Apuntes coronavíricos (I)

Guillermo Zapata
Mar 15 · 8 min read

“Infectólogos liberales que explican que las pandemias no existen, que son todos pacientes individuales que se enferman como consecuencia de sus decisiones particulares”
Andrés Diplotti.

Distoutopía

Ayer leí una noticia que decía que habría drones en Madrid llamando a la gente a quedarse en casa. Calles vacías, drones llamando a la población a estar en casa, estado de alarma, todo el poder centralizado en un estado con dominio absoluto sobre la vida.

¿Es ésto una distopia?

A las 22h de la noche se abren las ventanas de millones de casas por todo el país. La gente sale y aplaude. Da las gracias a voces y se anima. Una comunidad abierta, unida y volcada en sus servicios públicos de salud y en cuidarse.

¿Es ésto una utopía?

Supongo que la condición de la catástrofe es producir varios mundos al mismo tiempo. Por tanto, dibujar dos futuros al mismo tiempo. Como si te vieras de pronto en el puente de mando de una nave espacial que viaja por un universo múltiple.

La diferencia es que no hay un momento concreto en el que decides ir por un universo o por el otro, sino que, como dos fuerzas gravitatorias, tiran ambos de la nave.

Por tanto, una buena pregunta para hacernos es… ¿De las dos imágenes, hacia dónde vamos a empujar y a qué universo están mirando quienes tienen poder para pilotar la nave?

Ahora empieza el post-78

El régimen político que nos ha sostenido durante treinta años entró en barrena el 11 de mayo de 2011 y ha vivido en el interior de una especie de estado de alarma comatosa (del que la imagen perfecta sería Mariano Rajoy corriendo en una cinta de hacer deporte que se mueve, pero no va a ningún sitio). Ese estado de impasse conocido como “el bloqueo” duró hasta la formación del primer gobierno de coalición de la democracia española el pasado mes de noviembre.

El coronavirus es lo que da carta de realidad social, cultural y económica a ese escenario político. Es en el coronavius (y en el post) donde el mapa de fuerzas sociales y políticas que componen el país, se juegan la forma concreta de la vida a partir de ahora.

Se me ocurren muchos escenarios peores que este para vivir la situación que estamos viviendo. No lo digo como consuelo, sino con la certeza de mirar a lugares que ya han quedado atrás y se ven desde el espejo retrovisor. Eso no quiere decir muchísimo (no es una confianza en la forma en la que andaremos hacia delante) pero sí es reconocer que estamos en otro lugar. Al PRINCIPIO de algo. Y que las características de ese principio son las que están en juego.

Despiste autoritario

Por primera vez tengo la sensación de que la derecha autoritaria y racista se encuentra despistada. Hasta ahora, en su pelea por la hegemonía total del campo de la derecha había tenido la ventaja de poder definir los términos de nación basándose en amenazas y fantasmas fundamentalmente hipotéticos y en nada relacionados con las causas y consecuencias realmente existentes (el feminismo, la inmigración, etc.) Pero ya no estamos en ese escenario. El coronavirus no es un fantasma, sino algo concreto. No lo trajeron los migrantes en patera, ni los refugiados que estamos asesinando en Lesbos, no tiene un culpable en el repertorio de culpables que manejan. Por eso lo primero que hicieron a nivel planetario fue quitarle importancia.

El azar ha querido que el virus infecte a varios de los líderes más visibles de la extrema derecha convirtiéndoles de golpe, no en enfermos, sino en hombres comunes y corrientes. En ti o en mí. Por tanto, les ha quitado mucha de su “aura”. Y el aura es uno de los elementos clave para desarrollar socialmente el tipo de liderazgo político que toda extrema derecha requiere para su proyecto político.

La sensación es que la extrema derecha no puede gestionar ni su propio congreso, como para ponerse a los mandos del país. El video de Ortega Smith encadenando imágenes de una masculinidad totalmente inútil para luchar contra el problema real y concreto que tenemos, define bastante bien los límites de la propuesta.

La cuestión es que hoy por hoy nuestra posibilidad real de salida de la crisis pasa más bien por un trabajo de cuidado y salud que realizan fundamentalmente mujeres en la sanidad pública y mujeres migrantes en los casos de personas dependientes, que son a quienes más afecta la crisis.

Nuestra esperanza se llama Evelyn, vino de Ecuador o Colombia y cuida de nuestros abuelos y abuelas, se llama Marta y es una MIR que lleva treinta horas sin dormir doblando turnos.

Mas problemático aún es que se esté definiendo una “idea de país” (el gobierno lo está haciendo de manera clara y directa, pero los gestos de la gente también) una idea de nación fuerte, pero en claves distintas a las del autoritarismo. No sobre la seguridad, la autoridad y la frontera, sino en torno a la necesidad de cuidarnos y cooperar.

La máquina que gira.

De la noche a la mañana los grandes defensores de las privatizaciones, el liberalismo económico y el individualismo social y cultural se han encontrado con dos problemas. Uno, el sistema público de salud es más necesario que nunca y otro, mucho más grave: somos interdependientes.

Sólo en común y con estructuras de supervivencia colectiva podremos salir de ésta.

Pero tampoco les ha costado muchísimo lanzar mensajes de lo más intervencionistas y el motivo es sencillo. En realidad, nuestros liberales son básicamente parasitarios del estado y lo que han dejado al descubierto es que “la máquina estado” dispone de una flexibilidad importante para hacer llegar la riqueza que producimos socialmente hacia pocas manos privadas.

Lo que se abre ahora es precisamente la acuciante necesidad de que la máquina gire. Y partimos de dos ventajas. Son muy leves, pero pueden ser claves.

La primera es el recuerdo de la crisis de 2008. No es algo menor, diría que al contrario. Al principio de la crisis del coronavirus leí varios artículos explicando que la reacción en China estaba muy vinculada al “trauma del SARS”. Básicamente, las élites políticas Chinas consideraban que no podrían seguir auto-reproduciéndose si no gestionaban esta crisis de una manera intensa y absolutamente eficiente. Algo parecido le pasa a la socialdemocracia española. Su supervivencia está totalmente ligada al tipo de máquina que pongan en marcha. Sin el fantasma de la crisis, pero sobre todo, sin el fantasma de la revuelta social que defendió nuestras vidas durante 10 años, no habría esa preocupación (De hecho, tampoco habría este gobierno)

Fruto de ese proceso tenemos también la segunda cuestión, que es la propia composición del gobierno, con Unidas Podemos dentro en una función que podríamos denominar de sindical.

Que haya negociaciones y debates en el interior del consejo de ministro es la mejor noticia que podríamos imaginar, porque si no, habría normalidad del estado liberal. La pelea entre keynesianos y liberales en el seno del gobierno va a definir la forma en la que se aborda todo lo que viene después de esta crisis sanitaria, que no va a ser poco, ni fácil.

Fragilidad absoluta.

Me ha gustado una frase de un compañero de “Contra el Diluvio” en twitter, diciendo que el coronavirus es el “muro de Berlín” del neoliberalismo austeritario. Me parece una definición perfecta, porque es muy evidente que los elementos que nos han puesto en peligro y que están afectando estructuralmente a nuestra economía son precisamente los que de manera más intensa representaban al neoliberalismo.

El turismo globalizado, la dependencia brutal del transporte de mercancias, el abandono total de la noción “local” para el desarrollo cotidiano, convertido todo en abstracciones contables a nivel planetario. La bolsa, derrumbada a golpe de pánico mediático. La bolsa, por entendernos, nos dejó solos porque no puede hacer otra cosa más que correr, competir y asustarse. Es “ese tipo de animal”.

Pero todo esto también nos habla de la fragilidad del momento presente. Todo podría girar muy facilmente en una dirección u otra, apenas un par de cambios azarosos en la forma en la que los acontecimientos se han ido desarrollando nos habría dado un escenario profundamenta distinto, algo que puede suceder todavía. Salir a las ventanas a darnos ánimo es mucho más, mucho mucho más, que un gesto de Mr Wonderful” para pasar la crisis, es el punto de partida de lo que vamos a necesitar. La socialdemocracia tiene miedo de 2008 por el enorme ciclo de luchas sociales y apuestas políticas de los últimos 10 años. No sucede así en todo el planeta ni mucho menos. Toca pelear de nuevo.

El coronavirus es cambio climático a hípervelocidad.

La crisis que estamos pasando es una especie de presente embotellado, somos Kandor, la capital de Kripton en Superman, metida en una botella.

No tengo idea de si hay una relación entre el coronavirus el cambio climático en términos de causa, lo que sí se, es que los efectos de los dos fenómenos son iguales, pero a velocidades distintas. El cambio climático nos mata igual (o más) afecta de manera grave a nuestras economías, produce desplazamientos forzosos, fenómenos catastróficos (huracanes, incendios) que devastan poblaciones enteras, etc. La diferencia es que lo hace sin que sea tan fácil identificar la unión entre aquella tormenta, este calor y aquella desertificación, y con un proceso lento, muy lento.

Son dos fenómenos tan parecidos que estos días estamos viviendo a hipervelocidad, el tipo de mundo al que vamos (o una forma particularmente intensa del que ya vivimos) pero también el tipo de herramientas, derechos, formas de vivir, etc. Que necesitamos.

Para luchar contra el cambio climático tenemos que trabajar menos horas, tenemos que usar menos nuestros vehículos, tenemos que reforzar todas las estructurales institucionales, sociales y económicas de cercanía, necesitamos un estado con capacidad para orientar la ayuda y trabajar en escenarios cada vez más probables de catástrofes puntuales.

Necesitamos una ética de la comunidad y lo cercano para no dejar de lado a quienes son más vulnerables y necesitamos mantener nuestra capacidad de reproducir la vida cuando lo normal son las emergencias.

Los momentos de empleo y desempleo se interrumpen más, la vida sin embargo no se detiene. La cuestión de la renta, de que haya disposición de renta para la gente, es absolutamente crucial, porque es la gente la que pone en circulación la economía (y dicha economía debe funcionar en una clave de reproducción de la sociedad)

Debemos pensar que no vivimos una excepción (algo que viene y se va) sino una condensación. Lo que ya está, pero más cerca, más fuerte y más rápido. Cuando frene, no se habrá ido, simplemente estará funcionando igual, pero más despacio.

Por eso, si somos capaces de sostener la vida que estamos descubriendo que hace posible el encierro en casa (La generosidad, la empatía, la cooperación, el cuidado de lo cercano. Quién te llama y te pregunta, etc.) y podemos superar los límites que dificultan el encierro (La discontinuidad de empleo y derechos, las hipotecas, los alquileres, los recortes sanitarios…) Podremos sostener el mundo.

Lo que se abre estos días puede ser, si somos capaces colectivamente, una forma de abrir un ciclo de construcción social. Es una posibilidad. La mejor, diría yo.

Todas las alternativas son posibles. También peores, y en momento de fragilidad, todo es posible. Lo mejor y lo peor.

Cuídense.

Seguimos.

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Escribo guiones, novelas, artículos, etc. Leo compulsivamente. Fui concejal por Ahora Madrid y me gustó.

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