Redención en Berlín

Ha habido mucha charla sobre David Bowie en los últimos días. Primero fue su cumpleaños número 70 que estuvo acompañado del lanzamiento de un EP titulado No Plan, este incluye temas que por diversas razones no hicieron parte de Blackstar, obra con la que Bowie le diría adiós a este mundo; un par de días después se conmemoró el primer aniversario de su inesperada muerte, y no siendo suficiente aquí estoy escribiendo sobre él. Sin embargo, he aquí una confesión, hasta hace exactamente un año, David Bowie era en mi opinión un artista sobrevalorado y excesivamente excéntrico. No obstante, ese pensamiento ha cambiado, ahora lo considero uno de los artistas más polifacéticos y versátiles de todos los tiempos. Desafortunadamente, fue necesario de un evento trágico para que yo fuera capaz de explorar su discografía y descubrir sus obras maestras.

Viajemos atrás en el tiempo. 8 de enero del 2016, Blackstar sale al mercado y las reseñas son razonablemente positivas, un álbum que mezclaba elementos de Art rock, psicodelia y un jazz sutil pero efectivo. Al día siguiente todo explota, David Bowie ha perdido la batalla contra el cáncer, y de repente, Blackstar se convierte en una obra maestra. Inicialmente pensé que los elogios no solo en torno al álbum sino también respecto a Bowie como artista estaban plagados de melancolía y que esto estaba nublando el discernimiento de quienes enaltecian el nombre del artista. Decidí hacer lo que debí haber hecho desde el principio, escuchar la canción de despedida de David Bowie. Puedo decir algo con absoluta convicción:

Bowie es en estos momentos uno de mis artistas favoritos.

Y lo digo no impulsado por los sentimientos que su ausencia pueda causar, sino como resultado de escuchar su trabajo y explorar sus ideas creativas. Es realmente fácil apreciar a Bowie, los experimentos y personificaciones que al inicio de su carrera asumió son en sí mismos dignos de admiración; mucho puede decirse de Ziggy Stardust, Aladdin Sane y The Thin White Duke pero nada define a David Bowie tan exhaustivamente como la Trilogía de Berlín.

El año es 1976, abrumado por su adicción a la cocaína Bowie recluta a Iggy Pop, quien pasaba por una situación similar con la heroína, a Brian Eno, que buscaba aires nuevos después de alejarse de Roxy Music, y a su productor de confianza Tony Visconti; juntos parten hacia Berlín. En el camino empiezan a trabajar en un proyecto que daría vida al mítico set de discos en la discografía del artista: Low (1977), “Heroes” (1977) y Lodger (1979).

Nada más sonaba como esos álbumes. Nada más se acercaba. Si nunca hubiese hecho otro álbum, realmente no importaría ahora. Mi ser completo está dentro de esos tres. Son mi ADN.
 — David Bowie

Low comienza a forjarse mientras este grupo de creativos está en Francia, cuando finalmente se instalan en Berlín no solo el album de Bowie está listo, tambien el espectacular esfuerzo en solitario de Iggy Pop, The Idiot, ha sido terminado.

He decido hablar exclusivamente de Low, el primero del trío, no sólo porque es un trabajo fundamental en la carrera de Bowie, sino también porque en cierta medida lo es en mi vida personal.

“Low” (bajo) no recibe este título por casualidad, es un disco que llega en el que tal vez sea el punto más bajo en la vida personal del artista, este disco nos permite mirar a quien durante años se escondió bajo maquillaje extravagante y personajes ficticios. Low es Bowie de verdad, sin adornos y en búsqueda de redención. El disco abre con Speed of Life una pieza instrumental que establece el ambiente del álbum y deja al descubierto las influencias electrónicas de la escena musical alemana, bandas como Kraftwerk y Neu! suelen recibir crédito como inspiración del disco. No obstante, la influencia más grande del disco es la situación por la que pasa el artista. No es hasta el segundo tema que escuchamos la voz de Bowie, oscura, profunda y acompañada de un ritmo incitante que de alguna manera se las arregla para crear un ambiente reflexivo, un contraste perfecto. El álbum alcanza su cima con Sound and Vision, tema en el que Bowie deja escapar sus aflicciones:

Nada que hacer, nada que decir
Triste, triste…
Cantaré, esperando el regalo del sonido y la visión
A la deriva en mi soledad…

Esta es la voz de un hombre roto, cabizbajo, que se rehúsa a desprenderse de su sentido artístico y que con valentía lucha contra su adicción haciendo a un lado su fama, su status de rock star, todo lo que alguna vez lo definió, y hace un álbum lejos del confort, en una tierra extranjera que una vez más le permitiría ser libre.

Pero, ¿cuál es el impacto que ha tenido este álbum en mi vida?

Es vergonzoso admitirlo, pero yo era del pensamiento “si se basa en instrumentos electrónicos o efectos para contar una historia, no es arte vale la pena apreciar” y este es el álbum que cambió esa idea me llevó a descubrir trabajos de Brian Eno, Bocanada de Gustavo Cerati (que seguramente en su momento tendrá su espacio en este blog), Radiohead, Joy Division, New Order, entre otros. Low con su ambiente acogedor me ayudó a alcanzar un punto en mi vida en el que encuentro confort en trabajos atmosféricos, eso no solo influye en la música que escucho sino también como actuó en diferentes situaciones de la vida, Low ha traído una sensación de tranquilidad a mi vida.

En 1977 en Berlín cayó un muro, no el que dividía a Alemania, sino el que no dejaba que contemplaramos a David Bowie en su máxima expresión artística.