Cuán frías las gotas de lluvia

Una adaptación a cuento corto

“Otra de muchas semillas que no germinará en paz”, se oía en cada calle, “pequeños serán sus frutos, incapaces casi de ser saboreados por cualquiera”, murmuraban en cada rincón.

Pues mucho se hablaba de la infertilidad de esas tierras y del pesadísimo pasar de las horas dentro de ese lugar. Y extrañamente, también se mencionaba el frío seco con que venían las gotas de lluvia.

Era esta semilla quien al principio devoraba los comentarios y deseaba saborear aquel entorno hostil en el que sólo la predestinación divina, la genialidad e inhumana adaptación resultaban en apenas éxito. Aunque raíces era lo que dudaba tener, por fin logró entrar en la infértil tierra en la que se libra a diario la batalla individual de levantar las pesadas rocas del desconocimiento y la incertidumbre.

Y lluvia fue necesaria para lanzar las primeras raíces,

y lluvia fue necesaria para recorrer las estrellas y el sol sin parpadear,

y lluvia fue necesaria para escalar los muros y enrollarse en bases firmes.

Pero no todos imploraron lluvia; se libraron de una carga meramente insoportable por un retoño absorbente de luz. No todos contemplaron la pesadez de la misma manera, pues bien, que la perennidad de las hojas siempre es diferente en las plantas.

Pasados ya los días, el deseo de lluvia incrementaba considerablemente, hasta que, en los rincones de la desesperación, la semilla imploró por lluvia, un paro al desbroce de sus antes hermosos pétalos, un rayo de luz que no quemara la piel tras contemplarlo.

Y la más fría lluvia cayó, pero descendiendo de sus mejillas.