Otra banalidad, otro mal.

El pequeño universo indie, progesista y de clase media, se vio perturbado el sábado 16 de abril por un video de Youtube. Mailén, una chica de veintidós años, sentada frente a la cámara en un cuarto blanco con una luz a medias, cuenta en el video su experiencia con el cantante Miguel del Pópolo, quien la abusó sexualmente dos veces la noch y madrugada del nueve y diez de abril, luego de la presentación de su banda La ola que quería ser chau, en el Yolanda Festival de Niceto. Mailén, quien conocía y tenía amigos en común con Miguel, fue a la casa del cantante en las horas que siguieron al recital. Narra la experiencia en la casa del músico con una realidad perturbadora: “en todo momento”, dice al relatar la violencia física y psicológica que sufrió, “él me decía que era mi culpa por haber ido a su casa, así que estaba bien lo que él estaba haciendo”. Al día siguiente realizó la denuncia en la comisaría 29 de Villa Crespo, luego de escapar de la casa de Miguel (“agarré las llaves y la plata para el taxi, pero me fui corriendo”).

Al mismo tiempo, una amiga en común que tenían Mailén y el abusador, declaró: “el domingo cuando me desperté tenía mensajes de los dos. Cuando veo, él me ponía que estaba preocupado, que Mailén se había ido de la casa sin avisarle con sus llaves, que averigüe donde estaba ella”. Luego de enterarse sobre los hechos, Giuliana Borello (corista de La ola) le preguntó a Migue si se acordaba de algo. “Él me dice, ‘sí, vinimos a casa, garchamos, jugamos a la violencia, y después le agarró un ataque de nervios, nos dormimos y se fue, no sé”. En un video subsiguiente, Rocío relata hechos similares en una relación de aproximadamente un año y medio. Cuenta acerca del alcoholismo grave de Miguel, sus tendencias violentas, los hechos de abuso. Relata que ella no quería “cagarle la vida”, que se sentía “culpable” si denunciaba, pero que el testimonio de Mailén la inspiró.

Estas deberían serlo, pero no son, situaciones aisladas. Son hechos que se encuentran en la vida cotidiana, y que sobresalen por testimonios valientes y aislados de mujeres. Todos, estadísticamente, conocemos o tenemos relación con una víctima de abuso. Las figuras de cierta autoridad o idolatría no hacen más que perpetuar esto y, adicionalmente, se les corresponde un sistema de protección a estos varones que no podrían haberlo hecho, cuyo talento va más allá de sus antecedentes (un uso demasiado conveniente de la Muerte del Autor) y cuyas situaciones violentas son pasadas por alto en pos de algún tipo de posibilidad creativa, poder o posición particular.

En La otra bolena, Enrique VIII de Inglaterra pasea a sus amantes — forzadas, por la posición política y económica de su rey — por la corte inglesa sin restricciones. “Qué terrible”, es a reacción media de los espectadores, “esto es prostitución casi obligada”. No recuerdan, quizás, que no es una situación privativa del siglo XVI el hecho de que las figuras de poder o autoridad se hagan de su investidura para perpetrar abusos y cometer lo que hoy vemos como delito. A principio del año 2016, siglo XXI, la cantante Kesha fue obligada a aceptar su contrato con Sony y seguir trabajando con Dr. Luke, eminencia en el mundo musical y el hombre que la había violado y abusado psicológicamente durante quince años. Las causas de Bill Cosby, violador serial, siguen abiertas y Cosby, en un exilio de la fama Hollywoodense, cuenta todavía con el respaldo de gente como Kanye West y de su libertad como ciudadano. Jimmy Page, el guitarrista de Led Zeppelin e histórica figura del rock, violó y secuestró una chica de catorce años. Roman Polanski, en 1977, violó a una chica de trece años y escapó de Estados Unidos — para en el 2002 estrenar y ganar premios por El Pianista. Dante Palma, periodista argentino, fue recientemente acusado de violencia de género — pero este cuatrimestre dictará clases en el CBC. Al mismo tiempo, en la facultad de sociales la agrupación política Megafón respaldaba a un militante y cuadro político suyo vinculado con violencia y abuso sexual. ¿El Leitmotiv? La figura de autoridad, el abuso descreído y, más gravemente, la libertad del victimario respaldado por una sociedad cómplice.

Estos hechos nos demuestran dos aspectos preocupantes de la sociedad actual: por un lado, la carencia de leyes que protejan a la mujer — recordemos, la víctima— en casos de violaciones. Por el otro, la protección sistemática con la que cuentan los hombres — el victimario — por parte del estado, pero también de la sociedad. Las acusaciones de violación hacia figuras de autoridad en estos ambientes recogen, entonces, muchos de los aspectos más nefastos y dañinos de la cultura de la violación — la culpabilización y el descreimiento de la víctima, la protección de la figura masculina por parte del sistema y su cultura, la falta de educación sexual en lo que refiere al consentimiento en las relaciones sexuales.

Hay, detrás de esto, un marco cultural que culpabiliza a la mujer de la violación, que disminuye o banaliza los ejes de lo sucedido. “Jugamos a la violencia”, dice Miguel, como si fuese un juego. Como si, en una práctica BDSM, hubiese sido todo un chiste por calentura, un simple acto sexual — en el que Mailén no tenía réplica, ni códigos que la protejan, ni posibilidad de irse de esa casa. “Jugamos a la violencia” dice el abusador que consume pornografía pedofílica con una inocencia que enmascara los hechos. “Jugamos a la violencia”, con la misma suerte de desacreditación despreocupada que le deben haber dado sus compañeros y colegas durante mucho tiempo, sosteniendo la vista gorda sobre casos que podían ocultar algo serio, pero no.

En todos los casos de violación, siempre hay antecedentes. Miguel, como lo expresa Rocío en su video, tenía historias con menores de trece años y pornografía infantil. “Yo lo encontré en su computadora”, dice, “pero en ese momento decidí no hacer nada”. “Pensé que podía bancármela sola”.

Casos reportados, causas procedidas y cantidad de imputados. ¿Esos dos señores? La cantidad de casos falsos que se registraron en el meta-análisis.

Esto no es sólo de un problema cultural, sino también legislativo (las implicaciones cultura/ley son debatibles, pero indiscutiblemente correlativas). Hay pocas estadísticas acerca de violaciones falsas, pero las hay. En el estado de Málaga, 0005% de las denuncias lo son. En el estado de Nueva York, 2%. En Dinamarca un 1%, mientras que en Canadá los números suben a 10%. Un meta-análisis reciente confirma que entre las víctimas de violaciones, entre un 4 y un 9% son falsas. Y sin embargo, a las mujeres muchas veces no se les toma la denuncia. Se les pregunta qué hicieron, qué tenían puesto, qué tipo de relación tenían con su victimario. La mayor cantidad de mujeres violadas no son víctimas de un desconocido en la calle, sino de un novio, de un tío, de alguien mucho más cercano y justamente por eso son descreídas. A partir de la denuncia hay, también, penurias: las mujeres son revisadas continuamente, se someten a tests psicológicos, a revisiones del cuerpo, como si la marca de la violación fuese necesaria para creerle — si no tenés moretones, no tenés causa. Y simultáneamente, el hombre queda libre.

Camile E. LeGrand, en su paper sobre las violaciones y las leyes sexistas en una sociedad patriarcal, aclara esto con respecto a los procedimientos en el jurado promedio norteamericano: incluso si al jurado se le dice que la evidencia corroborativa no es necesaria, es generalmente bombardeado con las evidencias de la ‘falta de castidad de la víctima’, la cual desacredita su testimonio — una vida sexual activa (o peor: cualquier signo de vida sexual) es, entonces, tomado en contra de la víctima. Si demoró en el reporte de la violación o si se negó a pasar por exámenes médicos, su reporte es parcialmente desacreditado. Si se niega a pasar por los requeridos exámenes psiquiátricos o si se le encuentra mentalmente inestable, su testimonio es, también, desacreditado. Si se presenta evidencia de que la mujer fue parte de relaciones sexuales consentidas con el acusado, su testimonio es enteramente desacreditado”

Esto genera asimismo, no sólo un sistema de protección del victimario dentro del marco de la sociedad patriarcal sino también un miedo latente en todas las mujeres que fueron víctimas de violaciones a denunciar. ¿Para qué lo van a hacer, si en la mayoría de los casos son descreídas y, además, se tienen que someter al enorme daño psicológico que supone un juzgado, el relato repetido de la experiencia, la vivencia continua de aquello que se quiere olvidar? La víctima, cuando se presenta en la comisaría a declarar, es dos veces víctima: del abusador y de su sistema. (Algo que es parte de todos estos casos es, además, la suerte de efecto dominó que aparece luego de que una mujer declara — Mailén inspiró el testimonio de Rocío, así como una acusación contra Bill Cosby gatilló las subsiguientes y se pudo llegar a la verdad).

Es necesario, entonces, cambiar el foco. ¿Qué pasaría si, en lugar de buscar las necesarias marcas del delito en el cuerpo de la mujer, se buscaran en el hombre? Los casos de violación siempre cuentan con antecedentes, que son mucho más fáciles y simples de rastrear — con la tecnología actual, es insultante la técnica rudimentaria y tirana que se ejerce sobre el cuerpo de la mujer, aun luego de ser víctima de un abuso. Necesitamos leyes sobre la violación que protejan a las mujeres y no a los hombres. Necesitamos, también, un cambio cultural, un acompañamiento de las leyes con respecto a las perspectivas que tomamos día a día sobre el género, sobre las mujeres que se defienden y las víctimas. No va a haber, y es imposible que la haya, real igualdad sin leyes que protejan a la mujer ante situaciones degradantes, traumáticas, y que reproducen una estructura de opresión perpetuada por siglos.

A la violación de Mailén le prosiguieron también otras instancias que refuerzan la cultura de la violación de su vida. Se animó a declarar, se sometió a exámenes médicos. Publicó el video, muchos descreyeron su testimonio o hicieron chistes horribles acerca de lo sucedido (I’m looking at you, Walas). No es coincidencia el hecho de que Mailén no se tomara un taxi: “me fui corriendo por el miedo”, declara, ¿pero existiendo casos persistentes de violaciones por parte de taxistas, no es plausible que también haya sido el miedo a otra instancia de opresión la que la obligó a Mailén a correr hacia la comisaría?. “En cientos de maneras, grandes y pequeñas, la vida de una mujer está conformada por la persistente amenaza de una violación: las mujeres tienen miedo de salir de noche sin acompañantes amigos, de vivir solas, de hacer caminatas, de quedarse hasta tarde en el trabajo, de tomar ciertos trabajos”. La cultura de la violación, el miedo latente en cada mujer, es parte del sistema opresivo que previene una empoderación y un signo de la carencia legal y cultural que hay detrás de las sociedades pretendidamente progresistas e igualitarias. Y a sociedad, si no toma medidas activamente contra sus ídolos y figuritas de turno, se vuelve necesariamente cómplice, banaliza el mal.

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