El falansterio, (o el paraíso de los swingers)

Revolucionario, lo que se dice revolucionario en serio, de esos que dejan enanos a Lenin y a Trotsky y en calidad de derechista a un idealista como el “Che” Guevara, fue un tal francés de finales del siglo XVIII, llamado Carlos Fourier, miembro del selecto grupo de los socialistas utópicos, que planificaron construir una sociedad perfecta. Para dar un ejemplito, nomás, tenía como idea base suprimir la familia, sustituyéndola por ciertas agrupaciones llamadas falanges o falansterios, los cuales habían de ser agrícolas o industriales, de 1.800 habitantes cada uno. La cosa la había planificado así: primero se reunirían grupos de siete o nueve personas, según las inclinaciones, gustos o pasiones de cada uno de los particulares, de modo que aquellos individuos que tuviesen inclinación a un trabajo, industria o arte determinado, formarían un grupo; los que tuviesen otro tipo de inclinaciones o gustos, formarían otros, y así sucesivamente. Estos pequeños grupos se deberían reunir luego en series de veinticuatro, y finalmente, las series agrupadas darían lugar a los falansterios.

Fourier también era partidario de abolir la propiedad privada, pero fue mucho más allá de los postulados de Marx: tampoco habría propiedad personal en una sociedad falansteriana. Esto significa que nadie sería dueño de nada, ni siquiera de los privadísimos cepillos dentales (en el caso de que hubiesen existido en aquella época). Entiéndase bien: no sólo no habría más propietarios de cosas materiales, como casas, muebles o lo que fuese; tampoco habría “perros de”, “hijos de”, “esposas de”, “maridos de”, etc, etc. Todas las mujeres y hombres serían compartidos según el gusto y atractivo sexual, y nada de chistar ni celos que valgan. Tampoco habría apellidos en los falansterios; los niños serían criados por el grupo, sin más moral que el bien de la comunidad, siempre respetando primero el propio.

Esto sucedía porque Fourier había notado que los defectos de la sociedad pasaban sobre todo por la familia, esa concepción cristiana que nos parece tan sagrada hoy día. La familia, sostenía este filósofo, postula que la organización familiar obliga a amar a una determinada madre, padre o hermanos y no permite dirigir los sentimientos hacia donde estos quieren ir naturalmente. En el falansterio y a través de los gustos individuales y del trabajo en común, las pasiones no chocarían contra ninguna barrera moral de prohibiciones y por tanto se terminarían las frustraciones y el ser humano sería feliz.

Por lo tanto, el único remedio para atacar el mal causado por la vinculación del trabajo, del interés, del comercio, dice Fourier, es destruir la familia misma, vinculando los intereses y trabajos a la comunidad o asociación. Para los falansterianos, el sistema de represión y moderación de las pasiones como el cristiano, sería algo anticuado. Lo mejor consistiría en dar todo el vuelo posible a las pasiones, sin coartar ni comprimir en lo más mínimo sus, pues la represión viene del hombre.

En armonía con estos delirios, los falansterianos no dan cabida en su sistema de organización sino a los placeres físicos y sensuales, pero estos llevados al mayor refinamiento posible; así es que el mismo Fourier introdujo en su sistema un Tratado de glotonería, que él llamaba gastrosofía o sabiduría armoniana. Según él, el último armoniano había de tener una mesa tan exquisita y delicada, como la de un millonario y todos los individuos del régimen falansteriano habían de hacer al menos cinco comidas diarias, preparándose antes con ciertos alimentos que excitasen el apetito. También los falansterianos hablan de los placeres eróticos, algunos que hoy serían ilegales, como la poligamia, la poliandria y otras cuestiones.

En este sistema el hombre no debe ocuparse de sus semejantes, sino que cada uno, contribuirá al bien común, resultando el bien general de los esfuerzos que cada uno haga en provecho propio. Finalmente, Fourier introduce también en su sistema ciertas extrañas profecías que lo acercaban al delirio; gracias a la felicidad que traería el falansterio a los hombres, desaparecerían del mundo las especies animales dañinas y nocivas; el agua del mar perdería la sal y se convertiría en agua potable, etc.

La cuestión es que el falansterio tuvo existencia mientras vivió Fourier y muy pronto no pasó de ser una loca idea. Más aún: el pobre hombre ni siquiera pudo convencer a suficiente gente como para hacer un miserable falansterio. Nadie es perfecto…

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