Mi disfraz de legión y multitud

Las cosas han llegado a tal punto que para celebrar una despedida hay quienes se disfrazan de romanos y toman las baleares al asalto, por ejemplo mis amigos y yo. Aquello prometía ser lamentable y así fue efectivamente, pero gracias a aquel viaje hoy puedo decir que yo sé lo que es desembarcar en un puerto extranjero entre vítores.

Testigos presenciales juran que nunca se vio a quince centuriones con tan buena percha. El mérito era nuestro y un poco también de los músculos de gomaespuma que llevábamos pegados por todo el cuerpo. Parecían tan de verdad, y se sentía uno tan poderoso con ellos, que un amigo no se los quitó en seis meses y casi gana hombres, mujeres y viceversa. En fin, creedme si os digo que hay películas oscarizadas con peor vestuario.

El caso es que a petición de la muchedumbre, y entre gritos y desmayos, fuimos descendiendo la escalinata los quince romanos: un par con el yelmo bajo el brazo, otro par blandiendo armas, uno devolviendo aplausos y otros dos arrastrando un herido leve. Se montó tal jolgorio que al llegar a tierra nos acercaban niños rubísimos para cogerlos en brazos y mostrarles el filo de nuestras espadas romas.

A nosotros con aquel recibimiento se nos vino todo el entusiasmo arriba y pasamos una hora haciendo formaciones tortuga por el muelle y arrasando contra todo lo que se pusiera por delante (es decir, turistas). Nos desperdigamos caóticamente, que parecíamos células del juego de Conway, y un grupito se fue a tomar un minibus, otro a buscar las maletas y tres de nuestros mejores hombres se encaramaron a una azotea. Resulta que por efecto de una pócima o algún arte del mal, lo primero que vimos desde tierra fue un grupo de treinta mujeres que dejaban de hacer yoga para lanzarnos besos desde lo alto de un edificio; que hoy pienso que serían unas jubiladas, pero que en aquel amanecer brumoso decidimos por consenso que debían de ser un grupo de gogos haciendo ensayos.

* * *

Nuestra siguiente misión, después de pasar revista al hotel y dedicar la tarde a beber y molestar en la piscina, consistió en andar cientos de kilómetros para llegarnos hasta Space. Fue una travesía lenta y fatigosa. Íbamos haciendo formaciones tortuga cada quince metros y además tuvimos que fotografiarnos con la mitad de las mujeres de Manchester, que estaban todas por allí, lo que también debió retrasarnos. Esto último fue muy irritante porque con cada foto yo me quejaba de que una fotografía de romanos es un Oopart o un fallo de raccord, desesperado con razón, hasta que un amigo me convenció de que éramos viajeros en el tiempo y así ya me calmé.

Durante el trayecto me fue quedando clara una ventaja del disfraz, o visto en retrospectiva, una maldición: era imposible perderse. Si te quedabas atrás bastaba mirar lejos para buscar penachos rojos, y si no veías ninguno podías preguntar a cualquier transeúnte. «Oiga, ¿ha visto usted unos romanos?», decía yo, y la gente señalaba con un dedo acusador a un barullo, un griterío, o cualquier otro bochorno. Como sería la cosa que cuando yo daba las gracias, los más amables me devolvían el pésame.

Recuerdo que a mitad de camino decidimos hacer un botellón porque necesitábamos perder fuerzas; y aunque nos rodeaban playas de arena finísima, decidimos tirarnos a beber en un contenedor de basura, supongo que porque éramos romanos y por tanto una civilización superior.

Por fin llegamos a Space, un poco perplejos porque ya no lo esperábamos, y la discoteca se nos ofreció como un templo de dioses paganos. Allí nos entregamos a forcejear con hombres y mujeres de todas las naciones y hubo sangre, sudor y lágrimas. Debieron ser apenas quince o veinte horas de placer, pero los minutos se nos expandían como si fuesen universos. En el fragor de aquel lugar forjamos amistades consanguíneas, participamos en los rituales de culturas de ultramar y aprendimos lenguas muertas para declarar amor eterno.

Fue maravillo pero acabó por torcerse — cosa lógica — , cuando por la discoteca comenzó a circular el rumor de que un romano había meado en una papelera a la puerta del baño. Sobra decir que yo no fui y que por lo visto no fue nadie. Nos debieron de suplantar. Pero sea como fuere, había una testigo que nos denunció a los porteros — «lo he visto todo, agente» — , y éstos decidieron aplicar justicia a lo rey Salomón: siendo imposible dirimir cual de los romanos era el verdadero responsable, todos a la puta calle. Esto, claro está, no lo consultaron con nosotros sino que fueron cazándonos por la discoteca y echándonos uno a uno.

Nosotros nos resistíamos y dábamos voces de alarma mientras salíamos en volandas («sálvate tú» fueran mis últimas palabras en Space). Por fin cuatro compañeros se percataron de que a los tíos vestidos de romanos los estaban expulsando del Olimpo y sabiamente decidieron quitarse el disfraz, con el resultado de que el siguiente en salir fue haciendo un strip tease subido a un segurata, para alegría de quienes se agolpaban en la puerta (y eso que iba ya sin sus músculos de gomaespuma). Un par de nosotros lograron quedarse en calzoncillos en mitad de la sala… y minutos más tarde fueron expulsados por quedarse en calzoncillos en mitad de la sala. Allí solo podía quedar uno y tuvo que ser el más ingenioso de nosotros, que viéndose en calzoncillos se subió a un podio y se quedó haciendo el gogo hasta bien entrada la mañana.

Del regreso al hotel apenas quedan registros, no digamos ya recuerdos. Cada hombre se valió por si mismo para llegarse hasta alguna habitación vacía o no muy llena. Hay rumores de que hubo quien incluso ligó… y se dice que un romano viendo como el sol se elevaba sobre la mar, sacó fuerza de flaqueza, se arrancó el móvil de entre la carne y tiró una foto al amanecer para subirla corriendo al Facebook.

(Continuación…)