Ofelia

Una joven flota en el río, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, apretando con fuerza un ramo de hierbas y flores. Respira lentamente mientras deja que la corriente la lleve. Ya no piensa en su padre o en el príncipe demente al que había creído amar, ni en su hermano al que ahora ha dejado solo. La corriente agita su vestido, alborota su cabello y arrastra con ella sus penas y culpas.

Pero la rama del sauce no fue culpable de nada; ella solo cedió al deseo de la joven que miraba su reflejo ajeno en la límpida superficie del arroyo. Y todos, de algún modo lo intuyen. Recuerdan haberla visto cantando una canción dolorosa, con los ojos hinchados y la mirada perdida. El duelo y la locura finalmente le arrebataron la gracia.

Una joven inhala por última vez un poco de aire y después sus pulmones anegan; se hunde y su cuerpo reposa en las piedras pulidas del fondo, acariciada por el musgo y las algas. Los pequeños peces se acercan, mordisquean la punta de sus dedos pálidos, nadan entre las hebras doradas de su cabello.

Las ondinas invisibles la observan, la compadecen. La toman entre sus brazos y la acogen como una más de ellas, trenzando flores en su cabellera mojada.

El cuerpo de una joven yace en un féretro, rodeado de gente que llora su muerte trágica mientras ella juega y canta en las orillas del agua.