Hace unos dos años irte de tu país no era tan difícil. Hace unos diez, la verdad era más un “¿para qué?” Últimamente son miles de venezolanos, jóvenes en su mayoría, los que toman la difícil decisión de marcharse del país en busca de nuevas posibilidades, y no resulta tan complicado llegar a esa conclusión cuando Venezuela poco a poco se vuelve más un país de delincuentes que un país de oportunidades.
Yo, como muchos, fui uno de los que tomó esa decisión hace casi tres años. Sin ningún interés en particular, más que aumentar mis estudios, fije rumbo a otro territorio. En cuestión de meses la transición de la Venezuela que dejé, a la que es ahora, se volvió astronómicamente inmensa, una vez volví después de un largo receso de ella, las cosas se habían vuelto un caos. ¡Un verdadero caos!
Han pasado años, y sigo mirando como muchos jóvenes se apartan de sus familias y sus amigos para emigrar a otros países, para mirar desde lejos como un país tan rico como lo es Venezuela, se llena de incertidumbre para los que batallan día a día viviendo en ella. La decisión nunca será fácil, nadie está preparado para abandonar su zona de confort, pero una vez descubres cómo deberían de ser las cosas, todo en tu nueva realidad y país, mejora. Sin embargo, reside en nosotros los emigrantes un anhelo, un sueño que cada vez se vuelve más inalcanzable y es el poder regresar, el crecer y tener todas esas oportunidades que se te fueron arrebatadas por una ideología que no compartes.
Pero una cosa es mirar desde lejos y otra vivir en carne propia la situación. Entiendo perfectamente que no vivo la realidad de mi país, pero no por eso dejo de estar presente. Todos los días me mantengo al tanto de lo que sucede, incluso en las tantas conversaciones que mantengo con mi mamá gracias a la tecnología, ella me cuenta su día a día. Con ella siempre he tenido una muy buena comunicación y estoy consciente que a veces me llamará para comentarme sus molestias, lo que le pasó, o sencillamente su lo que ha hecho, pero esta vez fue más allá y me dijo algo que cambiaría mi percepción de la realidad social de Venezuela.
Esa tarde volvía del gimnasio cuando me llamó, me comentó muy alterada que salió a comprar algunos insumos que le hacían falta y no los encontró, que en cambio vio fue a muchas personas haciendo fila para “por lo menos” conseguir algo, pero había algo diferente en su historia y era que estas estaban felices, riéndose, contentas por el hecho de estar esperando en una fila la leche o la mantequilla “qué se yo, no me iba a quedar haciendo fila”. Esto último parecía alterarla mucho más. La conversación continuó, yo estaba muy atento, escuchando todo lo que, aún alterada, me contaba; de un momento a otro y sin previo aviso ella hizo un comentario que me cambiaría la vida para siempre “Mejor quédate. ¡No vengas!” Mi cerebro hizo cortocircuito y en medio del reinicio comencé a comprender. Ya la llamada había finalizado, pero esas palabras no dejaban de explotar en mi cabeza.
Mi mamá me había dicho que mejor me quedara en donde estaba y que no fuera a Venezuela, esto tal vez era un ultimátum, una frase cualquiera o el más sincero de los deseos de una madre para con su hijo: que no volviera a un país en donde muchos de sus residentes son felices con las injusticias de un gobierno.
Las cosas fueron tomando forma con el pasar de las horas; en Venezuela a muchas cosas hemos renunciado los jóvenes en esta era de ideas radicales y mayormente injustas, siempre escuchamos de alguien que fue asesinado, a alguien a quien robaron; ni trabajar podemos porque muchas veces depende de la posición política que tengamos y si lo hacemos es a medio tiempo para poder con nuestros gastos, esto muchas veces resulta ser una forma de estancamiento sin oportunidad de crecer profesionalmente. Están los que luchan allá, los que nos fuimos y miramos desde lejos aún afectados por las políticas de ser venezolanos y están esas madres, como la mía, que renuncian a sus hijos, que prefieren mirarnos por un smartphone en la distancia a perdernos en el caos de un país, que prefieren mirar como las oportunidades nos rodean en el extranjero, oportunidades que nos fueron negadas en nuestro país. Mi mamá estaba molesta por ver como en el país en el que nací ya no se vivía, sino que se sobrevivía.
Con justa razón comencé a molestarme, más allá de la violencia y de todo lo malo que pueda pasar en un país, nunca será correcto que una madre tenga que decirle adiós a su hijo en un aeropuerto, que tenga que renunciar a él con el objetivo de verlo crecer como persona. Me sentí triste, porque nunca llegaré a entender lo duro que fue para mi mamá decir aquello, más aún molesta por la felicidad de las personas en una fila, ella prefiere que me quede y que no vuelva, pero eso no era todo, sino que actualmente en Venezuela hay millones de madres que han dicho adiós a sus hijos de muchas maneras y formas, unas de forma permanente y otras con la posibilidad de mirarlos en fotos o escucharlos en llamadas a larga distancia. ¿Es esto justo?
Conclusión, Venezuela ya dejó de ser el país de mujeres hermosas, ahora es el país de madres que prefieren decirle a sus hijos, “Mejor quédate. ¡No vengas!”
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