El otro lado

Colonia del Sacramento es para dormir la siesta, tener sexo en un hotel boutique con sábanas blancas y duchas calientes, pavear con los perros callejeros que retozan al sol entre las mesas de los bares y sobre todo escuchar al río.

Me tocó cruzar al otro lado varias veces por distintas circunstancias; algunas agradables, otras no tanto.

El casco antiguo con sus calles de piedra laberínticas, los “impecable” constantes de los mozos, los café con leche que no igualan a nuestros desayunos, la iglesia marcando lo medieval de las horas, los platos abundantes de un chivito que no es tal, amabilidades, dólares valija, mac store oficial, autos que parecen carritos de golf, chocolatada para llevar, helado de vainilla, quesos con pimienta, recuerdos que nadie compra, faroles y Santa Ritas adornando las casas.

La última vez que arribé a Colonia hice lo habitual. Compré algo para tomar y me fui a mi lugar preferido al lado del río. El sol estaba alto. Se había notado su ausencia en Buenos Aires y en Uruguay después de una semana de lluvias al mejor estilo Atlanta.

Cerrar los ojos y compartir el banco con un desconocido no elegido, hundirse en el sonido del agua empujada por el viento rompiendo contra las piedras de la costa. Acurrucar el pelo en la capucha de la campera y fumar imaginariamente con los dedos en posición correcta.

Los perros chapoteando en zanjones y ladrando, las parejitas dándose besos mientras se sacaban una selfie con el palito para tener mejor vista de la amplitud de sus caras embobadas y el Río de la Plata. El ruido blanco del silencio que sólo encuentro ahí.

Sola.

No saber si quería volver.

Like what you read? Give Kozodij a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.