Llorar a Juan Gabriel y ser homofóbico

Fotografía: http://www.eluniversal.com.co

Rey en un país de homofóbicos. Así de cabrón estaba”. Esa ha sido una de las frases que ha marcado el deceso de Juan Gabriel. Por cierto, ya que hablamos de plagios: fue inútil tratar de averiguar quién fue el primero en twittear esa frase (quedará en el patrimonio anónimo). Y es verdad: la figura de Juan Gabriel contrasta con el país que lo vio nacer. Sin embargo, no es del todo incomprensible que personas que se oponen al matrimonio homosexual lo admiren.

Sí, la admiración a Juan Gabriel es un oasis en nuestro panorama de homofobia. Pero no nos engañemos: no dejamos de estar en un desierto. Es más, el oasis por definición implica un desierto que lo rodea. Realmente no es extraño que Juan Gabriel haya sido adorado por millones, no sólo en México, sino en una región tan machista como América Latina.

Para bien o para mal, el debate acerca de la diversidad sexual no oscila entre blanco y negro. Los rangos van desde quien asegura que la homosexualidad provocará que nos suceda lo que a Sodoma y Gomorra –recordemos que el ex alcalde de Mérida, Renán Barrera Concha, dijo eso en el Congreso de Yucatán cuando era diputado local-, pasando por quienes están a favor de las uniones pero “que no se llamen matrimonio”, hasta quienes exigimos que se reconozca el cambio legal de sexo a las personas transexuales, por mencionar algunos de los muchos matices. Tratamos muchos temas de debate de forma unitaria. Eso afecta la manera en la que entendemos la “tolerancia” o, como yo preferiría verlo, la comprensión y la convivencia.

Juan Gabriel era una confrontación al “macho”. Pero para muchos siempre fue el “gay que cantaba”. Así como para muchos hay “gays que bailan” y “gays que actúan”. Y el problema no son esas afirmaciones, sino la lógica que esconden. No tienen como base una aceptación a la diversidad o una deconstrucción del significado de la familia, de la sexualidad y del amor. Mucha gente acepta con límites a los homosexuales como un sector que cumplen una función folclórica y útil, pero hasta ahí. “Que no pidan derechos”. “Que no pidan que los vean como algo normal”. “Que no pidan que todos reflexionemos para construir nuevas feminidades y masculinidades”. “Que no sean nuestros hijos”.

Y no: eso no es culpa de Juan Gabriel. A él lo único que podría reprocharle es hacer la canción de campaña de Francisco Labastida (es decir, de la dictadura priísta) en el 2000. Desde su trinchera, me parece que hizo una oposición sutil, pero sincera y efectiva en favor de la diversidad sexual. El problema está en la lógica de muchas personas que lo escuchaban. Aquellos que lo veían como el “putito que admiro por cantar y bailar bonito”.

El discurso no es muy distinto al que persiste en lugares como Yucatán, en donde los indígenas mayas son apreciados y respetados cuando cumplen roles de cocineros de comida tradicional o guías turísticos. “Pero cuidadito pidan derechos o quieran dedicarse a otra cosa”. Porque se les aprecia cuando se mantienen ahí, en eso que los “normales” ven funcional y conveniente.

Aclaro que mis comentarios no se dirigen a considerar unos oficios o trabajos más o menos dignos que otros. Lo que es indigno es el discurso de la falsa aceptación y el falso respeto. Para muchos Juan Gabriel era el ídolo de Juárez, ahí, en el escenario, a la distancia, haciendo el espectáculo nada más. Pero “qué vergüenza que tu hijo sea Juan Gabriel o salga con él”. Por eso no extraña que en México y el subcontinente latinoamericano, homofóbicos por excelencia, el autor de “Te lo pido por favor” sea una leyenda.

“Yo no soy homofóbico, conozco homosexuales y son mis amigos y no tengo problemas, pero el matrimonio es entre un hombre y una mujer”. Si nos damos cuenta, esa lógica no es muy distinta a pasarse un sábado a las tres de la mañana cantando “Querida” a todo pulmón, pero viendo a Juan Gabriel como “el putito amado”. Eso no significa un cambio de conciencia. Representa una nueva forma en que la intolerancia se manifiesta, de manera sutil, casi friendly, casi compasiva. Pero el resultado es el mismo.

Y en honor al honorable, debo insistir: no es culpa de Juan Gabriel. En lo que le tocaba por la diversidad sexual, dijo lo que tenía que decir sin tocar el tema. En gran medida esa fue una de sus grandezas. Nos toca subir el nivel de discusión. El objetivo es que vivamos en un país y una región donde la sexualidad de Juan Gabriel sea un dato más como la condición de ambidiestro de Gustavo Cerati, la anisocoria de David Bowie o el hecho de que Brian May es astrónomo y que Bruce Dickinson es profesional en esgrima. Es decir, un dato que nos da contexto del ser humano detrás del artista, pero que en la vida cotidiana nos es irrelevante. Porque nos importa más el ser humano delante de ese dato curioso.

Por eso no es extraño que muchos de los que marcharán “en defensa de la familia” en ciudades como Mérida este 10 de septiembre quizá también se hayan lamentado por la muerte de Juan Gabriel. El símbolo del divo de Juárez es una plataforma. Y se le agradece. Pero no es una meta.

Si queremos honrarlo, hay que confrontar la admiración que genera: ¿Y si Juan Gabriel nunca hubiese llegado a ser leyenda? ¿Y si hubiese sido el cantante desconocido que ocupaba el turno de los miércoles en un bar de cualquier ciudad? ¿Y si fuese un vecino común y corriente? ¿Lo hubieran respetado igual? ¿Es que acaso las minorías sexuales necesitan vender millones de discos para ser consideradas valiosas como seres humanos? Como diría un gran filósofo mexicano: ahí está el detalle.