Zulma Lobato, The New Yorker y los límites de la divina comedia


Objetar contra una sociedad que glorifica continuamente figuras que parecen parodias no sólo es inútil sino bastante irritante en la Argentina: hay todo un trasfondo en la farándula porteña que se compone de personajes bizarros, quijotescos y bastante disociados de la realidad que es inevitable y que siempre está ahí, haciendo eco en la distancia de twitter y el resto de las redes sociales. Personajes como Victoria Xipolitakis o Ricardo Fort son de los pocos ejemplos que se encuentran en el particular culto a las celebridades en este país, denotando así quizá más características sobre la masa que las exalta que de las figuras en sí.

Ahora bien, si bien siempre existió esta disociación entre la fachada que un personaje exige y la figura en sí, si bien siempre la sociedad argentina tendió a tratar de héroes a quien pudiera ofrecerse como el postor más ridículo, la semana pasada esto derivó en un trato de ligereza y humor barato ante una situación puntual y nefasta que no lo ameritaba. Más o menos a la tardecita, la noticia se filtró de que Zulma Lobato había sido violada. Inmediatamente, cientos de adolescentes y adultos frustrados con su falta de relaciones sexuales (el mito dice que los seguidores en twitter suelen ser inversamente proporcionales a éstas) cayeron como cascada a quejarse de los niveles de incogibildiad que ellos tenían si existía alguien capaz de violar a Zulma Lobato, de lo virgen que había que ser en este mundo para no poder tener sexo si una travesti de la farándula podía ser abusada, de cómo su autoestima estaba dañada si alguien podía violar a Zulma Lobato. Violarla.

Jajajajajajajaja.

Jajajajajaja. No.

Aclaro: no soy ninguna fundamentalista nazi de los límites del humor, siempre me pareció que se podía reír de casi todo y que, mientras que el nivel de la comedia se sostuviera, así lo haría la gracia de lo que sea que se la gente se ría. En serio. Adoro Padre de Familia. A South Park. A dos tercios de los personajes de Peter Capusotto. Sin embargo, en este caso no se trata de hacer chistes leves sobre temáticas fuertes, sino chistes contundentemente malos sobre temáticas oscuras que no pueden llegar a dar en el blanco por la falta de refinamiento del chiste. Como consecuencia, surgen bromas de este nivel que ubican a la burla torpemente dibujando el hecho de que la víctima fuera un personaje bizarro como una clase de escudo para burlarse de alguien que sufre de un abuso sexual. Hay algo, incluso, muy tribunero y mediocre en querer intentar llamar a la risa desde este lado. Y no funciona.

Sobre esto, Selena Coppock, comediante feminista, escribió brillantemente para el Huffington Post:

“El problema con muchos de los chistes sobre temas candentes es que a veces están escritos por comediantes que no son especialmente brillantes y no se molestan en considerar la dinámica sofisticada que requiere este juego. Fallan al intentar identificar y satirizar a la persona en la dinámica que podría ser motivo de risa de la persona que no hizo nada malo […]. Los chistes que aluden a las violaciones no son algo malo en sí […] y pueden, de hecho, estar hechas con cuidado e imaginación para servir como un avance en el discurso sobre la cultura de violación en nuestra sociedad”.

Y, para mí, dio en la tecla. Otro caso de esto, alejándose del tema de las violaciones pero tratando una situación igualmente fuerte, es el del brillante de humor de los veteranos de The New Yorker. Una semana después de los atentados del 9-11, la revista retomó sus emblemáticas tiras cómicas aludiendo esta vez a la tragedia de las torres gemelas, pero de la manera más acertada posible:

“Creía que no me iba a poder volver a reír, y entonces vi tu saco”.

Como explicó Bob Mankoff (el gigante editor de esta sección), lo que el caricaturista había logrado acá efectivamente era hacer un chiste que involucre el atentado sin necesidad de recurrir a algo burdo o demasiado gráfico: no se habían reído de los muertos ni de lo feos y malos que eran los terroristas musulmanes, se estaban riendo de sí mismos sin necesidad de insultar y es ahí donde, en mi opinión, se encuentra su sutileza y la elegancia de la broma, es eso justamente lo que funciona del humor negro- la calidad. Generalmente, estos límites son autoimpuestos y sumamente personales, tienen que ver con el contexto, los emisores y quiénes van a recibir el chiste, pero cuanto mayor sea la aproximación temporal con el asunto grave que se esté intentando de tratar y mayor la gravedad, proporcional debería ser el tacto y la elegancia con la que se lo formule. O, en palabras de Malena Pichot, “se puede hacer un chiste con los desaparecidos, pero tiene que ser muy gracioso”.

En este caso puntual, de todos modos, también hay algo importante que es necesario marcar en el trato que le dan la sociedad y la comedia dan a estos fenómenos: viene de un planteamiento de los personajes como si no fuesen más que eso, personajes, y se combina con una actitud de la sociedad bastante enfermiza ante lo que son las violaciones. De ahí surge la incogibilidad de Zulma Lobato como insulto a quienes leyeron la noticia, el enfoque de los chistes puestos en la fealdad y no en la violación y se le quita así el peso al abuso sexual mientras se posicionan a cuestiones ínfimas en un plano primordial. Asimismo, se genera una cosificación de la farándula que es nefasta y, lo que a mi entender es aún más grave, se refleja lo que en inglés se podría denominar rape culture (cultura de violación, si valen las malas traducciones), dejando abierto el riesgo de reproducir todas las características absurdas que la integran. Se abre entonces la posibilidad de culpar a las victimas (con el eterno qué-tenía-puesto como reacción ante una chica violada), la cosificación sexual, la negación (demasiadas veces perpetuada por las mujeres) y una situación generalizada de silencio en el cual incluso las víctimas tienen miedo de hablar. Efectos colaterales: violencia de género, discriminación sexual que linda peligrosamente con el abuso y el miedo continuo que tienen las mujeres de andar por la calle. Todo esto perpetrado por una cultura que permite que la violación siga siendo tema de festejo irónico -incluso con mal gusto-, reflejo último de una sociedad que sigue sin detectar sus propias banderas rojas.





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