El silencio es cómplice

Yo crecí en una iglesia evangélica. Recuerdo que todos los sábados y domingos iba a la iglesia. Cuando crecí, asistía a la reunión de jóvenes los domingos por la noche. Creo en Dios. Mi papá trabajó muchos años en una iglesia.

Aún cuando me fui de Pérez Zeledón, intenté buscar una iglesia a la cual ir, en la que me sintiera cómoda.

Uno de los líderes de esa iglesia en PZ, viene a San Pedro una vez a la semana, así que empecé a asistir a esas reuniones. Ahora, encontré una iglesia en San José en la que me siento cómoda por ser imperfecta.

Muchas veces me sentí con miedo de decirlo, porque me metieran en el mismo saco de odio de aquellos que están en la política nacional. Y claro, Fabricio Alvarado, Mario Redondo y mucho otros de la bancada cristiana que están o han pasado por la Asamblea Legislativa, nos han dejado muy mal parados a los creyentes.

Nos han dejado como esas personas intolerantes, irrespetuosas, que discriminan, llenas de odio y encerradas en sus propias creencias.

Por mucho tiempo me mantuve mis creencias para mí con ese miedo de que me tacharan como un igual a esas personas intolerantes que justifican su odio con la religión. Que usan el nombre de Dios para cubrir su intolerancia.

Pero no fue hasta hace poco que comprendí que ese silencio era cómplice y me sentí mal de guardarme eso que me hace feliz. Que ese silencio hacía que yo solita me pusiera en el mismo saco de intolerancia y odio.

El día de la marcha de la diversidad en Junio 2017, fui de blanco con una pulsera multicolor. Después de la marcha, me fui a una reunión de la iglesia.

La gente en la marcha me hacía cara extraña cuando les decía que iba a reunión de la iglesia. La gente en la reunión de la iglesia me hicieron cara extraña cuando vieron mi pulsera.

Me he sentido mal muchas veces cuando hacen comentarios contra las personas que creemos en Dios. Y he recibido tantos malos tratos y malas miradas de gente de la iglesia por apoyar los derechos humanos, por estar en contra de la discriminación. Y lamentablemente los malos momentos han sido más desde el lado de la iglesia. Y yo les digo a todos: las dos cosas no son excluyentes. Y somos muchos los creyentes que no estamos en ese saco de intolerancia y odio.

Y he estado demasiado frustrada en esta época electoral donde el odio impera por todo lado, de todos los bandos. Pero aún más frustrada de que venga de esos que se hacen llamar cristianos, de esos que deberían de extender la mano, de dar amor.

Me duele ver que muchas personas estén dando su voto a partir de un tema nada más, y encerrándose en sus creencias sin respetar que mucha gente cree y piensa diferente. Cuando Dios dijo que profesáramos su palabra, no implicaba imponer.

Que tienen como principal opción a una persona que no está preparada en lo mínimo dentro de los temas de realidad nacional. Que se vale de la religión para obtener votos, y que no ha hecho nada más en la Asamblea Legislativa que intentar imponer sus creencias en un país tan diverso en pensamiento.

Que en su plan de gobierno habla de una equidad desde un punto privilegiado. Que para él, las poblaciones vulnerables se limitan a adultos mayores y personas con discapacidad, dejando a tantas personas por fuera. Que en sus entrevistas, plan de gobierno y pautas habla desde un punto de vista religioso, privilegiado, olvidando que él debe gobernar todos y no para unos cuantos. Olvidando que el artículo 33 de nuestra Constitución Política dice que "toda persona es igual ante la ley y no podrá practicarse discriminación alguna contraria a la dignidad humana". Que no conoce la realidad nacional.

Muchos prefieren ver al país arder, con tal de que la población LGBTI no obtenga derechos ante la ley para mejorar su calidad de vida.

Le robo esta frase a una amiga: yo no sé de qué Dios les enseñaron, pero a mi me enseñaron de un Dios de amor. Seamos sus hijos de amor también. Amemos al prójimo, respetemos y profesemos su mensaje con amor. No con enojo ni odio. Si no con respeto y amor, tal y cómo Jesús lo hizo cuando estuvo entre nosotros. El discurso de muchos candidatos a la presidencia o diputaciones, no parte de ese amor y ese respeto que Jesús nos pidió.

Dios nos ama a todos por igual. Y Jesús lo dijo, todos somos pecadores. Y mucha gente señala a unos solo porque pecan diferente que ellos. Y para Dios no hay un pecado peor que otro, es simplemente pecado.

Mucha gente señala pecados de otros, no sé si es que señalándolos hace que se sientan más santos. Pero todos somos pecadores. Deberíamos ver para nuestro propio saco y corregirnos nosotros y dedicarnos a ser la mejor versión de nosotros mismos que podamos.

Ahora, ante la ley todos somos iguales: sin importar religión, sexo, género, creencias. Y ante la ley, debemos garantizar igualdad para todos.

Con la sentencia de la CIDH, mucha gente está enojada ante una extensión de derechos ante LA LEY para un grupo de personas. Yo me pregunto: si Dios quiere que hablemos de su palabra para que otros se acerquen a Él, pero lo que hacemos es enojarnos, atacar a otros, no respetar e intentar impedir que la calidad de vida de otras personas mejore; más bien… ¿esto no los aleja de Él?

Nadie nos va a obligar a vivir diferente a como lo hemos hecho hasta ahora. Ni nuestro derecho de generar compromisos ante Dios, ni nada. Nadie nos está quitando derechos. Los principios podemos mantenerlos. Pero la comunidad LGBTI tiene problemas para tener trabajo digno, de atención de servicios y todo solamente por pensar y sentir diferente.

Inclusive su unión a una persona que aman no la pueden hacer con un compromiso ante la ley, por nosotros pelear y compararlo con el compromiso ante Dios. Cambiar sus condiciones de vida no nos está afectando ni nos quiere hacer cambiar nuestros principios. Al contrario, solo le está dando oportunidad a ellos de tener algo que no han podido tener: derecho a la dignidad e igualdad, derecho a poder sentirse igual ante la ley que cualquier otra persona

Como hijos de Dios, deberíamos respetar y amar al prójimo. No atacar ni posicionarnos en contra de que ellos obtengan esos derechos ante la ley, que obteniéndolos no nos está perjudicando en nada ni nos está quitando los derechos que ya tenemos. Solo se hace una extensión a otro sector de la población. No nos corresponde a nosotros juzgar a nadie, solo Dios.

Yo me rehúso a creer que a Dios le agrada este comportamiento de odio e intolerancia. Me rehúso a creer que Dios quiere que nosotros, sus hijos, discriminemos a otras poblaciones por pensar o sentir diferente, porque eso va en contra de amar al prójimo..

En la Biblia dice que cuando Jesús vino a la tierra, buscó a aquellos afligidos y les extendió la mano. No los atacó.

Leía en este blog que "un cuartel general es un lugar donde los soldados planifican el ataque, donde se está en continua batalla para ganar una idea o una posición. Un refugio, en cambio, es un lugar donde llegamos para ser protegidos. Donde nos sentimos seguros. Un cuartel general crea una sensación de estar en guerra constante. Un refugio es un lugar para estar en paz unos con otros, para ayudarnos unos a otros, para abrazarnos unos a otros."

Y creo firmemente que la iglesia debería ser un refugio y no un cuartel.

Repito: Dios es un Dios de amor. Seamos sus hijos de amor también. Amemos al prójimo, respetemos. Incomodemos, y recordemos que el silencio es cómplice de la injusticia.