salvo y, esto lo dice con cierta nostalgia y, por qué no, con mofa, el arrebatamiento. ¿Se imaginan, una llegada espectacular de Jesús Superstar? ¿Y si nos fuéramos el día de boda? — se pregunta Bichita — sería una tragedia. Luego se ríe, y concluye: quizá más bien una enorme bendición.

Después de algunas cavilaciones, Bichita vuelve en sí, tiene que bajar del bus y caminar el mismo trayecto que ha hecho desde que tiene memoria. Bajar y caminar esos minutos hacia el interior de su condominio. Esta vez, mientras camina, la voz de Julio se filtra en el viento, al principio apenas es un sonido pagado, casi fantasmal, pero ella presta atención. Es él — se dice para sí — no tengo duda. Es la voz de Julio guardada en alguna parte de esta unidad departamental. La voz no dice nada coherente, a veces parece que tararea una canción, otras parece imitar un acento extranjero como usualmente lo hace Julio.

A continuación, Bichita se detiene un momento y dice en voz baja: te amo Julio, lo dice con una seguridad que le asusta, una seguridad que parece tener el peso de un yunque sobre una mesa de cristal. Dice: te amo Julio Sarabia, y conforme aquellas palabras salen de su boca, siente como su voz rompe el mortuorio silencio en aquella unidad, aquella voz, además, se suspende por encima del cielo de Toluca para, finalmente, viajar a la velocidad del sonido o de la luz, hasta donde se encuentre Julio. Una voz de trueno potente, como la de Zeus; no, más bien como la voz de Dios saliendo de una nube.

La voz de una mujer enamorada.

La voz de Bichita inunda toda la unidad, se mete en los rincones de las casas, hasta llegar a la suya, se filtra por debajo de la puerta, luego recorre el comedor, sube por las escaleras, llega hasta su recámara. Un recorrido en forma de luz hasta perderse en las ventanas. Una voz así, a esta hora, parece un milagro divino. La gente de rincón de San Lorenzo sale de sus casas, aquella voz los ha sacudido de sobremanera, los levanta de su letargo. Los vecinos musitan: ¿es un ángel?, ¿será el día del juicio? Pero se trata de la voz de Bichita, suspendiéndose por todos lados, Dios le ha permitido que tenga ese poder y sacuda Toluca. Al final, su voz se convierte en vapor y luego en una tibia lluvia que lava las penas y las nostalgias, los autos, las calles, los andamios, tejados, patios y avenidas. Y al fin, aquella voz llega al patio de Julio, una voz en forma de gotitas de agua riega los rosales y el mandarino del jardín de Julio y lo moja, es la primera vez que una lluvia sacude su cuerpo, lo invade y estremece. Una voz de lluvia que lo moja todo. Un amor, quizá, es una vapor de lluvia, una cita, una mirada, un voz derramada en los rosales y árboles de ciudad de México. Es, también, estas líneas.

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