19S

CASA

No volveré a leer, escribir, viajar, amar. No seré. No me moveré más. Pero es que ni siquiera puedo moverme ahora. Un pensamiento repetitivo el que ocupaba mi mente. Espero que Adolfo, mi hermano, sea valiente y cuide a mamá porque yo me voy a morir y, entonces, se repetirá lo de mi abuela. Qué injusto. Mi mamá también perderá a su propia hija. Lo de mi tía fue trágico y absurdo: se suicidó. A ella se le cayeron las emociones encima. A mí se me caerá todo esto encima. Qué dolor sentirá mi mamá. ¿Tendrá la misma mirada que sostuvo mi abuela durante los años de ausencia de su propia hija? Esos ojos que se quedaron en la vida sin vivir de Karen, mi tía. Y ahora yo, yo que ya no volveré a leer, a escribir, a viajar, a amar. A ser. A moverme. El 19 de septiembre a las 13.14 hrs me conjugaba en pasado. No tenía movilidad (esa, la que siempre he defendido ferozmente desde que tengo (uso de la) memoria: leer y moverme, escribir y moverme, viajar y moverme, amar y moverme, ser y moverme). Yo ya no. Leí, escribí, viajé, amé. Fui. Me moví. Pero, en ese preciso momento, yo no podía moverme.

Yo no podía poder.

Abrazarme a las paredes que son mis enemigas. 
Apartarme de ellas en cuanto puedo poder. 
(Poder) salir del departamento con Leo, mi gato.
“Estás temblando”, me dice alguien que también salió de nuestro (ex)edificio. Mi cuerpo no era el mío. Yo pensaba que estaba de una sola pieza y mis extremidades delataban lo contrario.
“Mamá, tengo mucho miedo”, le digo cuando logro comunicarme con ella. 
Yo siento que soy una (ex)mujer. 
Mi cuerpo no era el mío. Yo era esa niña abrazada a su mamá cuando mi padre no llegaba a dormir.
“En la Roma, calle Yucatán, se cayó un edificio”, me escribe mi hermano y adjunta una fotografía del desastre. 
Esa es mi calle. No fue real.
“Me preocupaste. Paso por ti en cuanto pueda. ¿Está muy mal el edificio?”, me mensajea Nizme, mi compañera de departamento. 
Horrible, se cayó un edificio a la vuelta. Fue real.
No puedo moverme.
“Él (su esposo) está en la delegación (Benito Juárez), ahí enfrente de él se cayeron varios edificios y están tratando de sacar a la gente”, nos informa una amiga en uno de los chats grupales. 
Pensar en Ana. Pensar en que ella tiene su consultorio sobre Gabriel Mancera. Pensar en que tal vez le pasó algo. ¿Y si está muerta? Acariciar a Leo y decirle en voz bajita que puede ser que la mujer con la que vivimos durante cuatro años no esté bien. Son los antecedentes de un ataque de pánico. Una (ex)mujer.
“Ana está bien, hija”, me confirma mi mamá.
Sigo temblando.
“Vénganse”, me dice María.
Puedo moverme.
“Ven ya. Tengo poquita señal. Karen, vente”, me textea Isabel.
Empezar a empezar. Empezar a caminar. Todo está detenido menos lo que es humano. Yo abandonando mis (ex)cosas. Yo abandonando mis ideas y mis historias.

(En el camino una mujer me pidió enviar un mensaje a alguno de sus familiares. Aún lo tengo en la bandeja de salida. “Ya voy para la casa, llego caminando en tres horas. Tere”).

Llegar a la Nápoles. Llegar a alguien. Llegar a algo. Llegar a alguien y a algo que conoces. Saber que estás acompañada. Que no estás sola. Llegar y ser abrazada. Sentirte querida y cuidada. Sentir intimidad inmediata.

ASA

“Acá en el Tec los puentes se cayeron”, nos había avisado Mariana. “Estoy en shock. ¿Viste el Tec?”, me escribe mi roomie. Ella y yo estudiamos en ese campus. Y nos quedamos sin casa. Nizme y yo no podemos dormir esa noche. ¿A dónde iremos? “En donde no se sientan los putos temblores”. Nos mensajeamos hasta casi las siete de la mañana. Pensamos en qué vamos a hacer. Pero ni siquiera podemos pensar. No puedo poder.

“No creo que puedas regresar a vivir a ese edificio”, me dice Marina. Regresar al edificio. Abrazarnos los tres: Nizme, su novio Axel y yo. Llegar (de nuevo) a alguien, a algo. Entrar a nuestra (ex)casa. Pensar — si es que podía pensar — en lo que me llevaría inmediatamente. Después repensar que yo no salvé a estas cosas, sino que ellas me salvaron a mí: mi primer Playmobil, mi primer cuento, dos libros que amo (un Robinson Crusoe infantil y la poesía completa de John Keats), (parte de) la colección de monedas de mi abuelo y que yo he ido ampliando desde que él no está, el retrato de mi abuela, su mascada (que olía a ella y ya no), una fotografía de mis abuelos bailando. Ella está cerrando los ojos y él mira hacia la cámara, sonriente. Ellos son personas. Ideas. Historias. Pero no. Solamente son cosas.

¿Me llevo la casa conmigo?

“Ya no podemos entrar”.

Victoria se llama la conductora de Uber y me pronostica un futuro brillante: “Tendrás más de lo que perdiste. Eres una mujer fuerte”.

Hablé por teléfono con mi mamá. Me solté a llorar como pocas veces lo he hecho. Ella me escuchaba. Supo qué decirme. Luego yo no supe qué más decir.

Entonces (descubrí que) estaba aferrada a ideas y a historias. Ideas de personas, ideas de cosas. Ideas por las que he hecho una realidad. Historias de esas personas, historias de esas cosas. Historias que me he contado a mi misma. Todo sea para justificar la existencia de esas cosas dentro de mi propia existencia.

Salir a ayudar. A ayudarnos. A ayudarme. No eres el centro del mundo, pero ese mundo era tu centro.

Fui a la lavandería que está a la vuelta de mi (ex)casa. Diez kilos de ropa. Unos sin lavar. Está mi sudadera favorita. Está mi camiseta de “The future is female”. “Espero que nos veamos de nuevo y que ésta no sea la última vez”, me dice la señora que atiende. No sé si decirle que no quiero volver a vivir en la colonia Roma. Tomé mi casa y me la llevé. Y es que sigo pensando en esas grietas. En esa metáfora tan malgastada de la luz que se asoma en medio de lo oscurísimo y de la quiero ser parte. Pero no en ese lugar. Pensar en irme de esta ciudad. Decirlo (mentirme, más bien). Lo descarto. Y no, yo no me iré de aquí, esta es mi ciudad, “la que no se rompe” como afirma Isabel. Repienso, entonces, en regresar a alguna de las colonias donde me sentía segura como la Del Valle, donde viví tanto con Ana. La misma que también es una idea, una historia. Una exmujer.

Fui a ver a mi mamá y a mi hermano. Mi mamá me abrazó fuerte y delicadamente a la vez. Fue un abrazo extraño. No me había abrazado así desde cuando yo estuve deprimida. De eso hace ya varios años. Me quiere decir que ella tiene tanto miedo como yo de que yo misma repita la idea y la historia de mi tía Karen.

Maricela, a quien conozco desde los cuatro años, me da una promesa, dice que ella siempre me acompañará. Lo sé. Andrea me da algunos de sus libros. Tengo una biblioteca incipiente. Erin me da pan francés y gatitos. Mi hermano me da su ropa. Mi tío Armando me da una laptop. Mis amistades me buscan, me llaman, me escriben. Intentan consolarme. Mis amistades pueden. Me dan sus espacios. Y no solamente eso. También me dan sus personas. Sus cosas. Sus ideas. Sus historias. Las personas queridas me dan. Reaprender a recibir.

Seguir caminando. Seguir con personas. Seguir sin cosas. Seguir sin ideas. Seguir con historias. Seguir sin. Seguir con.

SACA

Después, como escribió María, “siguieron las muestras típicas de lo malo y lo bueno en el mundo”. Las percepciones se afianzaron y distorsionaron también. Hay personas que regresaron a mi vida. Con sus ideas y con sus historias. Nos dimos la bienvenida, nuevamente. Personas y cosas se fueron, sus ideas perdieron vigencia y sus historias terminaron. Una amiga de mi compañera de departamento y mía, con la que tenemos casi quince años de (lo que creíamos era una buena) relación, ni siquiera se ha acercado a saludarnos. La mujer con la que estaba saliendo (que me encanta físicamente y admiro mucho profesionalmente) resultó ser sumamente egoísta al interpretar mi situación y se comportó muy agresiva conmigo. Mientras la observaba acomodar las piezas para resultar ganadora esa última vez que nos vimos, acepté mi pérdida y recordé una frase de Maya Angelou: “When someone shows you who they are believe them; the first time”. Que alguien no pueda compartir el dolor ajeno (ni en una medida mínima) es tan espeluznante como un terremoto. Pero de ese tipo de personas, de lo unilateral, de esa carencia de reciprocidad me puedo mover.

“No es cualquier cosa”, dice mi terapeuta. No sé qué hacer. Él me dice que escriba. Pienso en que me parece tan inútil pero también necesario. “Los que escribimos sólo podemos escribir”, insiste Aurelia. Y es cierto. No sé hacer algo más. Así que escribo.

Escribo que debo deshacerme de estas historias, de estas ideas. Una limpieza forzada. Esta higiene mental es urgente. Ver derrumbarse al imperio de las personas y las cosas. De las ideas y de las historias. Entrar a levantarme entre los escombros, recuperar mis pensamientos. Y darme cuenta de que yo era una mera súbdita. Tan sujeta y apegada. Eso es también aterrador como mis días posteriores. Un ir y venir. Nada sólido. Ni siquiera la cadena de pensamientos se ha reestructurado. No saber qué pensamientos guardar, dudar respecto a cuáles desechar. Entretanto, soy presa de olvidos y estoy distraída. No tengo un calendario marcado. Ya no hago listas. Perdí la agenda también. Son los pensamientos agrietados. Supongo que los reforzaré. “Eres lo que piensas”, te dices. “No eres lo que piensas”, también te dices.

Ayer, mientras platicaba con Aurelia, no podía recordar algo que conocía (o creía conocer) como la palma de mi mano. Sigo sin recordarlo. Es como si fuera un cimiento que ya no sostendrá a algo, a alguien. Porque no puedo. Pero no puedo no poder. Hay que demoler esto y pedir ayuda.

Pero lo que para mí es una casa (esa idea tan íntima, únicamente mía, de pertenecerme) sigue en pie. El resto son ideas e historias. Personas y cosas. Leo, escribo, viajo, amo, soy. Me muevo.

Apenas (el 17 de octubre) fue el aniversario luctuoso de mi tía Karen. 
Antier pude, apenas, responder. 
Antier pude poder.
Ayer pude poder también. 
Ayer María nos enseñó cómo diseccionar una flor. Eran alstroemerias de color naranja, mi favorito. María sabe tanto del reino vegetal y nació el 31 de octubre, el mismo día que John Keats. Yo imagino que él tenía una voz afiligranada como la de ella: “Hay flores perfectas. Esta es una de ellas”, nos dice y se ilumina lo que nos rodea. Lo que dice es tan verdadero como incierto así que yo hojeó uno de mis libros rescatados, el de Keats, para encontrar lo subrayado por mí — hace ya tantos años — en un marcador con una tonalidad parecida a la de los lirios desvestidos: “A thing of beauty is a joy for ever”.

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