Mudanzas

Karla Motte
Jul 23, 2017 · 4 min read

Hasta los 25 años había vivido una sola mudanza. Tenía 3 años y gracias a mi extraña capacidad de recordar cosas a largo plazo, conservo la vívida imagen de aquél traslado, en el que mi joven familia salió de San Nicolás Totolapan -un pueblo originario de la Ciudad de México- a un barrio de Iztapalapa, donde habité los siguientes 22 años hasta que me independicé. De ahí, viví un muy breve lapso a la colonia Santa María la Ribera, en donde por primera vez habité en un departamento que, por cierto, me parecía muy bonito. Era una linda construcción que, calculo, fue construida en la década de 1960 o 1970, la cual se veía bien maciza y bastante cuidada. El problema que nos llevó a buscar otro espacio fue la falta de agua, que por alguna razón técnica que nunca comprendimos, llegaba como dos horas por semana. Insufrible.

Viví ahí como tres meses con dos roomies gays y un gato que se nos escapó, y en ese corto plazo vencí el miedo a transitar sola por las noches, pues Iztapalapa era un infierno para eso. Además, estar cerca del centro me abrió un mundo de posibilidades que exploté al cien y, en su momento, me colocó en un lugar privilegiado para comenzar a ver de cerca los fenómenos políticos y sociales que parece que sólo ocurren en el ombligo del universo (país hiper-centralizado, al fin y al cabo). En ese momento todavía no se escuchaba la palabra gentrificación, pero el arribo de jóvenes clasemedieros ya le estaba dando un vuelco a la colonia. Ahí comencé a conocer como la palma de mi mano todo el centro histórico y me fasciné con la historia de la urbanización de la ciudad. Disfruté mucho, además, notar los leves cambios que se enmarcaban en los festejos del Bicentenario, como en su momento escribí aquí.

Al mudarnos un roomie abortó la misión y mi otro compañero consiguió una casa en la colonia de al lado, la San Rafael, a un precio de ganga. Era una casa recién construida, de tres pisos, pero sin acabar: no tenía puertas ni ventanas interiores. Con la misión de ir pagando las cosas que le faltaban de nuestras rentas, con el tiempo la casota fue perfecta para tres personas; otro roomie más llegó y yo me quedé en esa casa cinco años. Fue genial.

De la San Rafael amé muchas cosas, pero sobre todo me fascinó estar tan cerca del monumento a la Revolución. También me llevé a mi perro a vivir conmigo y amaba ir a correr con él al Monu, que en ese periodo estaba recién remodelado por los festejos históricos y estrenó el nombre que lleva ahora: Plaza de la República. Iba al Monumento a pasear, a ver a los morros felices mojarse en la fuente, a escuchar a los raperos, ver las ceremonias cívicas cada aniversario luctuoso de alguno de los cadáveres que yacen ahí y al Museo. Sólo una vez subí al Mirador, porque no me gustaba la idea de que fuera regenteado por una empresa privada.

Desde que vivía en Iztapalapa, y por la iniciativa de incluir la nominación “pueblo originario” en la legislación del [ex]Distrito Federal, comencé a trabajar con algunos pueblos originarios. Estudié una historia particular de San Lorenzo Tezonco -pueblo originario al que alguna vez pertenecieron las tierras en que viví en Izapasalsa-, que ocurrió entre 1802 y 1821, cuando los indios y el hacendado tuvieron una serie de conflictos por mantener derechos sobre su territorio. También trabajé con otros pueblos que estaban en contra de la construcción de la Línea 12 del Metro y, más por amor que por trabajo, me interesé por conocer a San Nicolás Totolapan, lugar de donde es originaria la familia Motte.

Por eso cuando me mudé al sur, fue reconfortante llegar a un pueblo originario. Dos años después de vivir en Los Reyes, Coyoacán, me tocó presenciar otra faceta de la gentrificación y la rapacidad inmobiliaria, pues estuve muy cerca del ecocidio que ocurrió en Aztecas 215. Acá vi cómo, a pesar de que el pueblo ha sido territorialmente asediado, consumido por la mancha urbana y también sufrió la pérdida de sus tierras, conserva su identidad a través de la intensificación de sus actividades comunitarias y de la alianza con otros pueblos y colonias de la zona; ello a pesar de conservar la memoria histórica sobre sus vecinos, que les quitaron sus tierras con la invasión más grande de América Latina en 1971, la cual hizo nacer a la colonia Santo Domingo.

En una semana me voy a mudar nuevamente y pienso que sólo al paso del tiempo logro percatarme de la dimensión de los cambios. A mis 25 años me sentía emocionada por un mundo abierto de posibilidades, pero no dimensioné lo trascendental que era esa decisión sino hasta varios años después. En temas emocionales soy demasiado básica y para mí es difícil acercarme a sensaciones y sentimientos. Por eso suelo hacer cosas sin “sentir” mucho y cuando ya pasaron muchos años me doy cuenta de la importancia que tuvieron esos momentos. Como ahora ando así, quise escribir algo para tenerlo presente y tomarme en serio la mudanza.

Quizá sea un mal de historiadora el darme cuenta de las cosas sólo a la luz del pasado…

    Karla Motte

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