Einstein, el de los zapatos prestados

Jorge Zendroni
Jan 18, 2017 · 4 min read
Albert y Elsa, 1931.

Estimado Eduard:

Te escribo la presente desde la cubierta del barco Esperanza. Ha sido un día un tanto agitado, pero me ha permitido olvidarme un rato de las tribulaciones respecto a los ataques que el grupo “Cien científicos contra Einstein” ha estado realizando contra mis ideas, y es que el principal problema no son esas ideas sino la procedencia; es decir, de un migrante judío como lo es tu padre. Pero como siempre he dicho: “si yo estuviera en un error con uno bastaría”.

Pero bueno; mi intención es contarte lo que me pasó este día. Tú sabes que me gusta contarte estas anécdotas porque es importante que entiendas que la condición humana debe ser el disfrute de su vida, pero me refiero a la condición humana en particular; es decir, de uno mismo.

Hoy, como te he comentado líneas arriba, abordamos el Esperanza rumbo a una reunión a la que fui convocado para recibir algo parecido a un premio. En el trayecto, mi amigo Friedich nos hizo favor de llevarnos al puerto con su bello auto descapotado y que tanto me gusta, y recorrimos una hermosa carretera llena de árboles demasiado grandes como para describirlos en un solo adjetivo. Tuvimos la grata sorpresa de perder un neumático debido a una pinchadura realizada por un pedazo de metal dejado al azar en la carretera, y eso me permitió acercarme a tan majestuosos árboles mientras el pobre Friedich y Elsa se angustiaban y se preocupaban tanto por llegar al barco.

En mi recorrido por el bosque me encontré, como es lógico, con varios hermosos ejemplares de lepidópteros. Me llamó terriblemente la atención una cuyas alas desplegaban una serie de círculos amplios en las orillas, cuyas circunferencias se reducían conforme avanzaba la serie para terminar en el cuerpo con una mancha que más parecía estar viendo una piel de tigre de la India, también llamado Tigre de Bengala. La seguí con bastante desesperación y tropiezo porque, a decir verdad, quería tener la oportunidad de atraparla para mi colección particular. Sé que no te agrada mucho la idea de quitar la vida a tan bello espécimen, pero me es imposible controlar esa fascinación que tengo por la colección de lepidópteros, y es que la susodicha no hacía más que revolotear de aquí para allá. Por fin se detuvo en una rama: calculé la altura y mis fuerzas, me animé a trepar el árbol, dejé a un lado el saco, me arremangué y con sigilo subí hasta la rama, me acerqué lo más que pude, comencé a analizarla mejor y en ese ensimismamiento al estudio que tanto ha ridiculizado la prensa con fotos y dibujos, caí en cuenta de que el espécimen no era otro que una Parthenos sylvia, una verdadera rareza por estas latitudes y algo que verdaderamente no tenía que dejar pasar para la colección. Desafortunadamente había dejado en el suelo mi saco, que bien me serviría de muselina. Pensé en bajar, pero presentía que la Parthenos no me concedería la gracia de esperarme, así que a mano desnuda traté de alcanzarla, pero el equilibrio y la famosa ley de la gravedad estipulada por ese gran científico de Newton no me ayudaron en absolutamente nada. Fui a dar directamente 2 metros abajo sobre un gran charco de agua mezclado con tierra negra.

Al principio no podía ver ni mi nariz y lo único que alcanzaba a hacer era escupir esa mezcla de lodo lo mejor que podía. Cuando me repuse del susto, no hice más que comenzar a reír, me incorporé no sin dar otro mal paso y regresar al charco de lodo, de modo tal que quedé sentado aumentando mi risa. Escuché a lo lejos que Friedich y Elsa con sórdidos gritos intentaban encontrarme, decidí por fin quitarme los zapatos y calcetines para que me permitieran levantarme, me coloqué el saco al hombro y me fui de lo más feliz en busca de mis acompañantes.

Elsa y Friedich no terminaban en su intento por convencerme de que lo que hice fue una gran tontería, cosa de chicos. Lo que más preocupaba a Elsa era mi ropa, ya que días antes ya habíamos enviado el embalaje y seguramente ya se encontraban en nuestros camarotes, pero no hubo problema en explicar al capitán del barco que en realidad este hombre con el rostro semicubierto de lo que ya para esas horas se llamaba barro no era otro que el mismo “gran científico Albert Einstein”, en palabras de Elsa y Friedich.

Lo primero que hice a bordo fue lavarme la cara y pedir prestado un traje del servicio de meseros del restaurante a bordo que rápidamente me acomodé. Como tú sabes, estimado hijo Eduard, a mí no me gusta cargar más que un par de zapatos, así que acondicioné unos zapatos de Elsa cuyos tacones tiré a la borda, y todo esto para enviarte como había prometido una foto de nosotros.

Te extraño y te quiero.

Atte.

Tu papá Albert.

Compartir:

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade