Bajo las sabanas todo era remotamente aceptable, podía caerse la luna de su pedestal o derramarse el atlántico de su cuna de arena y coral, no importaba si no florecían las ganas de salir al exterior, todo me sabía a ese dulzón olor que emanaba de nuestro rose.
Nada era necesario, no había libro que valiese la pena pues con leer de tu costado o tu clavícula me era suficiente. La TV, las películas y el Internet sobraban, te gustaba decir que era mas divertido viajar dentro de los ventanales que en aquel momento se formaban en mi mirada.
Era perfecto pues no había que preocuparse de lo preocupados que nos poníamos al bajar de ese octavo piso, ni de las preguntas que teníamos atoradas en lo profundo de la garganta, no importaba si no quedaba mucha comida o si tu jefe notaria esos 20 minutos que tus sabanas y yo decidíamos robarnos de tu jornada, nada de aquello se sumaba a nuestra constelación… solo eramos tu, yo y un amor con respiración asistida.
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