Caja de música

(objetos densos II)

Quienes fabrican moldes de plástico, a veces se equivocan.

En mi cajita de música, en vez de bailarina, giraba sobre su eje un supuesto elefante con cara de rinoceronte.

Un día pensé que, a lo mejor, la persona en cuestión había hecho esta caja así, intencionadamente ambigua.

Me incomodaba mucho no comprender y, a decir verdad, me angustiaba no saber qué me había querido decir mi mamá al regalarme una cajita de música tan repulsiva. Una cajita que, por lo demás, no tocaba música sino vociferaba a diestra y siniestra.

A mi mamá le encantan las cajas de música y pudo haber sido sólo eso, que deslumbrada no se diera cuenta de su contenido. Se trataba de una cajita muy colorida de pastel, en cuya tapa se inscribía la palabra, “DUMBO”.

Mientras no la abrías, tu imaginación podía llevarte dónde tu experiencia recomendara. Pero si la abrías, te topabas con algo que decepcionaba, algo así como la “cruel realidad”.

Yo, ya sospechaba que en mi cajita de música no había ninguna bailarina. No obstante, al hurgarla descubrí que tampoco había ningún elefante con las orejas enormes. El figurín, que no era “Dumbo”, tampoco tenía la trompa larga ni sonaba a nada paquidérmico.

En ese lugar, bastante huérfano de sentido, se erguía un complicado animal de cuerno chiquito en su labio superior.

¡Entonces es un rinoceronte!

Pero que va, si le dabas cuerda te confundías todavía más. Cuando el animalejo giraba hacia la izquierda, emitía una especie de bramido grave que, sumado al perfil de su protuberante labio superior, me invitaba más bien a exclamar.

¡Hipopótamo con bigotes!

Un buen día, la conexión fue automática y me plantee la siguiente hipótesis.

“Si Brama, tiene bigote y es color chocolate, debe ser una réplica de Adolf pero al carbón. Una especie de “otro correlativo”; su sí mismo al revés, el de la raza “PÁRIA”.

¡Ya lo tengo! — exclamé.

El mundo, según mi cajita de música, se compondría de “Arios” y “Pários”; y mi “bailarín acorazado” sería el representante de estos últimos.

Mi “achocolatado robusto”, creo que así lo quise llamar. O no sé si era, “Robustkin”, que lo hacía más cinematográfico.”

El caso es, que si le daba la suficiente cuerda, el patrón del bigote al danzar se desarrollaba de la siguiente manera.

Visto desde frente, abría, emitía, y cerraba con dificultad; aguantaba poco y se desplazaba bruscamente unos noventa grados a la derecha, mirando digamos hacia la Guyana. Una vez ahí, emitía un horrible bramido y cerraba su bigote otra vez.

Cuando llegaba a las 12 horas de su circunferencia danzarina, mi acorazado miraba hacia el Norte como quien mira hacia arriba y a mí me daba la espalda. En esta posición, todo era confuso; no se sabía si emitía bramidos y movía el bigote con fervor, con asentimiento o consentimiento con esa interlocución.

Cuando se ponía en esta posición, “Robotkin” emulaba a aquellos que oficiaban en latín, que jamás se volvían hacia su público.

Lo propio de las 3 hacía, Tzschoko-Tzschoko, cuando llegaba a las nueve; perfil en el cual una vez descubrí cierta discrepancia entre su bramido y su bigote: mientras el bigote se replegaba unos cuarenta y cinco grados en diagonal (a modo de simpatía), su bramido se proyectaba desde su garganta de una manera tan escandalosa, que nos remitía a un odio colosal, más bien ancestral

Aunque se mostraba muy enfadado, “achocolatadamente” bravo con su historia, el patrón que regía el resto de sus movimientos indicaba, no obstante, que el mostrenco también reía sin parar..

A lo mejor, mi mamá quiso darme algo para que no olvidara. Algo así como un permanente recordatorio de la Historia de allá. Una especie de culpa en caja que pudiera llevar a todos lados.

A veces, guardaba la caja por semanas, a veces por meses y nada; al abrirla la voz emergía como de ultratumba y agredía, y el corazón se aceleraba y la rabia me apoderaba.

¡¿Puedes dejar de vociferar?! –le grité un par de veces.

Otras veces, no le daba tanta cuerda para ver si así, su bramante baile se detenía justo allí dónde nos era imposible hermanar mi ojo con su espalda.

Alguna vez, hasta volví mi espalda contra su ojo de metra negra.

A veces, también, le daba sólo media cuerda para ver si, relentizándolos, alcanzaba a comprender sus gemidos. Pero nada.

Un buen día, de tanto que me acerqué, logré darme cuenta de que la coraza se le empezaba a escarapelar. La piel como hojaldre, inflamada, anunciaba la pronta caída de sus cáscaras.

Una fantasía de chocolate lastrado, escamado, empezó de pronto a agredir con un verbo que sonaba ya a estertor. Parecía una suerte de metamorfosis trágica, en la que el punto de partida y de llegada convergían en el mismo hedor.

Un hombrecito blanco que giraba y giraba, protagonizó desde las costras la monumental caída de aquellos eczemas color chocolate

En su danza, el hombrecito se regía por un patrón similar al de su antecesor: derecha, norte, izquierda; y al frente, también se mostraba esquivo y fugaz.

No obstante su juventud, en sus cienes ya palpitaba un incipiente menjunje espeso; una brea que lo empantanaba, que lo sudaba y bañaba, que lo moldeaba y pegaba; que lo encajaba; y que, finalmente, acabó por secarlo y descascarillarlo.

Mientras lo dañaba, mientras el hombrecito gritaba y gritaba.

Lo curioso es que, esta vez, el figurín de chocolate que sobrevino a la tragedia del hombrecito salvador de la patria, no había tomado forma de rinoceronte. Robustkin había quedado en el pasado, aunque su estirpe se renovaba en figurines cada vez más delirantes;

Fue aquí cuando pensé, que quizás alguna vez la metamorfosis daría cuenta de mi propio deseo.

Llegué a contar, es decir, a esperar, asistir, atestiguar, festejar, unas ciento cincuenta transformaciones, de alzamientos y caídas color chocolate, una tras otra, sin que jamás nunca se asomara algo semejante a una doncella refinada y con tutú blanco.

…y así estuve hasta que, un buen día, le di cuerda a mi cajita de música como quien no cesa de dar la última oportunidad a un enemigo amante. Le grité, imperativamente, abrí su tapa y le vociferé improperios al figurante de turno que en ella giraba y giraba.

¡¿Puedes hacer el favor de callar y bailar hasta marearme?! –exclamé.

Le mostré el baile que deseaba, se lo dibujé muchas veces en su cara como si la cajita y su desobediente mecanismo fuesen el espejo que me reflejaba.

Después cerré con firmeza la caja y la agarré en brazos, y me puse a dar vueltas con ésta por toda la habitación. Giré, giré y le canté escandalosamente por todos los costados…

A la tapa la ultrajé, le infringí un nuevo aliento y le insuflé nuevos verbos; y con mi sudor le borré sus viejas marcas mientras la golpeaba a ritmo de tambor.

A la sazón, la inscripción, “DUMBO”, ya había desaparecido.

¡Éste, éste, este es el ritmo! –le grité.

Cuando la abrí de nuevo, una especie de jalea real, incandescente, colmaba el recipiente, presta a ser vertida en un nuevo molde. No había tiempo y me la bebí sin rechistar.

…y, como si siempre lo hubiese sabido, me sobrevino una convulsión.

Impulsada por el ardor que emanaba de mi esófago, comencé a dar vueltas sin parar. Mi canto era de alaridos y mis gemidos de dolor.

¡Mamá, dame cuerda por favor!

Unas cuantas lenguas de chocolate aun fundidas, amarmoladas, empezaron a recorrer mi cuerpo, en descenso y a levantarse en volandas cual falda de bailarina…

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