Llorón
-¡Suéltame. Te dije que me soltaras!-
Él no entendía lo que pasaba o lo hacía pero no quería aceptarlo. Un miedo que recorría su espalda lo paralizaba, quería correr hacia ella, abrazarla, consolarla en lo más recóndito de su ser y quitarle ese ataque de furia; quería llorar como un pequeñuelo en sus brazos, quizá así en ella despertaría su parte maternal y le entregaría así a un nuevo delirio, al menos a uno dulce y pacífico, a ese maternal que muchas mujeres temen tanto como lo anhelan.
-No te acerques maldito llorón, no te acerques o te juro que esta vez lo haré en serio-
Él no rompía en llanto sólo porque los nervios tenían paralizados sus globos oculares, sus glándulas lagrimales frías y secas se revelaban a su imperiosa necesidad de derramar llanto como todas las noches que perdía el control. No, no podía, sólo un pequeño pellejuelo cerca de la entrada derecha de su frente latía como loco, como el pequeño corazón delator de una ridículamente miniaturizada alma tan desgraciada como endemoniada. Su cara impávida y quieta contrastaba con sus dedos huesudos que traqueteaban a los lados de sus ridículas piernas.
-¡Sé lo que estás pensando, es alguna de tus mariconadas! Yo sé lo que piensas, te conozco mejor que tú mismo, miserable perdedor. Eso es lo que eres.
Ella sufría el decimoquinto ataque tras la muerte de su hermano. Sus ojos flameantes despedían una energía errática confusa y provocadora.
-Amor…, por favor — Y antes de que terminara su súplica sin darse cuenta él se acercó.
-Te lo dije malnacido, te lo dije.- Y con esa botella sucia que había encontrado poco después de salir de su hogar se rajó profundamente la muñeca izquierda, lo hizo con una determinación tan incomparable que era como si lo disfrutara, como si tan sólo el acto de decidir –ese espacio entre la decisión y la acción- le brindara el más profundo y liberador de los orgasmos; se rebanó como a un mango y tan dulce como él escurrió el preciado líquido vital. Después de la cara de satisfacción llegó la de horror, el arrepentimiento nubló su mirada, le temblaban los labios, las lágrimas le recorrieron las suaves mejillas, mientras observaba su brazo desangrar, sus energías escapar, su propio amor burlándose de ella en esa casi burbujeante fuente de plasma mórbido. Fue entonces cuando igual de sorpresivo comenzó a reír, como satisfecha, y en ese arranque de locura volteó hacia él.
Su paso antes de acercarse a ella había quedado casi ahogado, sin finalizarlo, y con desprecio a sí mismo había quedado suspendido unos instantes, sabía que su físico lo había traicionado, ni siquiera había pensado en ese último movimiento y ahora comenzado no podía terminarlo. Pasmado y con una cara de reproche interno observaba los últimos movimientos de la desdichada.
-Ven, bésame, amor, tómame ahora mismo mientras continuo consciente- Dijo con una voz tan dulce como casi imperceptible -¡Cógeme ahora como nunca lo has hecho maldito inútil! — Y una risa instantánea comenzó a hacerse infame. –Tómame y métemela ahora maldito maricón, hazlo, deja que esta sangre resbale entre nosotros, bébeme como siempre has deseado, hazlo ahora antes que sea demasiado tarde-
Pasmado él se acercó lentamente y con los ojos a reventar al borde de las lágrimas:
-¿Amor, por qué dices esas cosas? — Temblando se acercaba y cuando estaba a escasos veinte centímetros de ella se abalanzó hacia él, lo abrazó.
-Tengo miedo, cariño, tengo mucho miedo.- Calló por unos instantes, dejó de mirar sus manos ensangrentadas detrás del cuello de su amado, se separó y observó dulcemente a los ojos frente a ella -Voy a morir y lo estoy disfrutando-
-Amor, todo saldrá bien, no te preocupes — pero el frío de su cuerpo había comenzado a transmitirse tras el abrazo.
-Amor, todo saldrá bien. — Y entonces rugió como endemoniado- ¿Amor, por qué?
Ella lo sostenía aún más fuerte pero lo había hecho con la botella en mano, y mientras él trataba de expresar sus palabras inútilmente ingenuas y reconfortadoras, ella había decidido rasgarlo con las últimas fuerzas que tenía.
-Con esto no te olvidarás de mí, desgraciado, con esto cualquier mujer que te vea desnudo y desee ese estúpido cuerpo tuyo se preguntará que le pasó en él y tú les tendrás que contar mi historia, y más te vale que llores mientras la cuentas, que llores y que no puedas fornicar con ella. Sí, así me quedo contigo, mi niño.-
Llorando la siguió apretando, destrozado, sin saber qué hacer ni cómo seguir existiendo, aceptó la maldición con el cariño más profundo y genuino que nadie se pueda imaginar, tras unos minutos y ahora inconsciente la mujer siguió rasgando unos cinco centímetros más su espalda y él se quedó ahí sintiendo aún el vidrio clavado en su piel.
2017
