De un corazón roto antes de la medianoche

A veces hace falta llorar un poco, sentir un poco, suspirar… un poco.

A veces hay que escuchar cómo se nos rompe el corazón a las 11:34 P.M; mientras afuera los árboles sacuden de sus ramas las lágrimas del cielo.

Hace falta, de vez en cuando, cerrar los ojos y desatar el caos interno. Sentir cómo se forma un nudo en la garganta, un grito ahogado que recorre todo el cuerpo con un cosquilleo.

Es bueno incluso mirar la pantalla en la que se escribe. Intentar presionar una letra pero dudar, dudar hasta retirar los dedos y dedicarse mejor a jugar con ellos, a rozar sus yemas y similar el contacto de ese ser que extrañas.

Es pertinente en ocasiones esa maldita necesidad de revisar viejas letras, de buscarse en las palabras de otro, de leer con el corazón en la garganta por sí alguna palabra se inspira en tu nombre.

Es perfecto morirse antes de la medianoche. Gritar lo que se odia y suspirar para simbolizar las infames lágrimas que se niegan a salir una vez más, que se niegan a ser parte de esa autodestrucción que sucede a veces, en esos días que me da por leerme sin encontrarme.