Agonía de una asocial

(Basado en una historia real)

El estado de agonía suele darse durante eventos sociales de cualquier índole. El primer síntoma es una pequeña sensación de incomodidad, a la que las inseguridades echan leña y transforman en un incendio incontrolable de pensamientos negativos, muchas veces sin fundamento, sobre cómo se es percibido por aquellas masas parlantes heterogéneas, aliens conectados por un leguaje corporal común con el que se entra en arritmia.

En el peor de los casos, la asfixia es inminente. Por ello, es necesario recurrir a un aislamiento forzado, que consiste en dirigirse a un rincón en el cual la persona pueda alejarse de esa influencia enferma que traga todo como un agujero negro. Ese espacio vacío, desapercibido y abarcable, constituye un repelente a la angustia que causa el no ser, o no poder ser, parte de la conversación y por ende, cumplir una de las principales funciones sociales de la especie humana: La integración a un grupo.

En condiciones ideales, mientras más gente en el evento social, menor la sensación de agonía y más fácil el encontrar el espacio para respirar libertad. Pero mi amiga, acá presente, se encontraba en una situación desfavorable. No habían más que tres personas en la habitación.

¿Cómo desaparecer de manera desapercibida, cuando sólo hay tres entes? No es tan simple como decir que se esta cansado, o fingir una risa e ir alejándose lentamente. Incluso, aunque las dos personas no se fijaran en ella, y esta fuera no más que una mancha ubicada al final del espectro visible, cualquier movimiento fuera de lo común llamaría la atención de los interlocutores acarreando graves consecuencias. Y entonces se entra en el dilema: Irse sin importar lo que el atropello a su dignidad significa; rendirse a no ser parte de esa micro conversación y aceptar el hecho de que no se es relevante en ese espacio, o buscar encajar tratando de comentar algo que pudiera marcar una entrada. Sin embargo, esa segunda opción deja espacio a un fracaso mayor: la mofa y absoluto rechazo por parte de los interlocutores…

Mejor irse despacito y actuar de forma natural. ¿pero a dónde? La sala, casi vacía, no parecía ofrecer más escondite que una biblioteca pequeña, la cual ya había ojeado por largo rato para evitar tener que entrar en contacto social directo. Sería muy raro volver a ese punto. ¿Y el baño? Había usado esa excusa incluso antes y después que la biblioteca. Por no decir que había sido el causante de su fracaso social.

Aunque nada la ataba a ese evento, pues sólo conocía a uno de los dos entes, con el simple hecho de estar ya estaba crucificada. Como suele pasar en toda reunión social (Si es que a esta se le puede llamar de tal forma) la focalización se había dado en grupos pequeños, y en el caso de tres, el menor número era dos personas.

Como ella no podía seguir usando la excusa de la ventana y el paisaje nocturno para siempre. Debía encontrar una salida. Entonces, en un arrebato de valentía, decidió simplemente abrirse, cómo si nada. Al final, estaba harta de forzarse a ser algo que no era.

Luchando contra sus bestias internas, obligó a su pierna derecha a caminar fuera del campo magnético de la conversación, lo más difícil fue ignorar la mirada fugaz de los otros dos entes y controlar los pensamientos asesinos que estos pudieran tener sobre su acto. El segundo paso fue mucho más fácil, no era más que una copia mecánica del primero, una vez evadida la amenaza imaginaria, la libertad estaba cerca.

Caminó hasta el pasillo a paso lento mientras se daba cuenta de su fatal error. No había más que la puerta de la entrada al fondo y el baño a mano izquierda, el cual ya había sido vetado. No tenía mucho tiempo para pensar así que siguió sus pies ciegamente, y en un acto mecánico, abrió la puerta frontal, salió al pasillo del edificio y llenó sus pulmones de libertad al tiempo que clausuraba un bochornoso evento con el sonido tenue de la puerta. Estaba orgullosa de su anárquica hazaña. Lo único que quedaba era bajar las escaleras hasta el primer piso y salir del edificio… que no tenía portero… lo que implicaba que su puerta frontal requería el uso de las llaves de alguno de los dueños de los apartamentos…

Estaba jodida.

Bien podía esperar a que alguien saliera. Pero la hora no le ayudaba. Las tres de la mañana es una hora muerta para un edificio residencial donde pululan las familias y nadie conoce a nadie. En definitiva. Su cárcel mental se había transformado en un corredor sin salida.

Le tomó un par de minutos transformar su impulso de llorar en una risa nerviosa. Aspiró hondo y, tragando toda la contaminación de la inevitable vergüenza, tocó el timbre.

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