En el punto intermedio del silencio y la nota, abriste tus ojos y con ello, mi mundo enmudeció en un canto de ritmo, alegoría, euforia y paz. Confesó gozoso que se rendía sin fin.

Y cuando me pensé rendido, abriste tu boca y con ello me colé, con cada sonido, al territorio de tus palabras y tus sentidos. De tus triunfos y tus miedos. De tus anhelos y tus declives. Entonces entendí que no había conocido lo que rendirse significaba. Que tu río desembocaba en el mío. Que el océano de mi humanidad tenía una sola corriente, a pesar de que aparentemente presentaba todas y ninguna. La corriente siempre tuvo una dirección, velada y amorosamente secreta: tú. Y rendirse tomó cuatro o veintitrés niveles más profundos. De donde hoy no sabría salir, si no fuera porque sé que no tengo que salir. “Espera en el plan y serás bendito en la paz”. Mientras, pasa el mundo, y cada día el absurdo queda de manifiesto en cada arista, en cada sonido. Buscamos la salida, el despertar. El todo cotidiano existe cada segundo menos en mi mente. Y te bendigo porque tú no eres de este mundo, no eres proyección del sueño. Viniste tan solo. Tú eres mi proof of heaven, azúcar que me vuelca a la realidad última, a la realidad sin mundo y sin cuerpo.

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