Hace un tiempo, antes de conocerte, creí que estaba muerto, porque me encerraba media hora en el baño y me forzaba a llorar. No sentía nada, mis lágrimas eran de llanto artificial.
Tu llegada me devolvió la humanidad e inundó mi existencia de un sentimiento que sé que jamás podría ser pasajero. Tu partida me demostré que he vuelto a ser humano: ocupé el mismo espacio en el baño y esta vez lloré con ganas. Por ti, por mí, porque no pudimos ser, porque me duele, porque lo siento y porque habitas en mi mente cada vez que creo dormirme.
Mis lágrimas dejaron de ser obligadas y el agua comenzó a brotar de mis ojos como si quisiera sacarme el dolor de adentro. Pestañeé y se inundó mi casa con la oleada salada que llegó a mis mejillas; si de casualidad llega el agua hasta tus pies, por favor perdona mi llanto, yo sé que tu intención nunca fue hacerme daño.
No me explico estas ganas incontenibles de secarme por dentro, has movido todas las piezas bien y no hay razón para que hoy aflojen mis lágrimas, pero aquí estoy.
