Día del maestro

Yo nací en una familia de maestros. Por una parte mi mamá, que desde la muy temprana edad de quince años inició sus estudios normalistas; por otra mi papá, que es ingeniero y empezó a dar clases porque era lo que había.

Recuerdo perfectamente el día en que nos fuimos. Yo tenía seis años y me explicaron que mamá tenía que irse a trabajar lejos, que yo iría con ella y mi papá se quedaría en casa. Melchor Ocampo se llamaba el lugar, uno de esos lugares olvidados por todos, hasta por los que ahí nacieron. Un lugar donde el frío es inclemente y la pobreza es lo único que se conoce. Un lugar de esos donde había puras mujeres porque los hombres tenían que buscar el sueño americano para poder tener algo, lo que sea, para darles a sus hijos de comer.

En las escuelas rurales existe la “casa del maestro” que no es más que un cuarto alargado con capacidad para que duerman cinco o seis personas, donde llueve más adentro que afuera y si vives ahí más vale que te acostumbres a los insectos y a los roedores. Ahí nos tuvimos que quedar.

En ese momento fue cuando lo entendí, tal vez no como lo hago ahora, pero teniendo la inocencia de una niña de seis años entendí que los maestros son las personas más apasionadas y entregadas a uno de los trabajos más complicados de este país. Un trabajo en el que la paga no es suficiente, un trabajo que es de tiempo completo (de fines de semana y de días festivos), un trabajo en el que también deben aprender a ser enfermeros, trabajadores sociales, psicólogos, animadores infantiles, activistas por los derechos de los niños y hasta mamás y papás de sus alumnos.

Después de eso a mi mamá la movieron de una escuela a otra y yo fui con ella. Tomé clase en cinco primarias diferentes y conviví con lo que creo fueron cientos de maestros. Cientos de héroes no reconocidos que dejan su tiempo, su dinero, su esfuerzo, sus vidas en las aulas. Héroes que recorren distancias inimaginables para llegar a las comunidades rurales donde se les necesita, que muchas veces trabajan sin percibir sueldo de parte de una secretaría de educación pública inservible, y que si se les ocurre exigir sus derechos se enfrentan a interminables ataques mediáticos por parte de un gobierno que no quiere que su pueblo esté educado. Pero sobre todo personas trabajadoras, llenas de amor por su labor, de valentía y de coraje.

Y hoy solamente me queda darles las gracias.

Gracias a todos esos maestros que desde su salón de clases buscan un país mejor, a los que en su diario vivir se enfrentan con los tejidos más dañados de la sociedad, a los que desde las marchas y manifestaciones buscan justicia para su gremio, la lucha sigue hasta el día en que su trabajo sea reconocido dignamente. Feliz día.

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