Escribir a 1/60 segundos

Las condiciones de luz disponibles para tomar fotografías me suelen obligar a usar velocidades de obturación cercanas a los 1/60 segundos, si no es que tengo que utilizar todo lo firme que me permite mi pulso arruinado y captar sujetos y lugares a 1/30. Es decir, trabajo usualmente en el límite de mis capacidades, procurando que la técnica, el ojo y la mano se alineen de una forma no tanto armoniosa como sí posible, apenas. Parecería que cualquier fracción de segundo bastara para llevarme conmigo ese rostro, esa esquina, ese aparato que pasa delante del cristal; pero no, siempre existe el espacio del error, de la foto movida, de la imagen que no deja ver facciones o detalles que después, al procesarla, busco desesperadamente y que son imposibles de recuperar.

La escritura me sirve para cavar en los terrenos en los cuales hay enterrados huesos, piezas usadas todos los días por quienes se han ido –tenedores, afiladores de cuchillos, lavadoras, vajillas enteras, automóviles estropeados-, animales muertos y espacios que fueron saqueados y desocupados por sus dueños originales y sus andamiadores. Utilizo la velocidad que me permite la memoria y la evocación a través de las palabras, que se deforman y quedan movidas como aquellas esquinas y aquellas facciones.

Pero, cuando estoy escribiendo relatos y cuando tomo fotografías, al final de cuentas, preciso de las mismas cosas: el pulso firme, la búsqueda de una composición que me permita desentrañar existencias perdidas en una nada densa; requiero, en ambos casos, de un trabajo de atención extrema a los detalles y a los pequeños giros de la realidad y sus estratos.

Me he preguntado –me han preguntado- que cómo armonizo las labores de escritura y fotografía, y mis respuestas siempre son vagas o complacientes, o buscan en todos los casos describir algo que para mí es natural: todo se reduce a congelar una breve parcela del mundo. No he encontrado la contradicción o la divergencia de ambos abordajes creativos, porque ambos llevan la fuerza del alfileretazo de la caja que clava a los insectos y los fija para siempre encima de la felpa roja del tiempo.

Puedo recordar, ahora, grandes relatos que emprenden la búsqueda de las relaciones entre la fotografía y la escritura: Las babas del diablo, de Cortázar; El infierno tan temido, de Onetti; La mosca, de Castellanos Moya. Y traigo a colación el fenómeno de la aridez llevado a ambas ramas por la genialidad de Juan Rulfo, un fotógrafo de primer nivel que cambió la historia universal de la literatura. En los relatos de Rulfo siempre hay una polvareda que acecha y un fantasma que va muriendo de sed; en sus fotografías el fantasma es un cactus que clava sus lanzas en esa polvareda y en esos cuerpos ya muertos pero siempre verticales, obstinados y secos.

La escritura de relatos y la fotografía son dos de los brazos de un cuerpo que se desplaza constantemente en el terreno siempre maleable de la vigilia. No pueden separarse, no pueden divergir, no pueden asir distintos objetos. Ambos agarran, roban, saquean y colonizan. Ambos alinean la mirada, el pulso y la herramienta. Los dos congelan; los dos engañan.

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