Lo original y lo perverso

La originalidad y la novedad son trampas perversas y dulces. La primera no es más que un nulo entendimiento de la tradición. La segunda, el agotamiento de la curiosidad, la renuncia a la búsqueda en los trabajos de la historia. Aquello que se diga completamente original y novedoso es simplemente algo que ha nacido sin bases, y como tal, no puede sostenerse: un muñeco de madera al que se la han tijereteado las cuerdas y ha salido a caminar fuera de las pequeñas tablas del titiritero. Ese muñeco, ciego y estúpido, choca con las paredes y perece aplastado por las ruedas de los mecanismos del mundo, los automóviles de la realidad.

Cuando escucho que alguien está escribiendo textos “tremendamente originales” me apresuro a leerlos, movido por el morbo de quien sabe que encontrará un espectáculo horrible. Esos textos no son más que copias de otras cosas que también se pregonaban como únicas y que hieden a islas llenas de apestados. Islas, pequeños terrenos en los que no hay telescopios ni instrumento alguno de locomoción y de estudio de los astros las otras tierras firmes. Islas de un archipiélago a punto del incendio o francamente convertido en cenizas. Esos textos que han nacido de un big bang de supuesto genio son bichos desarticulados a la espera del alfiler y de la caja con tapa de vidrio.

Estudio sistemática, cuidadosamente, el trabajo de fotógrafos contemporáneos, desde los más serios (he ahí una palabra que suscita las furias más ciegas) hasta los más intrascendentes (otro mazazo, otro golpe testicular). Veo imágenes que me recuerdan otras cosas y fotografías que no se me parecen a nada. Unas son copias exactas de esas otras cosas, y las otras son copias de su propio vicioso terreno quemado en medio del océano. Veo un tercer grupo de trabajos: los que se parece a muchas cosas pero que están disfrazados de lo que no se parece a nada. Esos reinterpretan, representan, hacen calcos con películas vencidas y copias con papeles sucios. Esos saben que ya todo fue creado y dicho, y entonces se preocupan por decirlo una vez más, con palabras que son de otros pero que parecen que son de ellos mismos. Esos no conceden, no transigen: esos dicen, esos inclusive gritan. Esos son los únicos que me parecen valiosos, porque tienen la noción exacta de que antes de la creación del negativo de poliacetato de celulosa (el que conocemos todos) y la cámara Kodak automática (la que todos hemos usado), ya todo estaba definido. Desde el daguerrotipo todo estaba hablado.

El cubismo, el surrealismo, el pop art y cualquiera de los movimientos y tratamientos que a usted se le pueda ocurrir (inserte el nombre que quiera, el siglo que quiera, lo que le dé la gana) no son creaciones ex nihilo: todas vienen de algo, todas son venas que llevan la sangre de los capilares góticos, renacentistas y barrocos. Claro, siempre asociamos el genio de obras individuales con el soplo divino de un trabajo autorial traído a la tierra por los ángeles-artistas. Eso no existe, todo se lo debemos al estudio, la reinterpretación y el trabajo duro. Sí, leyó bien: trabajo duro.

Ya muchos antes han dicho lo que queremos decir (eso lo acabo de leer en un texto de Casciari, así, casi idéntico). No pensemos que estamos creando un volcán en el que el magma estará hecho de otros elementos. Los metales de esos venenos son los mismos, los vapores atacan las mismas áreas del cerebro. Renunciemos, pues, a creer que estamos detonando una trampa que matará todos los bosques; en vez de eso, talemos parte de esos árboles para trabajar con los troncos podridos en un terreno al que no llega el sol. Un terreno conocido en el que crecerán los mohos, siempre, de la misma forma.

O no hagamos nada más que matarnos queriendo ser originales.

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