Travesía

(Transiciones 1)

Las transiciones hay que hacerlas en el mar; a poder ser, navegando.

Nada de montañas: asusta la inmensidad hueca, vacía, hacia abajo. Fría, neblinosa. Loca. Con eco.

Tampoco hay que hacerlas en la ciudad: la gente hace mucho ruido y todo es mecánico.

La playa, tiene su encanto pero prefiero el mar, a secas.

Este es el oxímoron de la travesía: el mar, a secas, pero sin la coma.

Hasta allá llego navegando, para describir el inmenso vacío que sustenta la eternidad.

Una burbuja.

Todo reposa sobre un colchón de aire, que yace intacto al final del mar.

¿En su fondo mariano o más allá?

Once kilómetros hacia abajo es la China.

El ex imperio que ahora se inicia en el tiempo del consumo y con disciplina militar.

¿Qué resultará de todo eso?

Hombres, mujeres y niños disciplinados, condenados a la interrupción.

La disciplina del interruptus voraz que no nos deja respirar. Que no nos deja lugar a la conciencia, a la experiencia.

Esta última: ¿dónde está?

Diría que silenciada, puesta a jugar libremente mientras la palabra reflexiona otras cosas. Otras vidas.

La vida de los otros, que son el si mismo alienado y no el otro de verdad.

Ese, estaba en la China pero se coló por la burbuja: la pinchó y el aire se derramó en el mar.

Ahora es plástico; micro-partícula irreductible de acero letal.

Mortal de muerte, no de eternidad.

Se apagó la luz en “Las Marianas” y las estrellas de mar salieron a bailar.

¡Oh, locas! –pero si hace frío acá abajo.

Son las cosas del danzar animado por la vida.

No hace falta la luz...

Like what you read? Give Brígida Cristina Maestres Useche a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.