Sobre ser mujer y otras calamidades

Desde muy pequeñitas una se va dando cuenta cómo es que funciona esto de los sexos, te vas enterando en el camino que: sos mujer. Sí, y es que la vida nos enseña que hay una distinción obligatoria.

La fila para el cono en la fiesta de tu vecinito: los hombres a la derecha, las mujeres a la izquierda. No podés ir al baño que se te ocurra en el kínder: hay uno de niñas y otro de niños. No podés jugar bola con tranquilidad y terminar toda sucia y exhausta: se ve feo, eso es de varones, además andás enaguas y se te ven los calzones cuando pateas la bola.

Y la vida te lo seguirá recordando. No te darán el empleo porque luego quedás embarazada: eso le sale muy caro a la empresa. No podés ganar el mismo salario: solo fíjate en las estadísticas. Cuando alcancés el puesto de gerencia algún zopenco sospechará de tu éxito: “¿será que se acostó con el jefe?”. Y así, cada vez que pueda la vida te recordará que cargás una vagina.

Ya muchos han hecho esta reflexión antes: ¡qué difícil ser mujer! Que la menstruación, que el dolor al parir, que el Papanicolau, que estar flacas, que maquillarse, que depilarse, y un largo etcétera.

Pero eso, eso es lo de menos. Lo que en verdad es difícil de ser mujer es nacer en una sociedad que se empeña en minimizarnos, culparnos y avergonzarnos. Les explico:

¡Pateas como niña! ¡Llorás como nena! ¡Parecés una vieja!

¿Han escuchado esas expresiones? Se las dicen a un hombre cuando quieren ofenderlo. La mejor forma de avergonzar a alguien es compararlo con una mujer. Claro, es simple: ser mujer es sinónimo de debilidad e inferioridad.

Así, desde muy pequeñas las mujeres debemos escuchar una y otra vez que ser como nosotras da vergüenza.

Propuesto que aprendemos a vivir con eso, más tarde, con suerte, nos daremos cuenta que no es cierto: ni somos menos, ni somos débiles. ¿Pero se han imaginado lo humillante que sería que usaran su nombre o su apariencia para ofender a otro? Pues eso nos pasa desde muy pequeñas por simplemente ser mujeres.

Claro, la mayoría se empeña en defender que “es solo una expresión, que no tiene ninguna mal intención”. Lo raro es que hasta ahora nunca he escuchado que la frase “parecés un hombre”, sea una ofensa. ¿Entonces?

No sé si la gente se habrá dado cuenta o será que yo soy una erudita extraordinaria, ¿pero no han notado que los sentimientos y actos como tener miedo, llorar, perder NO TIENEN GENERO? O sea, no son actos exclusivos de las mujeres, son más bien conductas humanas.

Sí… es decir, si un usted quiere ofender a un hombre por tener miedo puede decirle ¡Miedoso! no ¡Nenita miedosa!, si quiere ofenderlo por llorar puede decirle “Llorón”, no ¡Mujercita llorona!. Eso sí, son solo ejemplos, ojalá NUNCA se le ocurra ofender a un hombre por expresar sentimientos. Por que eso, sin duda, es una de las cosas más injustas que la sociedad le hace a los varones. Pero ese es otro tema, eso sí, igual de relevante e igual de doloroso.

La vergonzosa pubertad:

Más tarde llega la pubertad, que ya de por sí viene llena de prejuicios y para algunos teñida de pesadilla. Pero existen algunas diferencias muy cabronas entre hombres y mujeres.

En la pubertad los cambios para el varón son sinónimo de hombría, un paso vital en su virilidad. Que lo digan los chicos que llevan con orgullo los cuatro pelos de bigote, porque tener pelo en la cara es una “chuzada” masculina. Que lo digan los hombres a los que sus tíos les dan dos palmadas por la espalda y le dicen “eso eso, ya está sacando voz de hombre”, cuando hablan como el “gallo Claudio”. Que lo digan los que usan camisetas sin manga en pleno invierno con tal de que la gente vea que ya tiene pelo bajo el brazo…

Se nos enseñó que eso que los hace ser hombres, es destacable. Pero con nosotras la cosa es distinta, los fenómenos que nos hace ser mujeres hechas y derechas nos provoca un montón de complejos.

Y es que, por ejemplo, nada más “detestable” que los vellos en la axila ¡O sea son PELOS, “guácala”! Los pelos, en donde sea, son como el demonio para nosotras. Desde la pubertad estamos condenadas a la depilación, pues nada es menos femenino que los condenados pelos. Muchos deben estar riéndose, pero es en serio. Con esto no estoy diciendo que estoy a favor o en contra de la depilación, ese no es el tema, sino estoy diciendo que se nos han puesto reglas distintas; pues se nos juzga y nos avergüenzan por algo que no pedimos, que la naturaleza puso ahí y que se supone era una seña natural de que dejamos de ser niñas, y ahora somos mujeres.

Cuando la menstruación llega nadie nos dice “felicidades sos toda una mujer”, sino más bien nos dicen cosas como “hay mamita tenga cuidado porque ya la pueden dejar panzona”, con tono de tía chismosa. ¿Ah? Algo tan maravilloso como el ciclo hormonal de nuestro cuerpo, desde el principio es visto como un castigo doloroso, asqueroso y que nos condena de muchas maneras.

Y que ni se diga de las caderas anchas y los pechos abultados. Eso, solo nos abre un nuevo padecimiento: el acoso callejero. Y de este tema hay suficiente historial y diálogos abiertos, pero solo quienes lo sufrimos sabemos lo insoportable que es.

Y es que apenas empezamos a tener rasgos femeninos, empiezan nuestros problemas. No sé dónde es que llevamos el rótulo puesto: propiedad pública. Pero a los hombres se les ha enseñado que somos una cosa “usable” que camina por la calle, que pueden pasar y tocarnos las nalgas, que pueden “repellarnos” en el bus, que pueden decirnos piropos inapropiados (todos son inapropiados), silbarnos o hacernos gestos asquerosos… cuando quieran y como quieran. Solo por ser mujeres.

Luego, para bien o mal nuestro, (ya ni sé) llega el despertar sexual. Y ¡ay mamita! ahí si que somos diferentes. Tan diferentes que según la sociedad somos una especie de bicho asexual. Sí, porque Dios guarde diga usted que disfruta del sexo tanto como los hombres. Eso del disfrute del sexo es mal visto, mamita. Es como de hombres, o pero aún, como de “mujeres de la vida” (léase con tono de vecina chismosa, pero católica)

Las mujeres, más bien, somos recatadas, pulcras y responsables. Tan responsables que se hizo popular la frase “el hombre llega hasta donde la mujer lo deja” ¿Ah, es enserio? Pues sí, es en serio, se no dejó la responsabilidad de poner los límites. Entonces si un hombre se “sobrepasa” o si se da un embarazo no deseado, por ejemplo, es culpa nuestra ¡Propuesto!. Somos nosotras quien no nos “dimos a respetar”.

Justo aquí nace un tema que merece discusión: qué injusto para los hombres esa creencia, se les trata como animalitos en celo, que no razonan lo que hacen, dominados por sus deseos, seres que a toda costa van a irrespetar a las mujeres. Obviamente, nada de eso cierto. Ni los hombres son tan brutos y cavernícolas, ni nosotras somos las únicas responsables.

Nosotras también disfrutamos del sexo y la responsabilidad que la sexualidad implica, es COMPARTIDA.

“Qué rico que cocina, ya se puede casar”

¿Cuántos habrán dicho esto antes? Suave, suave.. ¿pero entiende lo que significa? Significa que si no sabemos cocinar no estamos preparadas para el matrimonio, porque obvio, la mujer es la única responsable de esos quehaceres.

Desde muy pequeñas todos intentan dejarnos muy claro que las labores del hogar tienen sello femenino, incluso aquellas mujeres que tenemos claro que esas son responsabilidades compartidas sentimos un peso oculto en nuestras conciencias sobre no saber lavar, planchar o cocinar. Porque si no sabemos eso, puede que no seamos lo suficientemente mujeres.

Pero de nuevo, será que solo yo he notado que lavar, planchar o cocinar son labores que todos deberíamos saber para subsistir. ¿A dónde está la exclusividad femenina? Sin embargo, el peso de responsabilidad social está sobre nuestros hombros, nadie cuestiona si un hombre está preparado para casarse y aún no sabe cocinar unos garbanzos.

Así, así de difícil es ser mujer.

Podría seguir enumerando casos, pero antes quisiera dejarles claro que esto no es una queja, es más bien una catarsis, de esas que le dan a una de vez en vez. Una reflexión sobre cómo es el machismo, pues a veces pensamos que eso del machismo es una teoría más, un fenómeno aislado que se da entre los estratos bajos de la sociedad, un concepto rebuscado para describir a esos hombres que le pegan a las mujeres. Pero no, el machísimo es un fenómeno real, evidente, palpable, que se sufre a diario. Lo que pasa es que el machísimo tiene matices, es evidente en los casos de violencia o acoso sexual, pero también está disimulado en las frases comunes, en la repetición de costumbres, en los tratos y conductas aceptadas. Esos son episodios de “micromachismo”,que ejercemos tanto mujeres como hombres, de todos los estratos, a todo nivel, a diario. Y ese, ese es el más peligroso.

En fin, esto solo me refuerza la importancia de cambiar la forma en la que criamos a las niñas, es una dolorosa introspectiva sobre lo mucho que nos falta para borrar la desigualdad.

Aunque pensándolo bien, de fijo es una de mis revoltosas malacrianzas: recuerden que soy mujer, y que siempre dicen que somos unas histéricas bipolares… por lo de las hormonas, el periodo menstrual y todo eso. Ustedes saben.

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