Y nací sin reposo. En medio de la disputa por la paternidad entre un héroe mezquino que no le quedaba más que un gesto que le salvara de la vergüenza que sentía por sí mismo y un truhán usa-mujeres, sin mayor anhelo que su burla. La madre inconsolable: su vida estaba, por segunda vez, derruida, enjuiciada hasta el final de todas las sílabas que conocía el alfabeto castellano. Sin poder señalar con claridad al semental del nene.

Mi nacimiento. Un llanto, un reproche, un manojo casi seco de yerbas silvestres. Cangrejo emocional.

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